3 – Contrólate
Consejo número dos para la vida adulta: cuando el río suena, gilipollas lleva.
CAROLINA
El pitido constante del monitor llenaba el quirófano, acompasado y casi reconfortante. Me recordó las noches de guardia durante mi residencia, donde aprendí que la verdadera valía de un profesional se medía bajo presión.
Llevaba ansiosa desde esa misma mañana, momento en el que Manuel me había comentado que acudiría a una cirugía programada a primera hora de la tarde, y yo me había estudiado cada línea del protocolo como si se tratase de un texto sagrado.
El caso me parecía interesante y sabía que me vendría bien mostrar iniciativa desde el primer día. Pese a que Manuel me había dejado claro que mi rol sería únicamente de observadora, eso no evitó que la adrenalina me fluyera por las venas, instándome a intervenir.
Era mi primer día, sí, pero no iba a actuar como una novata.
Lo que no esperaba era que el jefe de sección, un hombre enorme con la piel tostada y mirada intensa, hiciera su aparición justo antes de comenzar, disculpándose por el retraso con voz baja y expresión tensa, y ni siquiera tuviera la educación de presentarse.
Conseguí controlar las manos, sin embargo, cuando Borja planteó un cambio de enfoque respecto al protocolo inicial, no pude quedarme callada.
El silencio que siguió fue breve, pero bastó para que todos los ojos del quirófano se clavasen en mí. Incluidos los del armario empotrado, que me observaba como si le hubiera estropeado la merienda.
No fue una mirada superficial o rápida, al contrario, fue profunda, escrutadora y parecía estar calibrándome.
Algo dentro de mí se removió, aun así, no le di el gusto de apartar primero la vista. No iba a ceder tan fácilmente. «En la selva no solo sobrevive el que tiene más músculo», pensé mientras le mantenía el pulso.
Era evidente que aquel tipo no era cualquier médico. El doctor Santana tenía una presencia tan arrolladora como magnética, trataba con respeto a todas las personas del equipo y, además, era el tipo de profesional que te hacía querer destacar solo para estar a su altura.
O superarlo.
Horas después, salió de la sala con su caminar seguro, y yo me obligué a concentrarme en los asistentes quirúrgicos, que finalizaban la exitosa intervención junto con el anestesista; sin embargo, un detalle continuó rondándome por la mente: una pequeña cicatriz en su mano derecha.
«¿Por qué demonios me he fijado en eso?».
—Doctora Remo, ¿verdad? —me preguntó una de las enfermeras.
—Carolina —la corregí.
—Encantada, soy Lola —me dijo y, con una sonrisa cómplice, me cogió del brazo y me llevó hacia un rincón del quirófano, lejos de oídos curiosos—. He visto cómo te ha mirado Gabriel antes.
Fruncí el ceño, descolocada.
—¿Gabriel?
—El doctor Santana —aclaró y acompañó su discurso de una caída de ojos—. Tiene esa forma de mirar que deja a una mujer atontada, ¿verdad?
Estuve a punto de reírme. ¿De verdad me estaba hablando de eso en medio de un quirófano?
—No creo que…
—Ten cuidado —me interrumpió sin preámbulos—. Es el mejor neurocirujano que tenemos y también el que más éxito tiene entre el personal femenino.
Me quedé en silencio a la espera de que añadiese algo más, pues tenía esa expresión de quien está a punto de soltar una bomba y disfruta alargando el momento.
Cuando vi que no continuaba, decidí sacarla de su error.
—No estoy aquí para eso, Lola.
Ella soltó una risita y me apoyó una mano en el antebrazo.
—Créeme, no serías la única que dice algo así y acaba…
, ya sabes, metida en su despacho. —Hizo una pausa—.
Gabriel tiene mucha mano con el jefazo y, bueno, a veces las cosas se han puesto difíciles para quien no le ha seguido el juego.
Solo quería avisarte de cómo funciona todo por aquí, porque me parece que has despertado su curiosidad.
Su forma de hablar era demasiado íntima como para parecerme del todo inocente. Inspiré hondo para calmar la oleada de indignación y rabia contenida que me subía por la garganta, que había aprendido a domesticar en los últimos años, y me reprimí para no soltar una de las mías.
No era la primera vez que alguien intentaba explicarme cómo «funcionaban las cosas» en un hospital.
—Gracias por el aviso, Lola —me limité a contestar, y ella asintió satisfecha.
Al salir del quirófano, todavía tenía un sabor agridulce en la boca.
¿Qué leches había sido aquello?, ¿una amenaza?, ¿una advertencia?, ¿un burdo intento de sembrar la duda?
¿De verdad alguien creía que ese armario empotrado con exceso de testosterona podía manipularme?
Ni en sus mejores sueños. Me las había visto con lobos más astutos.
Pasaba por delante del despacho de Manuel cuando lo oí llamarme. Me detuve en seco frente a la puerta entreabierta y vi cómo, desde dentro, me hacía un gesto con la mano para que entrara. Que dejase de esquivarme me resultó toda una novedad.
Al pasar, me di cuenta de que no estaba solo. Míster Lo-Siento-Llego-Tarde se encontraba sentado en el sofá lateral, con una pierna cruzada sobre la otra y tamborileando los dedos en su rodilla mientras nos observaba con una expresión entretenida.
¿Cómo podía parecer tan fresco después de horas operando?
—Gabriel Santana, tu jefe directo. Carolina Remo, la nueva incorporación a tu sección —nos presentó Manuel—. Ya le he advertido que aquí se curra. No quiero dramas ni líos.
—No es mi estilo —repliqué con una sonrisa tensa.
