Los que queremos estar
E s media tarde. La casa huele a canela, a horno encendido y a calma. Andrea y Pablo están en el sofá, acurrucados bajo una manta, con la televisión encendida de fondo sin que ninguno le preste demasiada atención. Se buscan sin decir mucho, como si con solo tenerse cerca fuera suficiente.
De pronto, Luis y Sabela aparecen en el salón. Ella lleva una cajita entre las manos y ambos tienen esa expresión de quien esconde un secreto, pero aún no quiere desvelarlo.
Su hija se incorpora un poco, frunciendo el ceño.
—¿Qué tramáis? —pregunta, sin disimular su sospecha.
Mira a Pablo, que también se ha quedado algo desconcertado. Luis, con su serenidad habitual, pregunta:
—¿Tenéis un segundo?
Andrea entrecierra los ojos.
—Me estáis dando miedo.
—Haces bien en sospechar —responde su madre, bromeando.
Luis y Sabela se sientan enfrente y ella le tiende la caja a su hija con gesto suave.
—Queríamos daros esto.
Pablo observa en silencio a Andrea tomando el regalo con cuidado, mirándolo como si fuera frágil incluso antes de saber su contenido.
Luego abre la tapa lentamente y, al ver lo que guarda, se queda completamente quieta, conmovida.
Dentro hay una pequeña campanita metálica, pulida y brillante, y un sobre amarillento, doblado con delicadeza.
Los ojos de Andrea se humedecen enseguida.
—¿La campanita especial? —susurra, sin aliento.
Sus padres asienten. Ella baja la vista y niega suavemente con la cabeza.
—Pero no podemos aceptar esto.
Pablo sigue en silencio. Está claro que esa campana es mucho más que un objeto decorativo, pero no quiere interrumpir.
Luis toma la palabra y, con su voz tranquila y honda, se dirige a él:
—La encontramos en un mercadillo de segunda mano cuando nos mudamos juntos por primera vez.
Fue nuestra primera compra de hogar. Nada más entrar a casa, Sabela la cogió y empezó a hacerla sonar.
Le pregunté qué hacía y me dijo: «Estoy grabando este momento en mi memoria, para que nunca se me olvide».
Hace una pausa mientras su mujer sonríe, con una ternura que llena la sala.
—Desde entonces, cada vez que pasaba algo bueno, la hacíamos sonar —continúa—. Por un cumpleaños, por una buena noticia, por una cena sin sobresaltos… Era nuestra forma de recordarnos que hasta lo pequeño merece ser celebrado.
—Y estos días —añade Sabela—, al veros juntos, hemos sentido que estáis construyendo algo igual de especial.
—Coge a su hija de la mano—. Nos gustaría que os la quedarais para que la hagáis sonar cuando la vida os regale uno de esos momentos que merecen ser festejados.
Y para que, cuando lo hagáis, nos tengáis un poquito presentes.
Andrea los mira con los ojos vidriosos, pero sonriendo como una niña. Pablo la observa un instante y luego se fija en la campanita. Duda apenas un segundo antes de tomarla con cuidado y hacerla sonar un par de veces, suave, clara.
—Supongo que este es uno de esos momentos —dice.
Su novia suelta una risita entre lágrimas y le da un beso en la mejilla al tiempo que Luis y Sabela los miran, radiantes.
Cuando la emoción se disipa un poco, Andrea repara en el sobre.
—¿Y esto? —pregunta, tomándolo con delicadeza.
—Es una carta que le di a tu padre —responde Sabela— la primera vez que tuvimos una discusión fuerte. No fue fácil, pero al escribirla entendí que el amor, por sí solo, a veces no basta. Que hay que pararse a reflexionar y decidir si todavía quieres seguir caminando de la mano de esa persona.
Luis interviene, bajando un poco la voz.
—Tu madre no lo sabe, pero esa carta me ha acompañado más de una vez. No solo cuando discutíamos, también cuando el problema lo tenía conmigo mismo. Me ayudaba a volver. A mí mismo y a nosotros.
Su hija lo mira conmovida al mismo tiempo que abre el sobre y despliega la carta. Pablo se inclina para leer con ella. El silencio en el salón es total, pero no incómodo. Luis y Sabela se cogen de la mano mientras los observan seguir las palabras en el folio con sus ojos cada vez más vidriosos.
Cuando terminan, Andrea alza la mirada.
—Gracias.
Pablo asiente también, serio y agradecido.
—Es un honor que hayáis querido compartir esto conmigo. De verdad.
Luis lo mira como un padre que reconoce algo importante en el hombre que tiene delante.
—El verdadero honor es que ames a nuestra hija como lo haces, Pablo. Como si fuera lo más valioso que la vida ha puesto en tu camino. Ojalá nunca dejéis de veros como lo hacéis ahora.
Andrea se inclina para abrazar a sus padres y Pablo se une al gesto sin dudar.
Sabela los abraza fuerte, Luis mantiene su contención de siempre, pero sin perder esa sonrisa suave que le ilumina los ojos.
Y en ese instante, todos saben que la vida acaba de regalarles un momento increíble.
Más tarde, cuando las emociones ya se han asentado y se han vestido para lo que les depara la noche, comienzan a llegar los invitados.
Primero aparecen Susana y Beatriz, justo a la hora acordada, demostrando que la obsesión de Pablo con la puntualidad le viene de familia.
Sabela y Luis abren la puerta y ella es la primera en lanzarse, como siempre, a los abrazos.
