7 – Él
Consejo número cuatro para la vida adulta: si el sentido común te grita que huyas, no te hagas la sorda.
CAROLINA
Nunca he entendido del todo la insistencia de mi padre por hacer barbacoas cuando estamos en plena ola de calor.
Es como si quisiera batir el récord de sudoración colectiva o algo así.
Así que en esas estábamos aquel domingo de julio, en bañador, refrescándonos en la piscina cada poco rato para sobrellevar lo mejor posible aquella celebración del treinta y dos cumpleaños de mi hermano Bruno.
—Afri, ¡hazme una foto con este pedazo de chuletón! —gritó el homenajeado a su eterna prometida, mientras sostenía un trozo de carne cual trofeo.
—Baja eso, capullito —le dijo ella.
—¡Es más grande que tu cara, papá! —exclamó Abril, su primogénita de diez años.
Bruno le hizo una carantoña escondiéndose detrás del trozo de carne, y la niña soltó una carcajada que nos hizo sonreír a los demás.
—Oye, cielo —intervino mi padre mirándome mientras dejaba una bandeja llena en la mesa—. ¿No te estrenabas esta semana?
El olor a carne asada me hizo rugir las tripas.
—Eso —secundó mamá con una copa de vino blanco en la mano—. ¿Cómo fue la cirugía, cariño?
Mi primer instinto fue restarle importancia, pero, antes de que pudiera responder, Zahara, la más pequeña de mis hermanos, soltó:
—Cinco pavos a que ya se ha cargado a un paciente.
Alguien le lanzó un hueso de aceituna, y ella se quejó como si en vez de diecinueve tuviera cinco años.
—Seguro que lo clavó —me defendió Diana pasándole un brazo por los hombros a Rachel, su mujer—. Nuestra hermana mayor es una máquina.
—De matar —insistió Zahara.
—La mayor soy yo —puntualizó Alana interviniendo.
Puse los ojos en blanco. Mi familia tenía un talento innato para convertir cualquier momento en una especie de sketch de comedia de enredos.
—Al final no se hizo —me limité a decir.
—¿La palmó antes de poderse operar?
La cabeza pelirroja de mi tío Leo entró en mi campo de visión cuando asaltó el plato de carne.
—Vais a tener que llevar a la niña a que le estudien ese cerebro retorcido que tiene —le dijo a mi madre—. Yo, en vuestro lugar, dormiría con un ojo abierto.
—¿Qué pasó? —preguntó mi tía Alicia, siempre atenta.
Suspiré y me serví un poco de agua antes de responder.
—Digamos que hubo cambio de planes. Mi jefe de sección decidió que era el mejor momento para no aparecer y la aplazó.
Diana arqueó una ceja.
—¿Y no montaste en cólera? ¿Nada de prenderle fuego al hospital o lanzarle un bisturí a la frente a ese jefe?
Solté una risa escueta. Mi hermana me conocía demasiado bien.
—Soy una profesional. ¿Por quién me tomas?
La risa general fue inmediata y, aunque en el fondo aún podía sentir la rabia bullendo en mi interior al recordar el quirófano vacío, eso era lo bueno de estar con mi familia: que incluso en los momentos menos positivos las cosas parecían más llevaderas.
Agradecí que cambiasen de tema y me mantuve en un segundo plano hasta que decidí que había tenido suficiente y era hora de volver a mi piso.
Esa noche, al acostarme, lo hice con las pilas recargadas.
Costa Serena era un pueblo pequeño, pero su hospital privado no tenía nada que envidiar a los de los grandes centros urbanos, y lo digo con conocimiento de causa.
Mientras caminaba por el pasillo, repasaba el listado de tareas pendientes, pero todo se evaporó de golpe cuando abrí la puerta de la sala de personal y lo vi.
Gabriel Santana Ruiz.
El hombre que había logrado sacarme de mis casillas en tiempo récord estaba sentado en uno de los sofás, leyendo concentrado la pantalla de su portátil y comiendo algo con pinta de galleta.
Llevaba una camisa blanca con los puños arremangados y esos pantalones oscuros que debía de haberlos asignado como parte de su uniforme de trabajo fuera de quirófano.
Lo peor era que parecía tan relajado, tan ajeno al caos que había dejado tras su ausencia, que la rabia comenzó a latirme en las sienes.
Alzó la mirada al notar mi presencia y, por un segundo, sus ojos —marrones o verdes, dependiendo de la luz— me escrutaron con esa intensidad que solo él parecía dominar. Después, apareció esa sonrisita suya que desarmaba a cualquiera. Bueno, a casi cualquiera.
«No dejes que te saque de quicio», me advertí, aunque la mirada se me desvió, traicionera, hacia ese cabello oscuro y ligeramente desordenado que le daba un aire entre profesional y peligroso. «No es más que una fachada», me recordé.
