Epílogo Te quiero, bombón
L a terraza no es la de siempre. No es la de aquel piso compartido con vistas al caos del centro que tantas risas, llantos y broncas compartió con Andrea y Clara. Esta es otra. Más grande, más tranquila, más adulta, quizá.
Andrea está sentada en el sofá, con la mirada perdida en el horizonte.
No piensa en nada concreto, solo observa cómo el atardecer va tiñendo el cielo de naranja.
Tiene los pies descalzos, las piernas cruzadas y el rostro en calma.
Parece una postal de esas que son capaces de transmitir paz sin pretenderlo.
En ese momento, Clara aparece por detrás con dos copas de vino, tendiéndole una a su amiga, que la coge sin despegar los ojos del cielo, y un paquete bajo el brazo.
—¿Tú te das cuenta de que todos los pisos en los que has vivido tienen una terraza monísima con vistas increíbles incorporadas?
Clara da un sorbo a su copa, se deja caer en el sofá y, apoyando los pies descalzos sobre la mesita de centro, responde sin darse importancia:
—Parece mentira que a estas alturas aún no te hayas dado cuenta de que es un requisito indispensable.
Además, cuando tu marido es fotógrafo te ahorras tener que convencerle.
Es más, casi me suplicó quedárnoslo. Solo de pensar en las fotazas que podría hacer aquí casi se cortocircuita. Yo no tuve que hacer nada, en realidad.
Un silencio cómodo se instala entre ellas, hasta que Andrea baja la vista y ve el paquete.
—¿Y esto?
—Ni idea. —Se encoge de hombros—. Me lo ha dado Max antes de irse, pero me ha pedido que lo abriera contigo.
—¿Y por qué no lo hemos abierto todavía? —responde, con el brillo instalado en los ojos.
Su amiga se ríe.
—Pasan los años y sigues siendo la misma niña que me encontré intentando descifrar cómo ponerse aquellos patines.
Andrea ríe también.
—Luego me pregunto por qué mis hijos cuentan el origen de sus nombres con tanto entusiasmo. Aunque el otro día se pelearon porque Pau dijo que su nombre es el más importante porque viene de nuestra canción, y Martín le decía que no, que lo único relevante es que él es el mayor y punto.
Clara suelta una carcajada.
—Hay que reconocer que Pablo y tú estuvisteis brillantes al llamarlos Martín y Paula. ¿Demasiado romántico? Sin duda. Pero es 100 % vuestro estilo.
—Brindo por lo demasiado romántico —contesta, fingiendo seriedad mientras alza su copa.
Tras brindar, Clara deja su copa sobre la mesa y se dispone a abrir el regalo.
Dentro encuentra un marco sencillo de madera con dos fotos.
Ellas son las protagonistas de ambas, riéndose a carcajadas mientras se miran, sin posar, sin ni siquiera ser conscientes de que la cámara les está concediendo un momento solo suyo.
No es una recreación, pero las dos fotos tienen una energía parecida, la misma esencia.
En la imagen de arriba, se las ve más jóvenes, con la piel más tersa, los ojos más abiertos y las ojeras mejor disimuladas. En la de abajo, en cambio, son las mismas, pero ya no tanto. Han pasado años. Muchos. Y, sin embargo, ese brillo —el que asoma cuando están juntas— sigue ahí.
Se quedan en silencio. Clara acaricia el borde de la foto más antigua con los dedos.
—Madre mía —susurra.
—Tía… vaya reliquia. ¿Cuántos años hará de esta foto?
—Esto fue en la Nochevieja de hace diez años.
Andrea arquea las cejas, impactada.
—¿Pero te acuerdas de ese momento?
—¡Qué va! Pero la foto está sacada en el piso donde vivimos juntas cuando te divorciaste de Raúl. ¿No te acuerdas de ese sofá? —Señala el fondo de la imagen—. Ese outfit es de fiestón de fin de año, seguro. Y solo pasamos unas navidades en aquel apartamento.
Andrea resopla, llevándose la mano a la frente.
—Éramos unas babys , ¿eh?
Clara la mira, orgullosa.
—Pero hemos envejecido como el buen vino, ¿no?
Su amiga asiente con gesto solemne.
—¡Sin duda!
Chocan las copas una vez más y vuelven a mirar las fotos. Hay algo reverente en ese silencio.
—A veces me pregunto cómo voy a explicarles a Martín y a Pau los personajes que éramos entonces sin traumatizarlos —dice Andrea.
—Esa es una de las razones por las que Max y yo hemos decidido no tener hijos —comenta su amiga entre risas, provocando la carcajada suave de su compañera de terraza.
—Está claro que es un detalle que Pablo y yo no tuvimos en cuenta.
—Bueno, piensa que podría ser peor. Podrías ser Leo y tener que explicar por qué sigues creyendo en el amor, aunque tus citas cada día sean más surrealistas.
—El otro día me contó que el compañero de piso de Marina en Berlín intentó ligar con él nada más llegar, que no entendió nada, pero por la cara del chico estaba claro que el drama estaba servido.
Y encima Marina se enfadó y le soltó que, para una semana que iba a estar de visita, no quería que le estropeara la calma zen del apartamento.
Clara se tapa la boca con la mano mientras se ríe.
—Ay, Leo… no cambia.
—Ni cambiará.
Entonces, Clara se queda mirando el horizonte al tiempo que su expresión se vuelve más suave.
—¿Pablo y tú alguna vez habláis de Aitor? ¿Qué habrá sido de él?
—Que yo recuerde, Pablo solo me lo ha mencionado una vez: el día que nos casamos. Le dio un poco de bajón porque siempre pensó que sería su padrino de boda.
Clara asiente, con una sombra de nostalgia.
—Yo a veces me acuerdo de él. Me da pena que lo nuestro acabara así. Creo que nuestra amistad no se merecía ese final.
Andrea le pasa el brazo por los hombros, sin decir nada durante unos segundos. Finalmente, añade:
—Pero bueno, supongo que no podemos obligar a nadie a quedarse.
—Hum.
Permanecen calladas, no incómodas, solo en silencio, respirando el atardecer, el momento, los años que han pasado. Entonces, Clara vuelve a hablar.
—¿Tú crees que dentro de otros diez años seguiremos haciendo esto? Ya sabes, terraza, vino…
Andrea la mira sonriente.
—Yo solo aspiro a morirme así, en una terraza, con una copita de buen vino entre mis manos y contigo a mi lado. Cuando estemos viejitas y arrugadas, por supuesto.
Su amiga se ríe y asiente.
—Pues me parece un planazo.
Apoya la cabeza en el hombro de Andrea, que le acaricia el brazo suavemente, como tantas otras veces, como si el tiempo no hubiera pasado.
Entonces, Clara susurra:
—Te quiero, bombón.
Andrea no responde con palabras, se limita a darle un beso en la frente y a abrazarla más fuerte.
Y esta vez, las dos saben que no es necesario seguir hablando. Porque todo lo importante ya está dicho y solo les queda sentarse a esperar la siguiente aventura que les proponga la vida.
Pero eso sí: con vino, bonitas vistas y amigas que no juzgan, solo acompañan.