Gabriel también me estaba observando con ese aire tranquilo y medido, después se puso en pie y se me acercó. No despegó los ojos de mí en todo el recorrido, y eso me puso de los nervios.
—Encantado —comentó estrechándome la mano.
Su apretón fue firme y duró un par de segundos más de lo habitual.
—Igualmente.
—Bueno —nos interrumpió Manuel, que observó el reloj como si se le escapara la vida en cada golpe de segundero—.
Os dejo. Mi mujer me espera para ir a cenar con sus hermanas, y no quiero que el aquelarre se me eche encima.
Esas brujas dan todavía más miedo si están hambrientas.
—Contuve un bufido, aunque Gabriel, frente a mí, se percató de mi gesto.
No me pasó desapercibida la chispa de diversión en su cara, daba la impresión de que todo aquello era un juego para él—.
Santana, te toca. Y no me la asustes el primer día.
—Si alguien se asusta, será porque no ha mirado bien el protocolo —repliqué sin poderme contener.
—Creo que lo que mi colega quiere decir, Manuel, es que está perfectamente preparada para enfrentarse a cualquier eventualidad —intercedió Santana.
Manuel me dedicó una mirada que parecía decir «cierra el pico, niña» y luego se giró hacia Gabriel.
—No tengo tiempo para esto.
—Disfrute con sus encantadoras cuñadas, jefe —le soltó él con descaro, y tuve que contenerme para no reír.
—No me toques los huevos, Santana.
—Dios me libre —murmuró Gabriel con una sonrisita.
Pues sí, parecía que Lola no mentía al decir que tenían buena relación.
Cuando Manuel salió, el silencio entre nosotros fue tan denso que casi podía haberse cortado con uno de los relucientes escalpelos de quirófano.
Él fue el primero en romperlo.
—Hola.
—Hola —le devolví el saludo.
¿Aquello era absurdo o solo era mi impresión?
—¿Te has instalado ya? —preguntó con un tono que me hizo querer dar un paso atrás.
Me quedé donde estaba, por supuesto.
—Más o menos.
Él sonrió muy brevemente.
—Esto va a ser divertido, Carolina —murmuró paladeando mi nombre—. Por cierto, un placer volver a verte.
¿Qué? ¿Quién demonios decía algo así cuando nos habíamos visto unos minutos antes?
—Cuando antes he intervenido en quirófano, yo…
—Todo está bien —me interrumpió—. Llevabas razón, Borja no debería haber cambiado el enfoque.
—Gracias.
Gabriel se cruzó de brazos y me observó con una expresión que no logré descifrar. Había una sombra en esa sonrisita suya que sugería que sabía algo que yo no y que me hacía estar en guardia.
Con la misma parsimonia, se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la mesa.
—Veamos qué hay para esta semana. —Tecleó con soltura en el ordenador de Manuel—. Aquí estás. —Leyó durante un momento—. Mira, tenemos un tumor de fosa posterior.
Me acerqué y tomé asiento ante su gesto.
—¿Cuándo? —Quise saber.
—El jueves. Nuestra primera cirugía programada será una resección microquirúrgica de meningioma —aclaró—.
La paciente acudió en un principio por episodios recurrentes de cefalea occipital progresiva por mareo y sensación de inestabilidad al caminar que se intensificó en los últimos tres meses.
Tras las pruebas, se vio que el tumor era compatible con…
Me mantuve callada durante el resto de explicación, asintiendo mientras procesaba los datos. Me facilitó la información exacta sin andarse por las ramas, sin embargo, de alguna manera, su actitud seguía crispándome los nervios.
¿Por qué demonios no dejaba de mirarme de esa forma? ¿Y por qué sonreía así?, ¿era su manera de llevarse al huerto al personal?
—¿Alguna duda? —preguntó al acabar.
—Ninguna.
—Estupendo. Si te surge alguna la discutiremos en la reunión de protocolo.
Se inclinó sobre la mesa para agarrar un documento. Cuando giró la cara, y nuestros rostros quedaron demasiado cerca, supe que lo hacía con la clara intención de intimidarme.
Soltó una risita al notar que me aparté, y aquello fue más de lo que pude soportar.
—¿Qué es tan gracioso? —espeté perdiendo la paciencia.
Él no se inmutó, al contrario, siguió hojeando el documento como si nada.
—¿Perdón? —preguntó sin darle mucha importancia a mi tono afilado.
—Tu sonrisa, esa actitud, es irritante.
Dejó el informe sobre la mesa.
—No es mi intención molestarte. Aunque debo admitir que me provoca cierta gracia que estés tan tensa, Remo. ¿Echas de menos la relajación de un buen fin de semana?
Sentí cómo la sangre me bullía en el cuerpo y me subía a las mejillas.
—Estoy perfectamente relajada.
Gabriel soltó una risa grave, dejando entrever que mi comentario le había confirmado vete a saber qué.
—Me alegra escuchar eso, porque vamos a pasar mucho tiempo juntos por aquí y es mejor sentar las bases desde el principio.
—Fantástico —espeté.
—Profesionalidad ante todo, ¿no?
Le sostuve la mirada.
—Por supuesto.
Asintió despacio mientras yo me preguntaba si tirarle el fonendo a la cara entraría dentro de esa categoría.
—¿Nada más que quieras añadir, Carolina?
—Nada, Santana.
Gabriel volvió a reír, esta vez sin demasiado entusiasmo.
—Entendido. —Trasteó en el ordenador—. Pues seamos profesionales y echemos un vistazo al resto de casos de la semana. Quiero ver cómo enfocas tu trabajo antes de dejarte volar …
Me obligué a mantener la compostura mientras continuaba hablando, aunque una parte de mí ya lo sabía: con ese hombre, las cirugías no serían lo más complicado.