4 – Esa boca…
Justificar: lo que haces cuando quieres que alguien entienda algo que ni tú terminas de perdonarte.
GAbrIEL
Me estaba vacilando.
Por más vueltas que le daba, no podía haber otra explicación al comportamiento de esa mujer, tan distinta a la que se había desnudado delante de mí hacía tan solo veinte días en aquel piso lleno de cajas o a la que me había mirado con esos ojos azules encendidos mientras se deshacía lentamente de su ropa, dejándola caer al suelo sin prisa y con una seguridad acojonante.
Desvié la vista hasta el reloj de pared: las siete y cuarenta y cinco de la mañana; cualquiera diría que llevábamos solo quince minutos en el despacho de Manuel.
La miré de nuevo. Movía las manos mientras explicaba, por enésima vez, la técnica que creía que debíamos usar para acceder al tumor de nuestro paciente. Su coleta alta y perfectamente peinada; la expresión seria y concentrada; esa espalda que había acariciado y besado, recta y estirada.
Navarro, el anestesista, se inclinó hacia mí y susurró:
—Aún no tengo claro si quiero felicitar a los de personal por su incorporación o pedirles explicaciones.
La broma hizo que un par de cabezas, las más próximas a nuestra posición, se giraran hacia él, aunque no logró sacarme de mi concentración.
«¿Siempre eres tan intensa o solo es la presión de ser la nueva y querer demostrar tu valía?», le pregunté en mi mente.
Ella pareció escucharme, pues me atravesó durante un par de segundos con la mirada, mientras continuaba su discurso usando ese tono impecable y profesional.
Decidí intervenir.
—Entiendo tu postura, Remo, pero esto ya se había concretado y estuvimos todos de acuerdo.
—¿No creéis que podríamos valorar una técnica menos invasiva?
—planteó con calma y sin perder firmeza—.
La paciente es joven y activa. Una craneotomía supondría un postoperatorio más complejo y un riesgo mayor de complicaciones.
Con los avances actuales, creo que podríamos tener margen para considerarlo.
—El abordaje endoscópico también tiene riesgos —respondí tratando de mantener la voz calmada.
Su tono no había sido hostil, pero algo en su expresión tensa me indicó que se lo estaba tomando demasiado a pecho—.
No se trata de ser convencional o moderno; en la última reunión se consideró el tamaño del tumor y la proximidad a la arteria, por eso acordamos la vía craneal.
Nos da más control si surgen complicaciones.
Carolina apretó los labios, contrariada, aunque mantuvo la compostura. No obstante, también capté un leve temblor en su barbilla que disimuló tragando saliva. Y ese detalle me descolocó.
¿Estaba nerviosa? Me distrajo ese gesto, esa grieta en su armadura que la humanizaba, más allá de su fachada de profesional impecable.
La vi mover los labios para replicar, y una imagen fugaz de esa misma boca, curvada en una sonrisa burlona mientras me desabrochaba el pantalón, me desconcentró.
No debía estar pensando en aquello en ese momento, pero mi mente insistía en regresar a aquella noche demasiado a menudo; el brillo de sus ojos, el calor de esa piel llena de pequeñas pecas bajo mis manos…
Daba igual la hora que fuese o lo cansado que llegase del hospital, daba igual cuánto me contuviese, pues acababa con la mano enterrada en la entrepierna más veces de lo normal.
Sacudí la cabeza, tratando de concentrarme.
—Deja de comértela con la mirada —murmuró el anestesista.
—Cierra el pico —le respondí sin apartar los ojos de Carolina.
Temí que ella se hubiese dado cuenta. Lo descarté enseguida, parecía demasiado ocupada en ganar adeptos a su causa.
Me concentré de nuevo en su discurso.
—… en cuenta que los estudios más recientes respaldan la eficacia de un abordaje endoscópico en casos similares. Con un equipo experimentado, el margen de error no tendría por qué aumentar.
No me pasó desapercibido cómo los demás intercambiaron miradas entre ellos. Borja estuvo a punto de intervenir, pero se detuvo al ver mi reacción.