Ni loca iba a caer a sus pies. Ni por su enorme cuerpo ni por esa sonrisa de dientes blancos ni mucho menos por esa mirada que parecía gritar «problemas». Ni loca.
—Pospusiste la cirugía sin avisarme.
Dejé mi bolso con más fuerza de lo normal sobre la mesa.
Él elevó una ceja en mi dirección.
—Buenos días para ti también, Carolina —respondió con una calma exasperante—. ¿Qué tal el fin de semana?, ¿interesante?, ¿relajante?, ¿solitario?
Lo miré con inquina. ¿Por qué demonios tenía que tener ese aspecto tan inmaculado y a la vez de recién follado?
Entrecerré los ojos.
«¿Eso es lo que has hecho, Santana?, ¿te has tirado a alguien del personal y ahora estás reponiendo fuerzas? Qué asco».
Se me revolvió el estómago solo de imaginarlo. No era la primera vez que veía a un hombre con poder moverse con demasiada seguridad, como si todo a su alrededor estuviera a su libre disposición.
Él se inclinó hacia delante y sus ojos no se apartaron de los míos; parecía que intentaran leer algo que ni yo misma entendía. Mi rabia, a punto de estallar, titubeó cuando esbozó una sonrisa calmada y desafiante que me resultó demasiado familiar.
«No te dejes engatusar, Carolina».
Aquel pensamiento fue como la chispa que encendió el fuego.
—Me gustaría saber con un poco de antelación cuándo tengo que operar y cuándo no. Llámame detallista, pero que me dejen tirada en el último momento no es mi plan favorito.
El cambio en su expresión fue casi imperceptible. Cerró los ojos un segundo más de lo normal y contestó:
—Dejé «tirado» a todo el equipo, no solo a ti.
—¿Por qué? —insistí sin romper el contacto visual.
—Déjalo estar, Remo —me rogó devolviendo la atención al ordenador—. Fue algo personal.
«Personal. Qué conveniente…».
—¿Es un problema de confianza? —lo reté—. ¿No confías en mí?, ¿es eso? Sé que no soy tu igual, pero agradecería que contases conmigo como parte de la ecuación y más en los casos que se me asignan.
No me pasó desapercibida la forma en la que inclinó la cabeza, como si estuviera evaluándome.
Apreté la mandíbula cuando él, tras sonreír, cerró la pantalla del portátil con un movimiento calculado y lo dejó sobre el asiento.
Un instinto primario me suplicó que saliese de allí cagando leches al verlo ponerse en pie, sin embargo, me quedé donde estaba. Mi corazón no corrió la misma suerte, pues se aceleró al borde de la taquicardia al ver cómo daba un paso tras otro y reducía la distancia entre nosotros.
—Créeme, cuento contigo —me dijo lo bastante cerca como para apreciar el calor de su cuerpo.
Su tono fue grave, firme, y la forma en la que me miró hizo que se me encogiera algo en el pecho. No había burla en su voz, tampoco arrogancia, pero sí esa intensidad peligrosa que activaba mis alarmas. Y algo más. Algo que, aunque reconocía, no quería admitir.
Mi instinto tomó el control cuando Gabriel alzó una mano y sus dedos me rozaron la mejilla. Supe lo que iba a pasar —o lo que él creía que iba a ocurrir—, por lo que se me disparó el pulso y el cuerpo se me tensó.
—No —dije casi sin aliento.
Él se detuvo y la mano se le quedó congelada en el aire. Me observó como si acabara de despertar y fuera consciente, por primera vez, de la distancia entre nosotros y de lo que estaba a punto de hacer.
—Lo siento —susurró y negó con la cabeza—. Eres la mujer más contradictoria que he conocido en mi vida, Carolina.
Su mirada bajó un segundo a mis labios y luego volvió a mis ojos. Pero ya no había desafío, solo contención.
—No vuelvas a hacer eso. Nunca —le advertí, más suave de lo que pretendía.
Él soltó el aire por la nariz en una especie de risa absurda y se giró sin añadir nada más.
Me quedé allí, inmóvil, tratando de recomponerme. Todo lo que había imaginado decirle, toda la rabia acumulada de esos días, se había esfumado, reemplazada por un miedo ya conocido…, pero también por algo más.
Me pregunté cómo era posible que sintiese el cosquilleo de sus labios en los míos, incluso sin haberme rozado, y lo odié aún más por eso. Lo odié con cada fibra de mi ser porque, de alguna manera, había conseguido lo imposible: hacerme sentir débil y a la vez necesitada.
Maldito Gabriel Santana. Y maldito fuera mi cuerpo, que al parecer tenía ideas propias e iba por libre.
Inspiré hondo. No podía permitir que aquella ilógica sensación me desestabilizara, aunque supe que, del dicho al hecho, a veces iba un gran trecho.