Epílogo 2
Consejo final para la vida adulta: no pierdas el tiempo huyendo del amor, él siempre será más listo que tú.
CAROLINA
Si alguien me hubiese dicho un año atrás que iba a cumplir los treinta y uno acompañada de mi familia y de un neurocirujano guapísimo que haría el ridículo en el jardín, mientras un grupo de niños de entre ocho y once años le metían goles sin piedad, lo habría mandado al psiquiatra.
Y no para terapia precisamente, sino para que le buscaran plaza en el ala más acolchada del hospital.
—¡Vamos perdiendo por tu culpa! —le dijo Salva con voz chillona.
—Me da el sol en los ojos —se defendió Gabriel y corrió tras el balón, que se había desviado hacia los árboles del fondo.
Me reí, pues el cielo estaba bastante cubierto de nubes, aunque me contuve cuando miré hacia abajo y me di cuenta de que Beca, mi nueva sobrina, se había quedado dormida en mis brazos. Tenía el chupete medio fuera y el puño enganchado en mi blusa como si fuera un pequeño koala.
—Te queda muy bien —murmuró Diana a mi lado, con una sonrisa ladeada y una copa de vino medio vacía en la mano—. ¿Dónde habrá quedado la mujer que decía que su plan ideal era que no la molestaran mientras se encerraba a estudiar en su cuarto?
La miré con una ceja alzada.
—¿Te la paso y vemos a quién le queda mejor? —la piqué en voz baja.
—No, gracias. Prefiero ser la tía molona. —Buscó con la mirada a Rachel, su mujer, y le lanzó un beso—. Detesto el olor a vómito de bebé y le tengo mucho aprecio a mi bien ajustado ritmo circadiano como para complicarme la vida.
—¿Y si ella te lo pidiera?
Mi hermana se mantuvo en silencio unos segundos y luego me dirigió una mirada de soslayo.
—¿Y si Gabriel te lo pidiese a ti? —contraatacó y le dio un sorbo a su copa sin despegar los ojos de mí.
No supe qué contestar, así que me limité a observar a Beca, a ese minúsculo ser con pestañas larguísimas de color naranja que dormía con la paz de quien aún no sabe que el mundo puede romperse.
—No lo sé —susurré sincera.
Diana no dijo nada más, solo me tendió mi copa y brindamos en silencio.
Una silla se arrastró a mi izquierda, y mi hermana Fabiola se sentó en silencio. Acarició la cabecita de Beca con los nudillos, distraída, y me sonrió.
No fue una sonrisa feliz; parecía más bien agotada.
—¿Qué tal la academia de Policía? —Ladeé un poco el cuerpo hacia ella. Fabiola bajó la mirada y se limitó a encoger los hombros.
—Bien. Mucha teoría, protocolos y ese tipo de cosas.
—¿Y te gusta?
Esa vez tardó un poco más en responder.
—Sí, mucho. Más de lo que pensaba. —Hizo una pausa y luego, en voz más baja, añadió—: Aunque hay cosas… complicadas.
No dije nada, solo la observé. Cuando me di cuenta de que se rascaba con insistencia la parte interna de la muñeca, hasta que una marca rojiza le tiñó la piel, temí por ella.
Su forma de ser siempre había sido su mayor virtud… y también su punto más débil.
—¿Estás bien de verdad? —le pregunté con cautela.
Fabiola apretó los labios y asintió demasiado rápido.
—Sí —susurró—. Ya me adaptaré.
La mueca que me lanzó fue tensa y se levantó enseguida con la excusa de ayudar a mamá a recoger la mesa.
Lo dejé estar. No quería presionarla, aunque me prometí que la buscaría en otro momento, pues si había algo que conocía bien era cómo sonaba la voz de alguien que comienza a ver que su mundo, tal y como lo conoce, empieza a tambalearse.
Un aumento de la algarabía infantil me hizo desviar la vista hacia el jardín. Al parecer, el partido había finalizado y por la forma en la que Gabriel caminaba hacia la terraza, derrotado y con restos de césped en el pelo, supe —para sorpresa de nadie— que el marcador no había terminado a su favor.
