Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 8 – Ella
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8 – Ella

Tregua: silencio pactado entre dos orgullos que todavía no se han rendido.

GAbrIEL

Durante la semana intenté mantenerme ocupado, sumergirme en mi trabajo y llenar cada momento con tareas y procedimientos. En las reuniones con el equipo participaba de forma activa y debatía diagnósticos y tratamientos; todo parecía normal. Solo que no lo era.

—¿Dormiste algo anoche, Santana? —preguntó uno de mis compañeros mientras revisaba un expediente.

—Lo justo para que no me confundan con un zombi. ¿Y tú?

—Por supuesto, mis siete horas de rigor. No todos tenemos la capacidad de sobrevivir a base de café y orgullo.

Reí, pero esa última palabra hizo que la imagen de Carolina volviera a mi cabeza. No era solo un recuerdo, era un cosquilleo molesto en la nuca, una presión en el pecho que no se iba.

Desde nuestro encontronazo del lunes, ella había adoptado una táctica magistral para evitarme. Apenas la había visto y, cuando lo hacía, su mirada se desviaba de mí como si yo no existiera.

Cada jodida cosa me recordaba a ella: una coleta rubia cualquiera, una voz parecida, hasta una silla que se movía con decisión en la sala de descanso.

Era desesperante que cada detalle me la trajera a la mente y, por más que intenté enterrarlo bajo toneladas de trabajo, la maldita sensación seguía ahí, sin darme tregua.

Y, sí, su reacción me divertía en parte, aunque también me resultaba frustrante.

¿Por qué demonios había tenido que intentar besarla? Y, lo que era aún peor y más exasperante, ¿por qué ella parecía perfectamente capaz de ignorar lo sucedido, mientras que yo seguía martirizándome al pensar en lo bien que encajaba su boca con la mía y en…?

—Santana, ¿me estás escuchando? —La voz del traumatólogo me sacó de mi ensimismamiento.

—Sí, claro.

—¿Seguro que está bien, doctor? —murmuró una de las enfermeras a mi lado—. Si necesita hablar sobre lo de su padre…

Observé la mano que me había colocado en el antebrazo y negué en su dirección.

—Todo está bien, Lola. Gracias por preocuparte —le confirmé, y ella me dedicó una sonrisa ladeada.

—Un placer…

Fue en ese momento cuando noté un ligero cambio en el ambiente, un silencio repentino en el murmullo de la sala y la mirada de alguien fija en mí.

Giré la cabeza justo a tiempo para verla.

Carolina estaba en la puerta, inmóvil, salvo por el leve descenso de su mirada hacia la mano de Lola en mi brazo. Luego subió hasta mi cara y, por un instante, creí ver algo en su expresión. Un destello afilado y letal.

—Perdón. No quería interrumpir —murmuró con voz neutra antes de girarse y salir de la sala sin esperar respuesta.

Me quedé observando la puerta cerrada y me obligué a recuperar el hilo de la conversación y a centrarme de una vez. Fue imposible. Tanto ese día como los siguientes. Y así continuamos, jugando al gato y al ratón, hasta el sábado.

Me encontraba en la terraza de un bar, disfrutando de la euforia tras un partido. Aún llevaba la camiseta empapada de sudor y sentía las piernas resentidas por el esfuerzo, pero agradecí la distracción.

—Si hubieras metido ese gol en vez de mandarlo a la estratosfera ya estaríamos celebrando nuestra victoria —soltó Paco.

—Exagerado —me defendí y me llevé la lata de refresco a los labios.

—Gabi, has sido un paquete —intervino Lucas, riéndose—. La portería la tenías delante, tío.

Puse los ojos en blanco, pero, antes de que pudiera responder, mi móvil vibró en el bolsillo. Lo saqué y miré la pantalla.

—Mierda —murmuré.

—¿Otra vez? —preguntó Paco—. Estás de servicio hasta en tu tiempo libre, tío.

—Estoy localizado —respondí revisando la información de la pantalla—. Ha habido un accidente. Me tengo que ir.

Dani negó.

—Un día de estos te secuestramos y te obligamos a desconectar, tío.

—Suerte con eso —le respondí lanzando un billete sobre la mesa.

Salí corriendo hacia mi coche.

La adrenalina se me había disparado al leer el informe preliminar: tres heridos en un accidente de tráfico, uno con traumatismo craneoencefálico severo. Pisé el acelerador y llegué al hospital en doce minutos.

Cuando entré en la sala de urgencias me encontré a mi tortura de piernas largas en plena discusión con otro cirujano. Tenía los brazos en jarras y el ceño fruncido.

—Sé lo que estoy diciendo —alegó ella con una firmeza envidiable.

—Quizá deberíamos esperar la opinión de…

—No es necesario —lo interrumpió sin levantar la voz, pero en un tono que no admitía réplica.

Aquellos preciosos ojos centelleaban con determinación—.

He revisado las imágenes, conozco el caso y sé exactamente qué hacer.

Ya no soy residente, doctor, y este tipo de fracturas están dentro de la especialidad para la que he sido contratada.

Me fascinó su aplomo. No se echaba atrás, no titubeaba. Firme, desafiante, segura de sí misma… y jodidamente atractiva en ese papel.

—Si seguimos debatiendo, el paciente no va a mejorar por arte de magia, doctores —intervine acercándome a ellos—. ¿Qué tenemos, Remo?

