Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 5 – El día
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5 – El día

Consejo número tres para la vida adulta: la sal puede potenciar el sabor de los alimentos. Y conservar cadáveres.

CAROLINA

Sonreí cuando el despertador sonó a las seis y seis de aquel viernes.

—Ha llegado el día, Carolina —me dije en voz alta a la vez que estiraba los brazos hacia arriba, aún en la cama—. Demuéstrale a ese médico engreído y a todo el equipo de qué pasta estás hecha.

Me levanté con una energía que no sentía desde hacía días. Me duché rápido, me puse el uniforme y revisé mentalmente los detalles de la cirugía mientras desayunaba mi café doble y una tostada.

Al acceder por la puerta corredera del enorme edificio, la sonrisa aún no se me había borrado.

Por fin sería mi debut quirúrgico en el Hospital Altamar. Por fin podría poner en práctica todo lo aprendido durante los tortuosos años de residencia. Por fin…

—Remo. La cirugía de las diez ha sido aplazada —me anunció Manuel sin rodeos al cruzármelo en el pasillo.

Mi cerebro tardó un par de segundos en procesarlo. ¿Aplazada? Mi primer pensamiento fue que debía de tratarse de un error.

—¿Cómo que aplazada?

—Aplazada. Retrasada. Pospuesta… —recitó aquel hombre que llevaba más años en el hospital que yo sobre la tierra. Me entraron ganas de estrangularlo con mis propias manos cuando lo vi encoger los hombros con desgana—. ¿Necesita algún sinónimo más o con esos ya le vale?

«Gilipollas».

«Respira, Carolina. No puedes estamparle la mochila en la cabeza… todavía».

—¿Por qué? —me limité a preguntarle.

—Santana no puede asistir.

Me lo soltó como el que explica que ese día el plato principal de la cafetería sería pescado, es decir, sin darle ni una pizca de importancia.

Sin embargo, sí que la tenía.

—¿«No puede asistir»? —repetí intentando no perder los nervios—. ¿Y no hay nadie que pueda ocupar su lugar?

—Es su paciente.

—Es un paciente del hospital —intenté argumentar intuyendo de antemano que aquello iba a ser una batalla perdida—. Creo que deberíamos brindarle la misma profesionalidad que este prestigioso hospital ofrece siempre a todos sus pacientes y por la que tiene tan buena reputación.

Mi peloteo no sirvió de nada. Manuel levantó la cabeza de su teléfono y me miró de nuevo con esa expresión que trataba de hacerme sentir pequeña e insignificante.

—No es una urgencia, Remo. Se reprograma y ya está. No haga una montaña de un grano de arena —zanjó sin prestarme atención—. Aproveche el tiempo libre que esto le brinda y estudie un poco más o empápese de la experiencia de sus colegas —zanjó antes de darse media vuelta y desaparecer.

Tardé unos segundos en retomar mi actividad cerebral una vez hubo desaparecido pasillo abajo.

¿«Estudie un poco más»? Pero ¿qué cojones se creía el señoro ? Seguro que, cuando él se formó, las cirugías se hacían a la luz de las velas y con sanguijuelas como equipamiento estándar.

Aquello era indignante, y no solo por el comportamiento de aquel dinosaurio corto de miras, sino por todo lo demás; porque, claro, el intocable doctor Santana, tan ocupado cada día y sin tiempo libre para perderlo en algo tan mundano como recordar el funcionamiento de un horario laboral, decidía no aparecer y todo el mundo debía ajustar su agenda como si él fuera el maldito centro del universo.

Además, había tomado la decisión de aplazarla sin pensar en mi opinión, dando por hecho que yo no podía asumirla o no era capaz de sacar al paciente adelante.

«Claro, ¿para qué confiar en la nueva si puedes ignorarla y seguir controlándolo todo tú solito?». Cerré los ojos y contuve un gruñido de frustración.

Al retomar mis pasos, tenía los dientes tan apretados que casi saltaron por los aires. Necesitaba romper algo; eso o esconderme en algún lugar para gritar en silencio.

Elegí lo segundo.

Me dejé caer en una silla de la sala de personal y miré fijamente la pared blanca.

Llevaba días dándole vueltas a esa cirugía, repasando cada paso entre consulta y consulta, desvelándome por las noches cuando me asaltaba la incómoda sensación de miedo a no estar a la altura.

Y ¿para qué? Para que el intocable doctor Santana decidiera tirarlo por la borda.

«Respira, Carolina. Respira o te va a dar un derrame y, con tu suerte, te tiene que operar el doctor del año», me dije.

¿Qué clase de urgencia tendría que no podía delegar? Negué con la cabeza. Seguro que estaba en una conferencia, rodeado de gente que le aplaudía al estilo de una estrella musical.

Me masajeé las sienes, donde un dolor de cabeza empezaba a tomar forma. Justo cuando estaba a punto de estampar el teléfono en la pared, este sonó en mi mano.

Em:

¿Tienes un momentito libre? Estoy en la primera planta. Te quiero.

Solté una risa irónica tras leer el mensaje de mi hermana. «Un momentito libre» era todo lo que tenía, de hecho.

