10 – Sirenita
Atreverse: cruzar el campo de batalla sin saber si al otro lado hay guerra… o alguien esperándote.
GAbrIEL
El agua me envolvía, fría en el fondo, pero cálida donde el sol la había golpeado todo el día. A cada brazada, sentía la tensión cediendo, aunque no lo suficiente.
Nunca lo suficiente.
Hundí la cabeza otra vez. Alargué el momento de calma y dejé que el sonido se apagara bajo la superficie; solo allí, con el peso del agua rodeándome, el mundo se sentía un poco más ligero.
Brazada tras brazada, me obligué a concentrarme en el movimiento rítmico de mi cuerpo en el agua, en la resistencia de las olas, en la tensión de mis músculos… Ni siquiera así logré silenciar el ruido de los últimos días en mi cabeza.
Cuando finalmente emergí, y me quité el agua de la cara, me quedé un momento quieto, con la respiración acelerada y el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo.
El sol caía sobre el horizonte y teñía el cielo de un naranja abrasador que se reflejaba en la superficie del mar.
«Precioso», pensé.
Me recordó a las tardes de mi infancia, cuando me escabullía en la playa y me perdía entre los turistas.
Me gustaba imaginar que pertenecía a otra familia, que tenía otra vida.
Recogía conchas, me quedaba embobado viendo las olas y alargaba el momento lo máximo posible, como si pudiera decidir cuándo regresar.
Pero mi hermano siempre me encontraba, no había día que no lo hiciera para arrastrarme de vuelta a casa mientras me echaba una bronca monumental.
Y, aunque en aquel momento no tenía a nadie que viniera a buscarme, me seguía gustando refugiarme en el mar. Quizá, en el fondo, aún lo hacía por la misma razón que entonces: para perderme e imaginar otra realidad.
Por eso había elegido aquel trabajo en Costa Serena tres años atrás.
Sin motivo aparente, miré hacia la orilla y mis pensamientos se detuvieron en seco.
Otra vez. Mis ojos habían ido directos hacia ella, sin titubear, igual que aquella primera noche.
Como si un instinto primario en mi interior reconociera su presencia antes incluso de que mi cerebro pudiera procesarlo.
Carolina.
Estaba junto a tres mujeres más, dos rubias y una morena, y un niño de piel oscura que en ese momento se reía con una carcajada escandalosa mientras Carolina le echaba arena por encima.
Ella también reía.
Sin embargo, no era la risa seca o irónica que le había visto otras veces en el hospital ni la controlada y distante con la que parecía mantener a todo el mundo a raya. Era libre. Abierta. Natural.
Intenté apartar la mirada, pero me fue imposible.
Tenía las piernas dobladas sobre la arena y el pelo húmedo pegado al cuello.
No daba la impresión de que tuviera prisa por moverse ni de que estuviera midiendo cada gesto como lo hacía en el trabajo.
Y eso era lo peor de todo: observarla de esa manera, sin filtros, tan parecida a la Carolina que conocí aquella noche…
Así era imposible recordarme por qué debía mantener las distancias.
Su bikini negro era simple, sin adornos ni pretensiones, ni diseñado con la intención de destacar.
Pero, joder, el efecto era justo el contrario.
La tela oscura abrazaba su piel dorada y el contraste era hipnótico.
Y sus piernas… Dios. Largas, firmes, de esas que te hacen perder el hilo de lo que estás pensando y que cualquiera que las haya acariciado recuerda incluso cuando cierra los ojos.
Y ella ni siquiera parecía consciente de lo jodidamente atractiva que era.
Me mojé los labios, aún sin poder dejar de comérmela con los ojos. Me gustó verla así: relajada y desinhibida. Me gustó tanto que hasta me molestó.
Antes de que pudiera pensarlo demasiado, nadé en dirección a la orilla. Cuando estuve cerca, me incorporé y caminé fuera del agua. Salí con la respiración agitada, aunque lo achaqué a las últimas brazadas que había dado y no a la sirena que tenía a unos metros de mí.
Sentí el agua escurriéndose por mi piel mientras me sacudía el pelo y recorrí la playa con la mirada hasta encontrarla otra vez.
Y, justo en ese instante, Carolina me descubrió.
Me fijé en cómo la espalda se le tensó. En la forma en la que separó los labios y, después, la rapidez con la que agarró un sombrero de paja que tenía al lado y se lo plantó en la cara, en un intento desesperado por hacerme desaparecer.
Me mordí el interior de la mejilla para no soltar una carcajada.
—Tía Caro, ¿qué haces? —le preguntó el niño frunciendo el ceño.
—Nada, cariño —murmuró ella—. Solo me protejo del sol.