Carolina giró la cabeza hacia mí con la mandíbula tensa. Desvió los ojos hacia mi pelo, y yo la miré con curiosidad. Tras unos segundos de vacilación, habló:

—Accidente con tres heridos: una fractura de radio de la que ya se están ocupando los de trauma, una luxación mandibular que se puede recolocar sin cirugía y un traumatismo craneoencefálico con fractura en la base del cráneo.

Además del aire intracraneal, hay líquido en senos paranasales y una delgada fractura en la placa cribiforme.

—Lo más seguro sería acceder por vía transfrontal —opinó Palacios.

—No estoy de acuerdo —dijo Carolina y se giró completamente hacia mí—. La fractura es limpia y no hay desplazamiento del lóbulo frontal. No veo la necesidad de hacer una incisión visible si podemos solucionarlo desde dentro.

Palacios resopló. Carolina se volvió hacia él un segundo y pensé que, si las miradas matasen, nuestro colega estaría ya bajo tierra.

—¿Crees que podemos asegurar el cierre sin abrir? —le pregunté a ella.

—Si controlamos bien el acceso, sí —alegó—. Yo misma puedo realizar la reparación dural con injerto y sellado endoscópico.

La miré valorando las opciones. Carolina me observó a la espera de mi respuesta e intuí lo que creía que haría: darle la razón a Palacios.

Me tomé un instante más antes de hablar.

—De acuerdo. Lo haremos a tu manera, Remo, pero quiero que hables con el neurofisiólogo para que lo tenga en vigilancia estrecha y monitoree continuamente el estado neurológico. Si hay signos de deterioro, pasamos a craneotomía.

Carolina parpadeó. Deduje que estaba sorprendida por mi respuesta, por mi apoyo y por el hecho de que, por primera vez, estuviéramos en el mismo bando.

—Sí… Claro… —contestó asimilando mi decisión.

—Santana, no me parece… —intentó decir Palacios.

—Remo está capacitada para este abordaje. Viene del mejor hospital de Sevilla y de un servicio experto en técnicas no invasivas —lo corté—. Yo supervisaré todo y, si surge cualquier complicación, responderé ante Manuel personalmente.

Palacios no respondió, pero su expresión fue bastante elocuente.

Le hice un gesto a Carolina para que me acompañara. Lo último que escuché fue un «allá tú» murmurado por detrás.

—Espero no arrepentirme de esto, Remo —le advertí mientras caminábamos hacia quirófano.

—No lo harás.

Solté una leve risa, pero no hice más comentarios.

En cuanto entramos a quirófano, todo quedó atrás.

Solo existía el paciente y la cirugía. Fueron varias horas intensas en las que exprimimos cada minuto al máximo.

Carolina era precisa, rápida y segura en cada movimiento, y no hubo margen para discusiones ni desconfianza, solo profesionalismo puro y duro.

—Función ocular conservada sin signos de isquemia ni diplopía. Una coordinación impecable y un gran trabajo, doctores —nos dijo el oftalmólogo tras la evaluación postoperatoria.

Asentí en agradecimiento. La realidad era que parecía que hubiéramos trabajado juntos muchas veces.

—Buen trabajo —le dije al acercarme a ella.

Carolina asintió y sonrió satisfecha.

—Igualmente.

Nos miramos durante un par de segundos, reconociendo el esfuerzo del otro. La tensión seguía ahí, pero también había algo más: respeto.

Salí tras ella.

—¿Quieres comer algo? —le pregunté sin pensarlo demasiado.

Se giró y me miró confundida.

—¿Me preguntas a mí? —La observé divertido y asentí—. Lo siento, tengo planes. Quizá otro día.

—Quizá.

Acababa de rebasarla en el pasillo cuando me llegó su voz.

—Sobre nuestra discusión del lunes… —comenzó, y yo me detuve—. Siento haber sido tan borde. No sabía lo de tu padre; lamento tu pérdida.

Me quedé un segundo en silencio antes de reaccionar. Al hablar lo hice con un tono mucho más liviano de lo que cabía esperar.

—Gracias. —Se mantuvo en silencio—. ¿Cómo te enteraste?

Ella sonrió apenas.

—Tengo mis fuentes.

Negué con una mueca divertida y retomé mi camino hasta la sala de personal para recoger mis cosas. Agradecí tener ropa de repuesto en la taquilla; no pensaba volver a ponerme la camiseta sudada.

Cuando las puertas correderas se abrieron un rato después, y una ráfaga de aire caliente me golpeó la cara, me di cuenta de que ella estaba allí, en la entrada del hospital.

Y no estaba sola.

Pasé por su lado sin prisa, con las manos en los bolsillos del pantalón deportivo, y le dediqué un leve gesto de cabeza a modo de despedida.

—Buen fin de semana, Remo —le dije sin dejar de caminar.

—¡Gabriel! —Me volteé, y ella me alcanzó en unas cuantas zancadas—. ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Dime.

—¿Cómo sabías lo de mi residencia?

Sonreí, y ella contuvo los labios cuando elevó una ceja a la expectativa.

—Yo también tengo mis fuentes, Carolina —fue todo lo que le dije antes de marcharme calle abajo.

Aquellos labios curvados hacia arriba me atormentarían varias noches.