Los más pequeños corrieron dentro a lavarse las manos, alentados por mi padre, y Gabriel se acercó a la mesa.
—Me han dado una paliza.
—Lo que no es ninguna novedad —rebatí y lo besé al agacharse para quedar a mi altura.
—Perdón —se excusó mi hermana Emma, que tendió los brazos en dirección a su pequeña—. Me llevo al bollito, que ya viene la tarta.
Lamenté desprenderme de su cuerpecito caliente al instante. La pequeña ni se inmutó, ni siquiera cuando los gritos infantiles invadieron el porche.
Al mirar de nuevo a Gabriel, me dirigía esa sonrisa.
—¿Qué?
—Nada. —Levantó las manos en un gesto inocente que contrastó con su expresión—. Ahora vuelvo.
Lo vi alejarse con pinta de estar tramando algo, ya lo conocía demasiado bien. No tuve tiempo de echarlo de menos antes de que mis sobrinos me hicieron sentarme en la cabecera y, entre gritos y risas, empezaron a rodearme y a hablar a la vez.
Mi madre llegó con la tarta, la colocó en mi extremo de la mesa y toda mi familia empezó a cantar con diferentes grados de desafinamiento.
El primer regalo que recibí fue de Kay. Era una bata blanca con un dibujo en la espalda hecho por él mismo: una cara sonriente con una tirita en la frente y mis iniciales bordadas en el pecho.
—Porque arreglas cerebros —me dijo muy serio.
—Así es —contesté conteniendo la risa.
—No solo los arregla —añadió Gabriel—. Tu tía hace que la gente pueda volver a ser feliz.
Me derretí, literalmente. Sentí que algo se me deshacía por dentro con esa frase.
Y, por si no había tenido suficiente, el siguiente regalo me remató.
Era una tarjeta de Olivia con un dibujo que decía: «Tata Caro, eres la mejor doctora del mundo mundial», con un corazón, una jeringuilla y un unicornio en una camilla.
—Como cuando papá estuvo malito —explicó ella acariciándome la mejilla.
—Me alegra ver que el unicornio también se ha recuperado.
—¡Sí! ¡Le salvaste la vida, como el tito a papá, y luego le diste helado! —Sonrió con el hueco de su primera mella.
Automáticamente miré a Gabriel, que sonreía emocionado.
—Me gusta ese final feliz —le dije mientras la abrazaba.
Por suerte, los siguientes no tuvieron tanta carga emotiva, hasta que le llegó el turno a mi madre.
Me tendió una caja de madera y la miré con el ceño fruncido. Dentro había una pulsera muy elegante y discreta de oro y una fotografía enmarcada de mí a los seis años, vestida de enfermera, con un fonendoscopio de juguete al cuello y una sonrisa radiante.
—Siempre supimos que ibas a curar el mundo —explicó emocionada.
Mi padre se aclaró la garganta, y a mí me tembló la barbilla.
—Estamos muy orgullosos de ti.
Apreté los labios, aunque eso no evitó que me cayese una lágrima por la mejilla que él limpió cuando se acercó a besarme.
—Por si alguna vez conseguís cogeros un fin de semana completo —explicó mi abuelo, cortando el momento emotivo y tendiéndome un vale para una escapada rural con spa para dos.
—Gracias —murmuré divertida—. Quizá para la jubilación…
Después de eso llegaron las excentricidades habituales: una camiseta que decía «Tengo un bisturí y sé cómo usarlo» —cortesía de Diana— más un boli con forma de jeringuilla. Y, de parte de mi hermano Guille, una taza con una foto mía con cara de asco y sacando el dedo corazón.
—Muy sutil. —Me eché a reír—. La llevaré al hospital para espantar a los pacientes preguntones.
Creía que ya lo había abierto todo. De hecho, daba por sentado que el regalo de Gabriel había sido ese café improvisado en la cama esa mañana, el masaje relajante…
y lo que vino después. Me había parecido el plan perfecto, la verdad.
