Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Ya llegó el duendecillo de la Navidad
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Ya llegó el duendecillo de la Navidad

E l timbre suena justo cuando Santa’s Coming for Us de Sia arranca con fuerza en el salón.

Andrea abre la puerta con una sonrisa desbordante y el ritmo en los pies.

Lleva un jersey navideño ridículo, lleno de renos y co­pos de nieve.

Sin decir nada, le da un pico a Pablo y se gira para volver a decorar el árbol sin dejar de bailar.

Él se queda en el um­bral, congelado, con el ceño fruncido y la boca entreabierta, como si acabara de entrar en una realidad paralela.

Cuando consigue llegar al salón, se encuentra a Clara tirada en el sofá, con los pies apoyados en la mesita central.

Lleva una dia­dema con orejas de reno, un espumillón dorado al cuello, unas ga­fas de fin de fiesta y una expresión que indica que los complemen­tos han sido colocados sobre ella en contra de su voluntad.

Tiene una copa de vino en la mano, como única herramienta de supervi­vencia emocional.

Pablo se sienta a su lado, aún aturdido, mientras observa a su novia menear las caderas con estilo y colgar bolas en el árbol sin dejar de canturrear al ritmo de la canción.

—¿Qué es esto? —susurra, sin apartar los ojos de la escena. Clara, seria, señala con la copa a Andrea y responde, totalmente resignada:

—Te presento al duendecillo de la Navidad.

Él se apoya en el respaldo del sofá, todavía en shock , y mira a Clara con gravedad.

—Voy a necesitar alcohol, ¿no?

—Sin duda —sentencia.

Le quita la copa y le da un trago mientras ella lo deja hacer.

Al mismo tiempo, pero en otro punto de la ciudad, Leo sale del set de grabación cuando escucha una voz familiar.

—¡Leo!

Se gira para ver a Max caminando hacia él con una carrerita relajada, intentando disimular que no tiene del todo claro cómo acercarse sin parecer que tiene prisa por arreglar las cosas.

—¿Te apetece tomar algo?

Leo lo observa un segundo. No hay sonrisa en él, pero sí una calma extraña.

—Obvio, tío.

Ya en el bar, Max juguetea con su vaso, algo nervioso, mientras Leo lo mira con curiosidad.

—¿Qué tal todo? —pregunta.

—Bueno… podría estar mejor. Pero también podría estar peor.

Leo suelta una risa sorda.

—¿Pablo te está dando clases de filosofía y no me he enterado? Esa frase es digna de Aristóteles.

Max sonríe y la relajación comienza a germinar en el ambiente.

—Quería darte las gracias. Ya sabes… por la sopa y eso.

Leo sonríe, sabiendo perfectamente a qué se refiere.

—La receta me la enseñó mi abuela. Nunca falla. Ya sabes… para la gripe.

Max lo mira un segundo, agradecido de que le siga el rollo y no mencione a Clara.

—En realidad, aún no estoy recuperado del todo, pero en un tiempo lo estaré.

Leo alza su vaso.

—Pues salud, supongo.

—Salud, sí.

Hablan de cine, de tonterías, de nada, aunque ya se han dicho mucho.

A la mañana siguiente, en el piso de las chicas, Pablo empieza a despertarse con la sensación de que alguien lo acaricia. Andrea le besa la cara con suavidad y sus manos recorren su pecho con mimo.

—¿Te apetecen churros con chocolate para desayunar? —le su­surra, tierna.

Él abre un poco los ojos para encontrarse con su sonrisa.

—Me apeteces más tú, pero si esa es la alternativa, no suena mal del todo.

Ella se ríe y trata de levantarse, pero él no la deja. La rodea con los brazos y la atrae hacia su pecho mientras ella finge indignación.

—¡¿Qué haces?!

—¿No puedo tener las dos cosas?

Andrea niega con la cabeza, pero ya está muerta de risa.

—¿Y qué gano yo a cambio? —pregunta, juguetona.

—Esto. —Le besa la mejilla.

Ella pone cara de no estar del todo conforme.

—Y esto. —Le besa el cuello, despacio.

Observa cómo su novia cierra los ojos y gime suavemente, pero ella se despega a tiempo.

—Sigue sin ser suficiente.

—¿Y esto? —le susurra justo antes de besarla en la boca.

Sus labios se encuentran de un modo tan lento y profundo que Andrea ya no puede resistirse y se deja llevar.

Es justo en el preciso momento en el que las manos de Pablo se deslizan por su cintura, se cuelan bajo su camiseta y acarician su espalda con ternura y de­seo.

