Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 6 – Despedirse
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6 – Despedirse

Ignorar: forma sutil de recordarte que no importas.

GAbrIEL

—Lo siento mucho, hijo.

—Gracias —le contesté a la mujer frente a mí tratando de sonar agradecido, sin embargo, mi voz sonó más hueca de lo que pretendía.

—Estaba muy orgulloso de usted. Lo mencionaba muy a menudo.

«Lo dudo».

La señora María, vecina de mi padre, me miró con esos ojos llenos de lástima y se retorció las manos, debatiéndose entre decir algo más o no.

Yo solo quería que aquello terminase de una vez y quedarme un rato a solas con mis pensamientos, aunque no estaba seguro de que pudiera soportar mi propia compañía demasiado tiempo.

—Era un buen hombre —añadió otra mujer a su lado—. Tenía sus cosas, pero…, bueno, ya sabe.

«Sí, le aseguro que lo sé de buena tinta».

—Si necesita cualquier cosa, no dude en pedírmelo —añadió María.

—Gracias. Y gracias a las dos por venir —respondí a la vez que forzaba una sonrisa.

Apenas había dormido en las últimas cuarenta y ocho horas, y el cansancio sumado a la tensión del momento me tenían más irritable de lo habitual.

Durante un rato, continuaron hablando un poco más sobre las «bondades» de mi recién fallecido padre. Cuando finalmente se dieron la vuelta, y desaparecieron por el pasillo, suspiré y me pasé una mano por el pelo.

Me sentía desconectado de todo aquello. Lo que decían de mi padre, ese supuesto orgullo o bondad que intentaban meter en la conversación con calzador, no encajaba con el hombre que yo recordaba.

Julio Santana rara vez tuvo una palabra amable para mí, pero sí muchas críticas.

Eso sin contar con que siempre menospreciaba mis logros y se aseguraba de que supiera que nunca estaría a la altura.

Dejé vagar la vista por la habitación. La casa estaba igual que siempre y, al mismo tiempo, completamente distinta.

Era como si el tiempo se hubiera detenido dentro de esas cuatro paredes: los mismos muebles, las cortinas descoloridas, el idéntico olor a tabaco y café recalentado que recordaba.

No obstante, la ausencia de él en el sillón de la esquina lo cambiaba todo.

Me quedé mirando una foto de la repisa. Era de cuando éramos niños.

Mamá estaba en el centro, con esa amplia sonrisa que siempre me había parecido demasiado grande para su estrecha cara.

Papá tenía el brazo alrededor de sus hombros, y Rafa y yo sonreíamos delante de ellos.

Mi hermano tenía diez años, yo tan solo dos, y en aquel momento no tenía ni idea de que, meses después, me enfrentaría a la primera gran pérdida de mi vida, la que lo volvió todo diferente.

Intenté apartar ese pensamiento y enfocarme en otra cosa, algo laboral, como siempre, pero la nueva imagen que me llegó a la mente no me alivió en absoluto: Carolina.

Su expresión un instante antes de que se marchara de esa sala de reuniones la tarde pasada se me había quedado grabada en la memoria, pues había algo en su manera de mirarme que me retaba como nada lo había hecho antes.

¿Cómo se habría tomado que la operación se pospusiera?

Por lo poco que la conocía, era capaz de apostarme las dos manos a que no le habría hecho ninguna gracia. La doctora Remo no parecía el tipo de persona que apreciase que las cosas no salieran como ella esperaba.

—No podías perder tu oportunidad de engatusar a las vecinas, ¿eh? —me preguntó mi hermano desde el umbral de la puerta.

Apreté los labios ante su ceja levantada y la mueca que lucía, a caballo entre el fastidio y la altanería.

—Me he limitado a ser amable —le contesté encogiéndome de hombros.

—Claro, olvidaba que esa ha sido siempre tu especialidad —soltó sarcástico—. Eso y no contestar al teléfono, claro.

—Rafa, no estoy de humor.

Él bufó y me lanzó una mirada con esa mueca de superioridad y desdén que había perfeccionado durante años.

—Aún no entiendo para qué te has molestado en venir. Deberías haberte quedado en tu hospital, con tu bata blanca y tus pacientes —espetó con inquina.

Respiré hondo antes de contestarle. Estaba agotado, tanto física como emocionalmente, y no tenía ninguna gana de discutir con él, aunque sabía que intentar dialogar sería inútil y frustrante.

—No vayas por ahí.

—¿Por dónde quieres que lo haga entonces? —Se cruzó de brazos—. ¿Te apetece que hablemos de cuándo fue la última vez que lo llamaste?, ¿o de la fugaz visita que le hiciste hace dos meses por su cumpleaños?

Apreté los dientes.

—Tenía trabajo —me excusé—. Además, él no parecía demasiado contento de verme, para no perder la costumbre.