Me puse en pie, despacio, dejando que el movimiento llamara su atención. Ella alzó la mirada con esa mezcla de determinación y desafío que me dejaba fuera de juego.
—Espero que no estés cuestionando las capacidades del equipo, Remo.
Sus labios se separaron con sorpresa. Puta boca deliciosa… y maldito fuera mi cuerpo por reaccionar a ella.
—¿Cuestionando? Por supuesto que no. —Casi me creí su actuación ofendida. Casi—. No era mi intención. Solo quería abrir la puerta a un…
—Sabemos perfectamente cuál es esa puerta —la interrumpí, y los ojos se le llenaron de llamas—. Pero si lo hacemos así y algo sale mal las consecuencias podrían ser catastróficas, además, no tendríamos tantas opciones para maniobrar en caso de complicaciones.
—Estoy con Santana —dijo Borja.
—Yo también. —Fue el turno del anestesista.
Los apoyos se fueron sumando. Carolina observó con expresión neutra y, al darse cuenta de que no tenía adeptos a su causa, respiró hondo y asintió.
—De acuerdo.
Un leve murmullo de alivio recorrió la sala y la reunión se dio por terminada poco después.
Cuando los demás comenzaron a salir, ella se quedó sentada revisando algunos documentos y tomando notas, con los labios fruncidos en un mohín que sabía que se me quedaría grabado en la cabeza.
Ignorando el peso de mi propio juicio, me acerqué a ella sigiloso. Bastante tenía ya con el numerito de antes como para volver a llamar la atención del resto.
¿Desde cuándo aquello se había convertido en un jodido episodio de Anatomía de Grey [1] ?
—¿Podemos hablar? —le pregunté en voz baja.
—Claro —respondió sin levantar la vista.
¿Qué cojones tenía aquella mujer que me frustraba y fascinaba a partes iguales?
—¿Todo bien?
Esa vez sí me miró. Por un momento pareció ablandarse, como si fuera a dejar caer esa coraza tan bien erigida; fue algo fugaz, pues la Carolina de aquella noche se desvaneció tan rápido como había aparecido.
—Sí —respondió con frialdad.
«Bien. Otro monosílabo, fantástico», ironicé.
—Lo de antes no era nada personal.
—Es lo que ha parecido —respondió sin acritud, pero con esa contundencia tan suya—. Yo tampoco pretendía cuestionarte.
—Es lo que ha parecido —la imité—. Tan solo quería asegurarme de que estamos en la misma página respecto al caso.
Otro fruncimiento de labios. Un tirón más en mi entrepierna.
—¿Temes que meta la pata en quirófano? —me preguntó con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Tranquilo, sé comportarme y trabajar en equipo.
Sus palabras fueron como una bofetada. La pregunta que me había hecho perder el control aquella noche y que me llevó a saltarme mis propias normas me atravesó el cerebro como una maldita bala: «¿Quieres que me porte bien o mal?».
—Carolina…
Ella negó y comenzó a recoger sus cosas con la misma elegancia con la que parecía moverse por el mundo.
—Tengo consulta. Si me disculpas…
Me aparté a un lado en absoluto silencio, y ella caminó hacia la salida.
Me quedé allí, observando cómo se iba y preguntándome cómo podía fingir con tanta facilidad que no habíamos compartido nada. O tal vez no fingía. Tal vez para ella no había significado nada, y yo solo estaba buscando excusas para justificar por qué no conseguía sacarla de mi cabeza.
¿Eso era lo que hacía?, ¿justificarme?, ¿excusarme con que solo eran esas piernas interminables y esa boca exuberante lo que me torturaba por las noches?
Me tranquilicé diciéndome que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que estuve con una mujer antes de ella.
Tal vez por eso me había afectado tanto.
Tal vez por eso, cada noche, mientras me masturbaba con los dientes apretados, su nombre era lo último que murmuraba antes de perder la batalla.
Una tortura hecha mujer. Eso es lo que era.
Y no tenía nada que ver con cómo parecía ser la única mujer en años que me estaba haciendo replantearme todo. No.
Aquello era solo mi cuerpo traicionándome. Eso era.
O eso quise creer.