No quiero que sea perfecto, quiero algo que recordar
L os últimos días del año se han deslizado entre comidas interminables y playlists navideñas —algunas más soportables que otras—.
Andrea y Pablo siguen inmersos en su particular comedia romántica navideña, con paseos de la mano, risas compartidas y conversaciones íntimas bajo mantas de cuadros.
Clara, por su parte, se ha propuesto dejarse llevar esta vez.
Max y ella se han visto un par de veces a solas, pero no han corrido.
No hay rastro de urgencia ni de máscaras, solo ganas de conocerse de verdad, de probar qué hay más allá del deseo.
Las risas del grupo han vuelto a resonar varias veces en La Zurda.
Entre cervezas, vino, anécdotas y reproches cómplices, la pandilla al completo —Andrea, Pablo, Clara, Max, Leo y Marina— se ha convertido en una pequeña burbuja.
Se meten unos con otros, se abrazan más de la cuenta, se cuidan sin decirlo.
Y, sin apenas darse cuenta, llega el último día del año.
El plan es sencillo: cena en casa de Andrea y Clara, fiestón en La Zurda y recibir el nuevo año con la mejor de sus resacas.
Esa tarde, las anfitrionas están en la cocina, preparando la cena.
Por esta vez, sin música, ya que Andrea ha accedido a quitar el disco Everyday is Christmas , de Sia, que lleva sonando en bucle toda la semana —el único álbum navideño que Clara tolera sin tirarlo por la terraza, según sus propias palabras—, con tal de conservar a su novio y amigos.
Cocinan entre charlas sueltas, movimientos sincronizados y cuchillos que golpean las tablas de cortar con ritmo. La conversación se instala con la naturalidad de siempre, y Clara es la primera en romper el hilo invisible:
—Tía, ¿tú creías que ibas a sobrevivir a este año cuando te mudaste aquí?
Andrea se ríe, sin levantar la vista del cuchillo.
—Cuando me mudé aquí, me bastaba con sobrevivir al día siguiente.
Su amiga suelta una carcajada suave, pero enseguida se pone algo más seria. Se apoya contra la encimera, con la espátula en la mano.
—Es que… ¿tú eres consciente de todo por lo que hemos pasado, mano a mano?
Andrea deja el cuchillo, se gira, apoya las manos en la encimera y la mira.
—Está claro que no habríamos llegado hasta aquí sin vino —dice, medio en broma, pero luego baja la voz—. Bueno… y yo no lo habría conseguido sin ti.
Clara se queda quieta un segundo, luego suelta los platos que estaba cogiendo y corre hacia su amiga. Se funden en un abrazo apretado, de esos que curan.
—Pero no te pongas intensa, que la liamos —susurra cuando ella misma ya se está emocionando de más.
Andrea asiente y le da un beso en la mejilla. Después se separa y ambas se disponen a fingir que no ha pasado nada.
Un rato más tarde, con todo listo y a la espera de los invitados, terminan de arreglarse.
Las dos están radiantes, cada una a su manera.
Andrea, fiel a su estilo relajado pero con un punto atrevido, lleva un vestido midi satinado en color vino, ceñido pero con caída suave, y labios rojos.
Clara, en cambio, ha optado por un mono negro de espalda descubierta y pantalón de pata ancha, combinado con unos pendientes de aro gigantes y eyeliner afilado como una navaja.
Están listas para despedir el año como las divas que son.
De pronto, llaman a la puerta. Andrea se asoma al pasillo, descalza, y sonríe, porque está claro que es Pablo, puesto que nadie más es tan metódico como para llegar antes de la hora acordada. Corre a abrir.
—Jo —susurra él, mirándola como si el tiempo se hubiera parado—, estás súper guapa.
Su novia le sonríe como si acabara de llegar su regalo de Reyes adelantado y se lanza a besarlo mientras lo abraza por el cuello.
Pablo entra con su outfit de «no me lo he currado, pero estoy buenísimo igual»: camisa blanca de lino, un poco arrugada porque se ha negado a plancharla —ya que, según su propio criterio, «el lino va así»—.
La combina con unos pantalones oscuros ajustados y zapatillas blancas.
Huele a colonia glamurosa y a cariño sincero.
Salen los tres juntos a la terraza a tomar algo mientras esperan. Ellas, con su copa de vino; él, con una cerveza fresquita. Hablan del frío, de la ropa interior roja, de la absurda superstición de las uvas, de lo que esperan para el año nuevo.
La siguiente en llegar es Marina, con su energía de estrella del pop internacional y su cervecita artesanal. Lleva un vestido corto de lentejuelas rosas y una chaqueta oversize de cuero, el pelo suelto, con ondas suaves y labios rosa neón. Entra dando un beso en el aire y saludando a lo grande.
—¿Ya estáis bebiendo sin mí? Eso es de mala educación y trae mala suerte.