Le contesté con un escueto «voy» y dejé mis cosas en la taquilla.

Subí y no tardé en localizarla. Una sonrisa cariñosa se me instaló en los labios al verla y, cuando me la devolvió y movió la mano en mi dirección, supe que estar con los míos era todo lo que necesitaba en aquel momento.

Al llegar a su lado, le di un abrazo que ella correspondió con un pequeño suspiro de sorpresa.

—Hola, Caro —me saludó en un susurro.

—Hola. —Me retiré para poder mirarla a la cara—. Estás preciosa.

—Ya… —Resopló y elevó un hombro—. Seguro que parezco una ballena sudada.

—Hazme caso. Yo soy la profesional aquí y llevo razón —insistí y le puse una mano en el vientre—. ¿Qué?, ¿cómo se porta mi sobrina?, ¿te sigue pateando las costillas?

Ella sonrió mientras se acariciaba la prominente barriga y el gesto le iluminó la cara. Sin embargo, la que contestó fue Rebeca, su suegra, que se acercaba con los bolsos y una carpeta.

—Digna hija de su padre. Jaime era todo un profesional de la capoeira [2] . Madre mía, menudo caos para aparcar en este hospital.

Nos saludamos, y la mujer se separó un poco para soltar las cosas en una de las sillas de la sala de espera y entregar la documentación.

—¿Y mamá? —le pregunté a mi hermana, extrañada de que no estuviera allí también.

—Ni ella ni Jaime podían acompañarme hoy —aclaró—. Le han pedido a mi suegra que grabe toda la revisión.

Compartimos una sonrisa cómplice.

—¿Te importaría que entrase yo también?

—¿Estás de broma? —respondió, emocionada—. ¡Me encantaría! Pensaba que no podrías. ¿No tienes trabajo?

Puse los ojos en blanco.

—Inesperadamente, no.

—¿Y eso?

—Mejor no estropeemos el momento, por favor.

Ella sonrió y me agarró de un brazo para que la acompañase a tomar asiento.

—¿Ya le has comprado algo a Bruno? —me preguntó.

Oh, mierda. El cumpleaños de mi hermano… La maldición de ser tantos en la familia era que siempre había algo que celebrar.

—He estado liada —me excusé—. Trataré de solucionarlo antes del fin de semana.

Emma me miró con esa expresión de hermana responsable que se desvive por los demás cuando están en apuros.

—Tranquila, yo me encargo.

—¿Segura?

—Sí. Diana y yo iremos al centro comercial esta tarde —me explicó haciendo referencia a su gemela—. Quiere comprarle un móvil para la cuna lleno de guitarras, baquetas y micrófonos. Está convencida de que su sobrina será la próxima promesa del rock .

Me eché a reír.

—Muy propio de ella. Aunque no sé qué pensará Jaime de esos planes de futuro para su minicientífica.

—Él le ha encargado una bata de tamaño minúsculo con el logo de su laboratorio. Es monísima —me explicó, y yo me eché a reír.

—Tendré que ponerme las pilas si quiero que siga mis pasos en el mundo de la medicina —bromeé.

Rebeca avisó a Emma de que era la siguiente y nos dirigimos juntas a la consulta.

Tras las preguntas rutinarias por parte de la ginecóloga, el sonido del latido acelerado del corazón de mi sobrina llenó la sala. Durante un instante, el mundo dejó de girar y todos los problemas se desvanecieron como por arte de magia.

Miré a Emma, que tenía los ojos vidriosos, y supe que ese pequeño ser que llevaba en su vientre y que movía las manitas con energía lo era todo para ella. También lo era ya para todos nosotros, al igual que mis otros cinco sobrinos.

Le di la mano, y ella sollozó sin dejar de sonreír.

—¿No es perfecta? —nos preguntó limpiándose las lágrimas con los dedos.

Asentí, porque, aunque la imagen no era del todo nítida y la postura dificultaba verle bien los rasgos, la perfección es una cuestión de perspectiva, y para Emma no había duda de que lo era.

—Preciosa —dijo la abuela a duras penas.

—¿La primera nieta? —le preguntó el ginecólogo a la mujer, que se secaba emocionada las lágrimas.

—Sí. ¿Se nota mucho? —bromeó Rebeca, y su respuesta nos arrancó una risa a todos.

El tiempo parecía haberse detenido allí, en esa sala, con Emma acariciándose la barriga y las tres compartiendo la felicidad que traía consigo aquel pequeño milagro. Pero mi reloj no dejó de avanzar y, cuando mi busca vibró avisándome de una urgencia, me costó separarme de ella.

Tuve que marcharme antes de que su cita terminase, no sin antes darle un último abrazo a Emma y despedirme con una sonrisa.

Ese rato con ella y mi sobrina había bastado para que mi perspectiva de la jornada, que había empezado fatal, cambiase por completo. Por unos minutos el día me había parecido perfecto, sin embargo, luego recordé que Santana seguía existiendo.

Cuando me lo cruzase, iba a necesitar de mucho autocontrol para no acabar en prisión por homicidio.