9 – Boom
Consejo número cinco para la vida adulta: si bebes, no cond… Mejor no bebas.
CAROLINA
Salí de mi primera urgencia sintiendo el peso del día sobre los hombros, pero también con la satisfacción del trabajo bien hecho.
Aún no podía creerme lo bien que nos habíamos coordinado en quirófano Gabriel y yo, apenas habíamos necesitado hablarnos cuando ya estábamos en movimiento, como si hubiéramos operado juntos durante años.
Y encima, para mi sorpresa, me había defendido ante Palacios sin dudarlo.
Me costaba asimilar que se trataba del mismo hombre que me sacaba de quicio la mayor parte del tiempo. Y el que casi me había besado. Y al que se lo habría permitido si me hubiese dejado llevar por aquella especie de enajenación transitoria que me poseyó…
Mierda.
—Hola, pibón. —Miré hacia la derecha y allí estaba mi hermana Diana, apoyada contra una moto negra, con los brazos cruzados y una sonrisa que no presagiaba nada bueno en los labios—. ¿Cuántas vidas has salvado hoy?
—Menos de las que me gustaría.
—Te han soltado antes del anochecer… ¿Llevas puesto el anillo para poder salir a caminar bajo el sol? —bromeó.
—No empieces —respondí de buen humor—. ¿Dónde está tu mujer?
—En casa. Me ha echado, dice que la pongo de los nervios mientras corrige.
—Debe de estar al borde de la desesperación para haberte dejado su moto.
—Soy una mártir, lo sé.
Puse los ojos en blanco, aunque la sonrisa me traicionó.
Escuché la puerta del hospital abriéndose a mi espalda y, un segundo después, una voz grave.
—Buen fin de semana, Remo.
Mi cabeza voló en su dirección cuando pasó por mi lado calle abajo. Había algo que…
—¡Gabriel! —lo llamé y fui tras él—. ¿Te puedo hacer una pregunta?
Él se giró, tenía el ceño ligeramente fruncido.
—Dime.
—¿Cómo sabías lo de mi residencia?
Se le formó una sonrisa. Aquella odiosa sonrisita…
—Yo también tengo mis fuentes, Carolina.
«Cabrón».
La curva en mis labios seguía ahí cuando mi hermana llegó hasta mí.
—Interesante —canturreó con esa cara que me ponía en alerta.
—¿Qué?
—¿Cómo?
La miré con la cabeza inclinada sin creerme su aire inocente.
—¿Qué es interesante? —Me tensé.
—Nada, nada. —Negó—. ¿Nos vamos? Mato por una cerveza.
Lo dejé estar, por el momento, y me monté en la moto tras ella.
Traté de concentrarme en el ruido del motor y del tráfico, sin embargo, una inquietud absurda bullía dentro de mí: Gabriel. El casi beso. La forma en la que nos habíamos entendido en quirófano. La manera en la que me había mirado al despedirse…
Al llegar al bar, el bullicio me sacó de mis pensamientos. Intenté despejar la mente mientras mi hermana hablaba sin parar sobre la última discusión que habían tenido África y Bruno, de la que, al parecer, nuestro otro hermano había sido testigo.
—¿Pues no va y me dice que «el amor se basa en la confianza y el equilibrio»?
—Se carcajeó más fuerte de la cuenta, lo que atrajo las miradas de varias personas hacia nosotras.
No es que a ella le importara; de hecho, parecía disfrutar de la atención—.
Caro, te juro que casi me ahogué con mi propia saliva.
¿«Equilibrio»? Si el muy lerdo no sabe ni montar en bici sin caerse.
¿Te acuerdas de cuando en mi boda me dijo que el amor era una pandemia y había que evitar el contacto a toda costa, y luego se ligó a tres en una misma noche?
Qué personaje… —Me reí, porque llevaba razón.
Guille era un personaje de cuidado. Sin embargo, mi cabeza estaba en otra parte, y Diana lo notó, claro.
Entrecerró los ojos a la vez que me observaba con atención.
»Vale, sé que nunca has sido el alma de la fiesta, pero ¿quién eres tú y qué has hecho con mi hermana?
—¿De qué hablas?
—¡De que estás ida, Caro! —aclaró—. Y no lo niegues, no me has corregido ni una sola vez en los últimos treinta minutos. Es más, me has dado la razón. Dos veces.
Me removí en la silla, incómoda.
—Estoy cansada.