El chiquillo no pareció convencido, frunció aún más el ceño y miró a su tía con sospecha antes de girarse hacia mí.
Me escrutó con gesto serio, tratando de evaluar una posible amenaza.
Luego, con toda la dignidad que un niño de unos diez años podría reunir en una playa llena de arena, se puso delante de Carolina, separó los brazos y se cuadró en una postura protectora.
—¿Qué necesita, señor? —me desafió con seguridad.
—Kay… —le dijo otra de las mujeres.
—Trabajo con tu tía en el hospital —le aclaré lo más serio posible, inclinándome un poco para estar a su altura.
Ella bajó el sombrero muy lentamente. Tenía pinta de esperar que, al hacerlo, me esfumara como un mal sueño. No sería aquel su día de suerte.
El niño entrecerró los ojos, no parecía seguro de si creerse mi historia o no.
—¿Eres doctor?
—Neurocirujano —precisé—. ¿Sabes lo que es eso?
Asintió de inmediato.
—Cortas cerebros.
—Más o menos. —Aguanté la risa—. Pero solo a la gente que lo necesita.
El chiquillo meditó mi respuesta durante un momento, miró de reojo a Carolina y, finalmente, tomó una decisión.
—Vale, pero mi abuelo me ha dicho que si alguien molesta a las chicas le lance arena en la cara.
Sonreí. Joder con el abuelo…
—Me parece un trato justo —admití.
Antes de que Kay pudiera responder, Carolina le acarició con ternura la espalda.
—Está bien, cariño. Ve a jugar antes de que el doctor Corta Cerebros te reclute para su equipo —bromeó, y el niño le dio un beso y salió corriendo.
Las otras tres mujeres me miraban curiosas. La de las gafas sobre la cabeza, que resultó ser la misma que me sonrió la tarde anterior cuando salí del hospital, me analizó de arriba abajo con una ceja arqueada y una expresión que me dejó claro que no se le escapaba nada.
Después de su escrutinio, miró a mi compañera y mal disimuló una sonrisa.
—Buenas tardes, doctora Remo —le dije a Carolina.
El agua salada le dibujaba líneas en la clavícula y me descubrí tragando saliva con esfuerzo. Ella levantó la barbilla, me miró con los ojos entrecerrados y me regaló su mejor cara de pocos amigos.
Admito que me gustó verla así: incómoda, porque eso significaba que algo, aunque fuera mínimo, se removía dentro de ella también.
—Santana. —Fue toda su respuesta.
Alguien carraspeó de forma exagerada.
—Hola —dijo la de las gafas sin disimular su diversión—. Eres Gabriel, ¿verdad?
Asentí, entretenido con la actitud descarada de la chica.
—Diana. Hermana de la «doctora Remo» —se presentó señalándose y remarcando el título de Carolina con una entonación burlona—. Ella es mi mujer, Rachel; nuestra hermana mayor, Alana, y el aguerrido guardaespaldas es su hijo Kay.
—Encantado.
Diana me observó un segundo más y, antes de que pudiera reaccionar, sacó una lata de la nevera portátil y me la ofreció con gesto relajado.
—¿Te tomas una cerveza con nosotras?
Carolina se tensó y le lanzó tal mirada de advertencia a su hermana que hasta yo sentí un escalofrío.
—No, gracias. Ya me marchaba. Además, no bebo alcohol —contesté con naturalidad.
Carolina parpadeó y me miró como si no hubiera esperado esa respuesta. Acto seguido, volvió a prestarle atención a su hermana, que me dedicó un encogimiento de hombros.
—Bueno, pues otra vez será.
Asentí.
—Nos vemos mañana en el hospital, Carolina —solté disfrutando cada milésima de segundo de su expresión tensa—. Un placer verte.
Me di la vuelta tras hacerles a las demás una inclinación de cabeza.
Comencé a caminar dispuesto a regresar a mi toalla, pero, antes de poder estar lo suficientemente lejos como para no escucharla, la voz de Diana me llegó con absoluta claridad:
—Vale, francesa, que conste que te sigo adorando, pero me ha puesto cachondona el tonito del doctor. ¿Habéis visto ese culo?, ¿y la tableta? Oye, Caro, ¿cómo es en la…?
La voz de Carolina la fulminó, seca y letal.
—Cállate de una vez o te corto la carótida.
Joder.
Aceleré el paso, porque, si me quedaba un segundo más en esa playa, me echaría a reír en voz alta y, conociéndola, sería doctor corta cerebros muerto. No debería haberme divertido tanto, aunque lo hizo.
Y eso solo podía significar una cosa: problemas.