Andrea se ríe y le hace hueco.
—Tú siempre llegas en el momento justo.
Unos minutos más tarde, suena de nuevo el timbre.
Esta vez entran juntos Leo y Max. El primero, en su línea: ha llevado su propio código de vestimenta al siguiente nivel.
Camisa de seda estampada, pantalones mostaza y zapatos burdeos.
Parece salido de una película indie y le queda todo increíble, por supuesto.
El segundo ha optado por un look más sobrio, pero igual de efectivo: camisa negra remangada, pantalón gris oscuro y botas de piel desgastadas.
No necesita más. Y Clara tampoco; en cuanto lo ve, algo le vibra dentro.
Se saludan todos con cariño exagerado. Max y Clara no se abrazan ni se besan, pero el cruce de miradas entre ellos es suficiente, con esa complicidad silenciosa que empieza a florecer, sin prisas pero con fuerza.
Y ahora sí, todos están listos para empezar la última noche del año.
La cena transcurre con esa mezcla de caos y calidez que solo el grupo es capaz de generar. La mesa está repleta de platos caseros, botellas a medio vaciar, servilletas arrugadas y velas encendidas que parpadean como si se unieran a las risas.
Leo se ha autoproclamado catador oficial de cerveza y narra cada sorbo como si estuviera en un documental de la BBC.
Marina graba vídeos en vertical comentando que es «la mejor cena de Nochevieja del mundo» cada treinta segundos, mientras Clara intenta que nadie se acerque demasiado a la vajilla bonita que le regaló su madre.
Andrea y Pablo se lanzan miradas que no saben esconder, y Max, desde su sitio, observa la escena con media sonrisa y los ojos tranquilos.
El momento de las uvas llega como debe ser: desorganizado, a destiempo y lleno de carcajadas.
—¡¿Ya han empezado?! —grita Marina con una uva entera en la boca.
—¡Tía, vamos por la cuarta! —se queja Leo, atragantándose.
—¿Quién ha contado campanadas dobles? —pregunta Pablo, tragando antes de tiempo.
Clara se ríe mientras intenta seguir el ritmo con la dignidad intacta. Andrea, entre lágrimas de risa, acaba tirando las dos últimas uvas al suelo y brindando sin terminar.
Cuando suenan las últimas campanadas —o lo que creen que son las últimas—, todos gritan un «¡Feliz año!» desacompasado, brindan y se abrazan entre gritos, saltos y besos.
Un poco más tarde, en La Zurda, el bar ya está a tope cuando llegan.
Pero, en cuanto el grupo entra, el ambiente sube un peldaño más.
Llevan la fiesta en la piel y no tratan de esconderlo.
La energía de ese lugar —con maderas oscuras, luces cálidas, música alta y buena vibra flotando— se mezcla con la euforia de los seis.
Se reparten por el local. A veces están todos juntos, chillando el estribillo de alguna canción. Otras, se dispersan. Todo es una explosión de música, voces y cuerpos felices. Cada uno es protagonista de su propia escena y, sin embargo, todos son parte de la misma película.
Y, de pronto, ocurre.
Clara se queda quieta en medio de la pista, observando.
Mira a Leo improvisando un monólogo exagerado a un desconocido que ya lo adora.
A Marina dándolo todo subida a un altavoz enorme.
A Max, en la barra, inmerso en una discusión con el camarero que termina en un choque de manos, entre risas.
A Andrea riéndose a carcajadas mientras Pablo intenta perrear hasta el suelo sin romperse la cadera.
Sonríe, porque ese instante es perfecto, porque está donde quiere estar y con quien quiere estar, porque ha sido un año difícil, sí, pero no cambiaría ni medio drama, porque eso la ha hecho llegar hasta este punto.
Y entonces suenan las primeras notas: La Toscana . De Veintiuno. La canción. Su canción.
No hace falta que se digan nada. En cuanto empieza la base, se buscan, como si alguien hubiera pulsado un botón secreto en el corazón de cada uno.
Se encuentran en medio de la pista y se abrazan en círculo, cantando la canción como si les fuera la vida en ello, como si gritaran «gracias» a pleno pulmón.
Saltan, bailan, se empujan con cariño, se ríen. La coordinación se pierde por completo, pero da igual. La energía, las voces, el alma del grupo están en sincronía.
Y, cuando llega el último estribillo —ese que todos sienten suyo—, Andrea y Clara se abrazan en medio del círculo, cantándose la una a la otra, como si estuvieran diciéndose: «Eres lo más importante en mi universo, bombón».
El resto las rodea sin dejar de darlo todo.
Y, al final, el grupo entero queda fundido en un abrazo ridículo, eufórico, perfectamente imperfecto.
Porque saben que esto… esto es amor.
Por la amistad.
Por la vida.
Por los momentos que hacen que merezca la pena seguir respirando cada día.