Los que queremos estar #2
Casi a la hora de comer, todos caminan de regreso a la casa de Sabela y Luis.
Andrea y Pablo van de la mano, un poco más atrás.
Clara también se ha retrasado unos pasos.
A lo lejos, apoyado en una moto aparcada justo frente al número 12, hay alguien que no debería estar ahí…
O quizá sí. Es una silueta masculina, familiar. Demasiado familiar.
—¿Ese es…? —susurra Clara, frunciendo el ceño.
Pero se detiene en seco cuando escucha tras ella risitas contenidas. Se gira lentamente y ve cómo Andrea se tapa la boca con la mano para intentar no reírse, mientras Pablo, que la observa como si no supiera nada, se encoge de hombros y dice:
—Parece que Papá Noel te ha traído un regalo.
—Os mato —los fulmina con la mirada—. Os juro que de esta no salís con vida.
La pareja le devuelve una carita adorable, como si acabaran de hacer la trastada del siglo, pero con amor.
Clara contiene la sonrisa, pero se le escapa en el último momento y, con un suspiro resignado, se gira de nuevo hacia la silueta que la espera, dando zancadas que la hacen andar más rápido que el resto del grupo.
Los demás permanecen en silencio, observando sin entender muy bien qué está ocurriendo, hasta que Maribel se acerca a Andrea y le pregunta disimuladamente:
—¿Quién es?
—El chico del que tu hija se está enamorando. Aunque lo niegue.
—¡Clara! —grita Beatriz desde atrás—. ¡Qué calladito te lo tenías! ¡Espero que no nos defraudes y le comas la boca aquí mismo!
Ella gira la cabeza en seco, con mirada asesina.
El resto estalla en carcajadas. Incluso Max, desde su sitio, se ríe bajito.
Cuando ella lo escucha, vuelve a mirarlo, al tiempo que termina de recorrer los pocos metros que los separan.
Cuando llega a su altura, él no se mueve.
Sigue apoyado con una pierna sobre la moto, como si no supiera qué hacer con el cuerpo. De pronto, señala hacia el grupo:
—¿Y esta?
—Es Beatriz, la hermana de Pablo. No le hagas caso.
—¿Por qué no?
Clara niega con la cabeza, divertida, pero intenta mantenerse firme.
—¿Qué haces aquí?
Max se incorpora un poco y, por fin, clava los ojos en ella.
—Es que… mi moto hace un ruido raro. Y quería saber si por aquí había algún taller que pudiera mirármelo.
—Qué casualidad, ¿no? —alza una ceja—. Que justo pase eso cuando estás aparcado delante de casa de los padres de Andrea.
—Perdona, pero paso por aquí todos los días para ir a trabajar.
Ella ya no disimula la sonrisa.
—Max, en serio…
Él baja la mirada un segundo. Después, vuelve a levantarla con una expresión distinta, más serena y pura.
—Hoy quería ser yo el valiente —reconoce.
Ella no responde, pero siente que se le aflojan los hombros sin querer.
—Desde que hablamos —continúa él— he pensado en todas las posibilidades que existen entre nosotros. Y he llegado a la conclusión de que lo que más me conviene es alejarme de ti, porque tengo miedo de que vuelvas a herirme.
Clara aguanta la respiración. No está lista para escuchar eso. Dijo que lo asumiría si él tomaba esa decisión, pero en el fondo siempre ha sabido que no estaba preparada para ello.
—Pero el problema es que no puedo hacerlo sin más —añade él—.
No me sale. Así que he venido para decirte que no quiero seguir como hasta ahora.
No quiero fingir que no me importas —respira hondo sin dejar de mirarla—.
No he venido a decirte que te amo con locura, ni que vamos a ser felices para siempre.
No. He venido a decirte que quiero conocerte de verdad, con calma.
Quiero saber si podemos construir algo sólido, sincero, que no se resuma en un ataque de atracción sexual.
Y si no puede ser, si lo intentamos y no funciona, no pasa nada.
Pero quiero saberlo con certeza antes de renunciar a esto, a ti —traga saliva—. ¿Qué me dices?
Clara lo mira un instante y, como si algo dentro de ella se aflojara de golpe, extiende la mano, lo que provoca que Max la mire confundido.
—Me parece un buen acuerdo —concluye ella, seria, pero con una sonrisa apenas dibujada en los labios.
Él sonríe por fin. Le estrecha la mano y, en lugar de soltarla tras unos segundos, la atrae suavemente hacia su cuerpo. Clara no se resiste y se deja abrazar con la cabeza contra su pecho, como si pudiera quedarse a vivir ahí para siempre.
En la distancia, los demás celebran como si los protagonistas fueran ellos. Beatriz lanza un silbidito. Maribel sonríe, orgullosa. Sabela aplaude bajito mientras su marido observa la escena, encantado. Andrea y Pablo se miran con los ojos brillantes.
—Están todos locos, ¿no? —susurra Max, viéndolos darlo todo a lo lejos.
Clara suelta una carcajada, todavía en su abrazo.
—Pero no más que nosotros dos.
Un rato después, y tras las presentaciones pertinentes, todos se sientan a la mesa.
Comen, brindan, se pisan las frases con anécdotas, se ríen a carcajadas.
Max y Clara no se sientan juntos, pero se buscan con la mirada y, entre plato y plato, se sonríen como si solo ellos entendieran el idioma que están pensando.
No se han prometido nada, solo han decidido saltar juntos y, ahora mismo, saben que eso es lo único que importa.