Mi hermano soltó una risa seca.

—Dime algo, Gabriel. ¿Alguna vez te has parado a pensar en cómo fue para papá criar a dos niños él solo?, ¿tener que ser madre y padre al mismo tiempo y sacrificar su vida por nosotros?

«Sacrificar su vida».

Esas palabras se me clavaron en el pecho, y él lo supo, dado el gesto que me dedicó.

¿Cómo se atrevía a hablar de sacrificios? Yo había sobrevivido a su sarcasmo, a su favoritismo, a los años en los que nuestro padre me miraba como si yo fuera un recordatorio constante de todo lo que había perdido.

Quise contestarle, pero me contuve. No porque no tuviera respuestas, sino porque sabía que nada de lo que dijera cambiaría su percepción. Rafa siempre había visto a papá como un héroe, sin embargo, yo solo percibía las grietas.

Mi hermano me lanzó una última mirada cargada de reproche antes de girarse y dejarme solo en esa casa que hacía ya muchos años que no sentía como un hogar, pero que aún me traería algún que otro quebradero de cabeza.

Me quedé de pie en el salón, con las palabras de mi hermano, el mismo que me había hecho la existencia un poco más difícil, rondándome la mente.

Llevé la mirada de nuevo a la repisa donde seguía esa vieja foto familiar e intenté recordar cómo era nuestra familia antes de que todo cambiara.

La respuesta no llegó, tampoco los recuerdos agradables.

Había algo asfixiante en aquella casa, en las palabras no dichas, en los reproches velados. Necesitaba aire, necesitaba salir de allí, así que recogí mis cosas, me monté en el coche y conduje de vuelta a Costa Serena.

La carretera serpenteaba entre colinas y costa, y mi mente iba y venía con ella.

Estaba deseando llegar a casa, darme una ducha y meterme en la cama, aunque sabía que no podría dormir sin más.

Tenía la mente demasiado despierta como para desconectar y relajarme, así que, sin meditarlo demasiado, me desvié del camino hacia una de las zonas más conocidas del pueblo.

Al bajar del coche, el bochorno de aquella calurosa noche de julio me golpeó de lleno. No tenía hambre ni sed, pero, antes de ser consciente de mis pasos, estaba entrando en aquel bar.

El corazón me dio un vuelco al reconocerlo. Era el mismo lugar donde la había conocido tres semanas atrás.

Aquella noche, la música había sido mucho más movida, tanto que casi opacaba el murmullo de las conversaciones.

Yo había ido solo tras una jornada agotadora.

Recuerdo que me apoyé en la barra, con mi bebida en la mano, y fue entonces cuando sentí la necesidad de girar la cabeza de manera instintiva.

No fue su risa lo que me llamó la atención, tampoco su belleza, que, aunque evidente, no era lo que más la hacía destacar.

Fue la forma en la que ocupaba el espacio, la presencia que irradiaba.

Estaba sentada en una concurrida mesa junto a las ventanas abiertas, y el viento le movía el pelo suelto. No era la que más hablaba ni la que más reía, pero algo en su postura de espalda recta, largas piernas cruzadas y gesto atento hizo que no pudiera dejar de mirarla.

Reconozco que me cautivó la seguridad que irradiaba y caí rendido ante la naturalidad con la que se movía, con una presencia que hacía parecer que el lugar entero girase en torno a ella.

Ajusté mi postura sobre el taburete para tener mejor ángulo de visión y fue entonces cuando nuestros ojos se encontraron por primera vez esa noche.

Transcurrieron solo unos segundos antes de que volviese a centrar la atención en sus acompañantes, los suficientes para que algo dentro de mí se agitase.

Volví al presente, sobresaltado, al notar que el camarero chocó contra mi brazo.

—¡Lo siento, amigo! —se disculpó.

Avancé un par de pasos. El bar estaba prácticamente igual: la misma disposición de las mesas, el olor a madera y salitre, incluso el personal parecía el mismo.

Pero ella no estaba allí.

«¿Es que eres tan gilipollas de haber entrado con la esperanza de verla?», me pregunté.

Por absurdo que sonara, así era. Porque en el fondo no necesitaba una ducha ni una cama, lo que de verdad buscaba era algo que me anclara al presente, que me hiciera sentir vivo de nuevo.

Justo como lo que Carolina había despertado en mí durante las horas que pasamos juntos; esa sensación que aquella mañana me hizo salir de su piso en silencio y con una sonrisa, mientras el eco del agua corriendo en la ducha me daba el suficiente margen para largarme antes de que las cosas se complicaran.

Y lo que más me jodía no era que Carolina no estuviera allí en aquel momento, era que intentara ignorarme. Lo peor era verla actuar como si nunca hubiera pasado nada entre nosotros, como si esa noche no hubiera existido…

¿Debía hacer yo lo mismo?