Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Ya llegó el duendecillo de la Navidad #2
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Ya llegó el duendecillo de la Navidad #2

—Andrea, cariño —la interrumpe Marina con una sonrisa con­descendiente—, sabes que aún faltan dos semanas para Navidad, ¿verdad?

Clara, con la boca llena de patatas y mirada resignada, inter­viene:

—No te esfuerces. Para ella es Navidad desde el uno de diciembre hasta Carnaval.

Las carcajadas se expanden por la mesa, provocando que An­drea ponga cara de ofendida, pero sin tratar de disimular su felici­dad.

—¡Bueno! Si no queréis vuestros regalos, me los quedo yo.

Pablo se endereza rápidamente y le da un beso en la mejilla.

—Yo sí lo quiero, mi amor.

Leo les lanza una servilleta mientras grita:

—¡Dan asco!

Marina le tapa los ojos a Max como si fuera un niño, lo que provoca que él se ría, y Clara finge una arcada. Los enamorados no pueden dejar de reírse de lo idiotas que son sus amigos.

Justo después, Andrea saca una bolsa de tela de debajo de la mesa y se pone un poco más seria.

—Bueno, entonces, si todos estamos de acuerdo, me gustaría da­ros un pequeño detalle a cada uno. Porque os quiero. Y porque to­dos me habéis ayudado de alguna manera a sobrevivir a este año tan intenso.

El grupo se queda en silencio. Sonríen, emocionados, mientras ella va sacando los regalos uno a uno.

Primero le toca a Pablo.

Saca una libreta artesanal de tapas negras y papel reciclado. En la primera página, escrita a mano, puede leerse: «Para que anotes todas las ideas brillantes que no te atreves a decir en voz alta. Y para que, si algún día se te olvida lo valiente que eres, puedas releerlo y recordarlo. Te amo.»

Él la lee. No dice nada al principio, solo sonríe, profundamente conmovido. Luego la cierra despacio, la guarda como si fuera lo más valioso del mundo y le da un beso a Andrea en la frente.

Después es el turno de Clara.

Su amiga le tiende una caja alargada que contiene una copa de vino con la siguiente frase grabada: «La reina del vino… y del mariachi.»

Y una nota donde puede leerse: «Por sobrevivir a cada diciembre con orejas de reno y espumi­llón al cuello.

»Porque estás aprendiendo a quedarte sin correr. Y porque el brindis de este año lo hacemos por todo lo que has soltado para poder em­pezar de verdad.

»Te quiero, bombón.»

Clara se ríe al ver la frase grabada, pero se le humedecen los ojos con el resto. Mira a su amiga y asiente, sin palabras. Brindan con sus copas y Clara la sujeta como si ya fuera parte de su ADN.

El siguiente es Leo.

Andrea saca una tote bag blanca con letras negras que dicen: «DLP: Drama Lover Profesional.»

Dentro hay una pequeña cajita con tres chapas: una con una cámara de cine, otra con una lágrima y otra con una cerveza. Y una nota: «Por ser nuestro payaso emocional, nuestro oráculo dramático, nuestro repartidor de abrazos y albóndigas. Gracias por saber estar siempre.

»P. D.: La de la lágrima es para cuando quieras fingir que lloras en la vida real.

»Te adoro.»

Leo suelta una carcajada, se levanta y le da un abrazo enorme.

—Me la voy a poner hasta para ir al baño.

Después le toca a Marina.

Andrea saca una cajita pequeña. Dentro, un colgante de plata sencillo, con un pequeño avión grabado.

Y en su nota dice: «Para que siempre vuelvas. Porque a veces te vas lejos, pero no dejamos de sentirte cerca. Y porque sabes llegar al corazón sin GPS. Te echo de menos, pero quiero que sigas volando alto.»

Marina se queda mirando el colgante unos segundos antes de abrazar a Andrea, fuerte, sin decir nada.

Y, por último, Max.

Andrea se lo entrega directamente en la mano. Él la mira, algo desconcertado. Abre el paquete para encontrarse un pequeño lla­vero de cuero grabado con la frase: «Sin prisa, pero sin miedo.»