—¡Pero mirad qué guapas! ¡Bienvenidas!
Beatriz, con su intensidad bien entendida, le corresponde encantada. Susana, más comedida, estrecha la mano de Luis con calidez.
—Gracias por recibirnos. Teníamos muchas ganas de estar aquí.
—La casa es vuestra —responde él, escueto pero sincero.
En ese momento, Andrea y Pablo entran desde el jardín, riendo por algo que solo ellos saben.
—¿Dónde está mi hermana favorita? —exclama Beatriz al ver a Andrea, que se deja abrazar sin poder dejar de reír.
Pablo, con el ceño fruncido, se cruza de brazos:
—Me siento traicionado. A mí nunca me has hablado con tanto cariño.
Su hermana, sin soltar a Andrea, lo atrapa también en el abrazo:
—Tú cállate y déjate querer, pesado.
Él, resignado, se ríe mientras se deja envolver. Al separarse, lanza una mirada rápida a su madre.
—¿Y papá?
Susana niega suavemente con la cabeza, triste. Pablo asiente, algo decepcionado, y se deja acariciar la espalda por su novia, con toda la ternura del mundo. Beatriz respira hondo, con determinación, y dice, girándose hacia Sabela:
—Bueno… estamos los que queremos estar, ¿no? ¡Pues que se note! Me ha dicho Andrea que haces unas galletas legendarias. Vengo dispuesta a hacer el control de calidad.
Las risas vuelven, disipando cualquier asomo de incomodidad.
Todo el grupo se traslada a la cocina, donde van picando entre risas, con bebida y olor a especias flotando en el aire.
Luis, con su delantal de gala puesto, reparte bandejas como si llevara años en un catering.
Sabela y Susana hablan de postres mientras Beatriz intenta sacarle la receta de las galletas como si fuera un secreto de estado.
Tras un poco de charla distendida, suena el timbre nuevamente. Andrea corre a abrir y se encuentra a Clara y Maribel, su madre, en su versión más clásica: discutiendo.
—¡Ay, Clara, hay que ver! Vamos tarde por tu culpa, siempre igual.
—Mamá, por favor, relájate —resopla—. Son solo cinco minutos. No estamos en misa.
Andrea las recibe con una sonrisa desbordante.
—Si no discutís al llegar, no os reconozco.
Su amiga se lanza a abrazarla como si no se hubieran visto desde hace meses. Maribel las observa con la sonrisa suave de quien aprecia un vínculo tan bonito. Andrea se gira hacia ella y saluda, educada:
—Hola, Maribel.
—Cuando te veo me dan ganas de adoptar otra hija, pero solo si sale tan mona como tú, no tan pesada como esta otra —señala a Clara, que niega con la cabeza como si su madre no tuviera remedio.
Andrea se ríe y la abraza también.
Desde dentro de la casa se escucha la voz de Susana:
—¡Estas galletas, Sabela! Si me das dos más, me salto el postre.
Clara abre los ojos de par en par.
—¡Uy, galletas!
Sale disparada mientras Andrea y Maribel se miran, cómplices, y entran abrazadas por la cintura. Dentro, la madre de Clara clava la mirada en Pablo, que, al notar su atención, se acerca para presentarse.
—Maribel, él es Pablo, mi novio —dice Andrea.
—Encantada, Pablo. Soy la madre de Clara.
—Lo siento —responde él con una mueca encantadora.
Las risas estallan al tiempo que Clara, dándose por aludida, le lanza un trapo a la cabeza.
—Que no te engañe, mamá. Este es peor que yo.
—No sé si eso es posible —murmura Maribel, dándole dos besos y guiñándole un ojo.
La cena avanza tranquila, con conversaciones suaves, brindis y momentos espontáneos que hacen que todo el mundo esté cómodo. En la sobremesa, Andrea saca una bolsa de tela de la que empieza a sacar y repartir accesorios navideños ridículos: diademas, gafas, collares de luces.
Primero le coloca una a Pablo.
—Oh, no —comenta Beatriz, entre risas—. Hermanito, pareces un reno deprimido en huelga.
No se da cuenta de que Andrea ya le está colocando algo aún peor. Concretamente, una diadema con muérdagos giratorios. Beatriz se queda pasmada.
—Andrea, con cariño, pero ahora mismo te odio.
—Yo te quiero con espumillón —responde, con un brillo en los ojos que derrite a cualquiera.
Pablo se ríe y le dice a su hermana:
—Eso te pasa por subestimar a una elfa con iniciativa.
Clara, por su parte, escoge con calma unas gafas de estrella brillantes y, con la misma dulzura, le coloca una diadema adorable a su mejor amiga.
—Te quiero, duendecillo de la Navidad.
Andrea sonríe, enternecida, y la abraza fuerte.
Todos se ponen algo, incluso Luis y Susana, que no se libran. Hay bromas, selfis, risas.
En un momento dado, Andrea, con la copa en la mano, toma la palabra:
—Solo quería agradeceros estar aquí. No solo hoy, siempre —se detiene un segundo a mirar a todos, uno por uno—. Feliz Navidad.
—¡Feliz Navidad! —responden los demás al unísono mientras brindan, felices.
Al día siguiente, la mañana transcurre con calma. En la plaza del pueblo, Clara y Maribel se han encontrado con el resto para tomar el tradicional vermut navideño. Han brindado por la vida, por las fiestas y por lo bonito que es reunirse sin prisas.