Pero entonces él se levantó con cara de circunstancias y se acercó a mí.
—Me toca —anunció.
Al ver su gesto solemne, todos guardaron silencio. Incluso Brunito, que estaba a punto de trepar a una de las sillas, se quedó con la pierna en el aire como si fuera un pajarito congelado en medio de un glaciar.
Miré confundida a mi chico, y él me guiñó un ojo.
—Antes de darte mi regalo, quiero decirte algo delante de todos. —Su nuez subió y bajó al tragar saliva, y a mí se me puso el corazón en la garganta.
—Ay… —suspiró mi hermana Emma, observándonos emocionada.
—Carolina, quiero darte las gracias por aparecer en mi vida aquella noche que no recuerdas.
—Hubo risas, incluida la mía—. Porque desde entonces me has cambiado y, lo más importante, no he vuelto a sentirme solo.
—Miró a nuestro alrededor, y yo tuve que obligar a mis manos a dejar de temblar—.
Y, aunque nuestros comienzos no han sido fáciles, porque, como me dijo un hombre sabio, eres la mujer más obstinada y cabezota con la que podría haberme cruzado, también sé que ya no puedo vivir sin ti, sin tu sonrisa y tu lengua afilada.
—Se le ha ido la cabeza —murmuró Guille.
—Qué bonito… —susurró Alana.
—Y romántico… —secundó mi tía Alicia secándose las lágrimas, aunque no les presté demasiada atención, pues no podía apartar la vista de Gabriel por más de un segundo.
Lo único en lo que podía concentrarme era en él, a mi lado, mientras me observaba con esa expresión concentrada que ponía en quirófano antes de intervenir a un paciente. Solo cuando metió la mano en el bolsillo, y cruzó una mirada con mi padre, algo dentro de mí se encendió.
No hizo falta que dijera nada más. Su sonrisa nerviosa y la forma en la que mi progenitor asintió una sola vez me estrujaron el pecho.
—Gabriel —atiné a decir con los ojos muy abiertos.
—Sé todo lo que está pasando por tu mente…
Soy consciente de que llevamos poco tiempo, de que esto no es una velada romántica ni privada y de que es posible que se me haya ido la cabeza.
Pero quiero vivir esta locura contigo, todos los días y para siempre.
Y quiero hacer esto delante de la increíble familia que me has regalado —explicó mientras se arrodillaba y abría una pequeña caja azul.
Dentro había un anillo sencillo, elegante y muy yo, que brillaba casi tanto como sus ojos—.
Carolina Remo Delgado, ¿quieres hacerme el honor de casarte conmigo?
No dije nada en un primer momento, no porque dudara, sino porque no podía.
Y, entonces, ocurrió: la primera gota de lluvia, a la que se le unieron más y más. Aquello fue una señal, una sincronización perfecta y la indicación de que él era mi camino correcto.
Lo miré y lo tuve claro. Supe que era él, el de las mañanas caóticas y llenas de risas, las miradas que ahuyentaban mis miedos y las sonrisas que se habían colado en mi vida sin pedir permiso, para recolocarlo todo con la misma eficacia con la que sus manos reparaban vidas.
Lo vi todo. Nos visualicé envejeciendo juntos, a mí quejándome de la ciática, y a él buscando las gafas que llevaba en la cabeza. Lo vi conmigo. Siempre. Y la respuesta estuvo clara:
—Sí —sollocé—. Claro que quiero, doctor Santana.
Me lancé a sus brazos y me perdí en su boca, y aquel beso fue como llegar a casa después de muchos años estando perdida.
Hubo aplausos, risas y también vítores.
Y mientras el cielo seguía tronando sobre nosotros, como un buen augurio —según las creencias medio mágicas de Costa Serena—, supe que, aunque la vida no venía con instrucciones, yo acababa de escribir las mías: un manual de primeros auxilios para corazones testarudos.
Gracias por leer esta novela.