Y una nota: «Por atreverte a regresar, aunque no supieras cómo. Porque, por experiencia, sé que cuesta más de lo que parece. Y porque, aunque aún duela, estoy segura de que cada paso que das dice más que cualquier palabra. Gracias por venir. De verdad.»

Él se queda en silencio. Mira el llavero, luego la nota. Vuelve a mirar el llavero. Sonríe levemente, con esa mezcla de emoción con­tenida y gratitud que no sabe cómo verbalizar. Sus ojos se cruzan con los de Andrea y solo es capaz de decir:

—Gracias.

Y lo dice como si fuera mucho más que eso.

Más tarde, cuando la noche ha caído del todo y Clara ya se ha ido a dormir agotada, pero con el corazón lleno, en la terraza, An­drea y Pablo comparten calor, besos y mimos. La ciudad parpadea a lo lejos y la brisa fresca les enrojece las mejillas.

Ella apoya la cabeza en el hombro de su novio mientras él le acaricia el brazo con la yema de los dedos. El silencio es cómodo, hasta que ella rompe la calma con un suspiro y una sonrisa:

—No sé si te lo he dicho hoy, pero me encanta la Navidad.

Pablo se ríe, suave.

—Andrea, mi amor, tienes que dejar de acabar todas las conver­saciones hablando de la Navidad. Estás muy pesada.

Ella se ríe también, sin ofenderse.

—Lo siento, cariño. Pero yo no tengo la culpa de que seas un rancio al que no le gusta la mejor época del año.

—Lo que no entiendo —sigue, mirándola con ternura— es cómo Clara te aguanta y aún no te ha bloqueado de su vida.

Andrea sonríe, pero su expresión se apaga un poco. Se acomoda mejor contra él y responde, bajito:

—Porque ella sabe el motivo por el que me gusta tanto esta fiesta.

Pablo se da cuenta de que ha tocado una tecla que no sabía que existía y comienza a acariciarle la pierna con cuidado.

—¿Y me lo vas a contar para que deje de estar tan perdido?

Ella asiente y se toma un segundo antes de hablar.

—Clara y yo nos conocimos un 25 de diciembre, cuando tenía­mos nueve años.

Yo me había mudado al pueblo con mis padres a finales de verano y, aunque llevaba en el colegio desde principios de curso, no tenía muchos amigos.

Bueno… ninguno, en realidad. Siempre fui una niña muy tímida y me costaba un poco socializar con otros niños.

Hace una pausa. Pablo la escucha en silencio, atento.

—Esa mañana, Papá Noel me había traído unos patines.

Salí a la calle a jugar, pero no sabía ni cómo ponérmelos.

Estaba ahí sen­tada, frustrada, con los patines en la mano y las lágrimas a punto de caer, cuando ella apareció de la nada.

—Su rostro se ilumina al recordarlo—. Se sentó a mi lado como si nos conociéramos de toda la vida, me ayudó a ponérmelos y me enseñó a patinar.

Luego me confesó que acababa de mudarse con su madre hacía un par de días y que fui la primera niña que se encontró.

Dijo que me vio tan per­dida que no pudo evitar ayudarme.

Pablo niega con la cabeza, sonriendo.

—Desde ese momento supe que había algo en ella que me daba seguridad.

Como si fuera hogar. Y con el tiempo, las dos entendi­mos que fuimos el regalo de Navidad de la otra.

Por eso ahora yo lo celebro por todo lo alto, mientras ella finge que odia esta fiesta, pero deja que le llene la casa de horteradas y que la envuelva en espumillón de colores.

Es nuestro ritual para cerrar el año con buen pie —levanta la cabeza para mirar a su novio, sonriente y tran­quila—. ¿Lo entiendes ahora?

Él la observa con los ojos brillantes y asiente despacio.

—Sí. Y también entiendo otra cosa.

—¿El qué?

—Que, conforme descubro nuevas capas tuyas, me doy cuenta de que cada día te quiero más.

Andrea se muerde el labio, sin poder evitar sonreír. Luego se acerca y le besa la mejilla, larga y dulcemente, mientras él aprieta un poco más su abrazo y ambos sienten que tienen el corazón un poco más lleno y el frío un poco más lejos.