Diana apoyó los codos en la mesa y me miró con atención.
—¿Y no tiene nada que ver con ese compañero de trabajo con el que ligaste?
Por poco me atraganté con la cerveza.
—¿Qué? —Tosí y la miré frunciendo el ceño—. ¿Qué compañero?
—El de antes. El tal Gabriel —aclaró—. ¿No es el tipo que conociste la noche que salimos de copas?
Me costó coger el suficiente aire.
—¿De qué estás hablando?
Diana ladeó la cabeza y me observó con una sonrisa de suficiencia.
—No te hagas la tonta conmigo. —Calor, en ese local hacía demasiado calor y no solo porque estuviéramos a mediados de julio—.
La noche que salimos todos juntos, después de la barbacoa de celebración por tu nuevo empleo.
Estabas bastante… eufórica. Me dijiste que te marchabas con un tío con el que te habías estado refregando mientras bailabas.
Y, si no me equivoco, se parecía muchísimo a él.
El calor se esfumó de golpe y se me heló la sangre en las venas conforme los únicos recuerdos de aquella noche inundaban mi mente.
Un destello de piel caliente contra la mía.
Un susurro en mi oído: «No te duermas todavía…»
Un brazo cubierto de vello oscuro.
La sensación de unos dedos ágiles recorriéndome la cintura, firmes y seguros.
El corazón me retumbó en el pecho. El sonido me reverberó en los oídos igual que si alguien estuviera golpeando un enorme tambor desde dentro de mi caja torácica.
—Él no… —murmuré.
«No puede ser».
—Él sí… —me contradijo ella, satisfecha—. Si hasta juraría que me ha reconocido cuando me ha guiñado el ojo al salir del hospital.
—Joder.
—Vamos, Caro, alimenta mi alma descarriada y dime que los bisturís no son lo único afilado en ese hospital y que os habéis cargado alguna camilla, por favor.
La cabeza me iba a mil por hora. El aire se volvió denso y pegajoso, y nada tenía que ver con el ambiente de aquel bar.
¿Era posible que él…?, ¿que yo…?
Me costó respirar. Me levanté de la silla con unas inmensas ganas de salir corriendo.
—Me marcho.
Diana me miró desconcertada.
—¿Qué? Si todavía no me he acabado la cerveza —se quejó; sin embargo, al ver mi expresión, apuró el botellín de un trago—. Está bien. Qué prisas, chica. Ni que hubieras visto un fantasma…
«Sí. Sí que he visto uno. El mío, la única puñetera noche que me relajé».
El trayecto de vuelta se me hizo eterno.
Sin perder un segundo, me despedí de mi hermana al bajar de la moto y subí las escaleras de dos en dos. Tenía la respiración tan agitada como si hubiera corrido durante todo el trayecto.
Apenas crucé la puerta, mis pasos resonaron apresurados contra el suelo. Ni siquiera me detuve a encender la luz.
—No puede ser…
Me arrodillé frente a la mesilla de noche y abrí el cajón de abajo con las manos temblorosas. Lo revolví hasta que mis dedos se toparon con el pequeño objeto que llevaba semanas allí y lo saqué de un tirón.
Un anodino llavero plateado.
Solo que no era un objeto cualquiera. Era de él. Del hombre con el que había estado esa noche que no recordaba.
Desde aquel día había intentado no darle más vueltas.
Me obligué a sacármelo de la cabeza, a convencerme de que tan solo había sido una locura poco propia en mí y que no tenía importancia.
Pero la mañana en la que desperté y lo encontré en mi cama seguía ahí, rondando como una incómoda mosquita a mi alrededor.
El calor de su cuerpo. El olor en las sábanas. La extraña sensación de que algo estaba fuera de lugar y a la vez no lo estaba.
Y luego… nada.
Se había largado antes de que yo saliese del baño y, aunque en un primer momento me sentí tremendamente aliviada, un regusto amargo seguía clavado en mi memoria, como una espina imposible de arrancar.
Incluso llegué a plantearme si no lo habría imaginado todo. Pero no. Aquel llavero con las siglas A. R. D. decía lo contrario.
El estómago se me retorció una vez más. Me dejé caer hasta quedar sentada en el suelo, con la vista clavada en ese pedazo de metal entre mis dedos, mientras una pregunta retumbaba en mi cabeza.
¿De verdad había pasado la noche con Gabriel Santana? Entonces, ¿quién demonios era A. R. D.?