Andrea le desabrocha el pantalón sin dejar de besarlo.

Él le quita la camiseta con una reverencia invisible, como si desvelara un secreto.

Ella le devuelve la caricia, se inclina sobre él y lo besa en el pecho.

Sus respiraciones se entrecortan cuando el calor crece. Entrela­zan sus dedos mientras sus cuerpos se sincronizan y, cuando ter­minan, se quedan abrazados, sin necesidad de palabras. Única­mente un suspiro compartido.

Tras un rato, la habitación sigue en silencio, salvo por el leve crujido de la calefacción al encenderse.

Permanecen pegados, con las piernas enredadas bajo el edredón.

Aún respiran despacio, entre risas suaves y miradas cómplices.

Pablo le acaricia el muslo con la yema de los dedos, como si no pudiera dejar de tocarla, y Andrea se acurruca un poco más contra su novio.

—Vale, ahora sí que necesito chocolate —dice ella, con voz rela­jada y feliz.

—Yo necesito un médico —responde él, fingiendo agotamiento.

Andrea se ríe a carcajadas mientras se incorpora envuelta en la sábana y busca su ropa por la habitación.

—Arréglate, que te voy a llevar a un sitio mágico.

—¿Tu cama no cuenta como sitio mágico? —pregunta Pablo, con una ceja levantada.

Ella le lanza su camiseta a la cara.

—Tira, que nos quedamos sin churros.

Más tarde, ya en el mercado navideño, caminan al mismo ritmo. Pablo, con un vaso de chocolate caliente en una mano y una servi­lleta con churros en la otra, mira a Andrea con una mezcla de re­signación fingida y amor real.

—Estaba claro que el plan escondía una trampa navideña.

Ella le sonríe con carita de niña buena, la bufanda bien apretada al cuello y los mofletes sonrosados por el frío.

—Solo quería comprar algunos adornos. Pero te prometo que estos churros son legendarios.

Él finge dudar y la mira de reojo mientras muerde un churro.

—Vale, admito que están muy ricos.

Andrea da un pequeño saltito de emoción y le roba un trozo.

—Sabía que te convencería.

El mercado está lleno de luces cálidas, puestos con guirnaldas, bolas de nieve, estrellas de madera, muñecos de Papá Noel y el olor a canela y azúcar flotando en el aire.

Se detienen en varios puestos. Andrea se prueba diademas ridículas, le coloca una a su novio y saca una foto antes de que pueda quitársela.

Él la mira como si qui­siera enfadarse, pero la realidad es que no le sale. No puede. Se le nota en los ojos.

En otro puesto, ella compra una bola de cristal con una casita nevada dentro y se la enseña con emoción. Él la observa como si nunca antes hubiera visto a alguien tan feliz por algo tan pequeño.

—¿De verdad te hace tanta ilusión?

—Es perfecta para el rincón del salón.

—¿La zona cero del espumillón?

—Exactamente —responde, orgullosa.

Cuando terminan el paseo, se sientan en un banco de madera a descansar, acurrucándose el uno contra el otro. Ella aprovecha el momento para sacar el móvil y mandarle un mensaje a Leo:

La respuesta no se hace esperar:

Andrea sonríe y escribe:

Su amigo tarda unos minutos en responder, lo que hace que An­drea mire el móvil de vez en cuando, nerviosa. Finalmente, con­testa:

Ella se ríe y le enseña la conversación a su novio, que lee el men­saje y suelta una carcajada.

—Qué bobo es.

Ella responde, misteriosa:

Leo contesta con un sticker de un gato sudando, con cara de estar nervioso. La pareja se ríe. Acto seguido, juntan sus cabezas y siguen observando el bullicio del mercado.

Esa noche, en La Zurda, Andrea y Pablo son los primeros en llegar, para sorpresa de nadie.

Se sientan en su mesa habitual, la que da justo al ventanal deco­rado con luces rojas y doradas que parpadean como si supieran que algo especial está a punto de suceder. Fuera, la calle brilla con de­coraciones navideñas, pero dentro todo parece más cálido, más ín­timo.

Andrea está nerviosa. No lo dice, pero se le nota. Pablo, que la conoce bien, le coge la mano por debajo de la mesa y le lanza una mirada cómplice.

—Todo va a salir bien —susurra.

—Lo sé —responde, aunque en realidad no lo sabe del todo. Pero le gusta que él lo crea por los dos.

Unos minutos después, la campanita de la puerta suena. Marina y Clara entran casi al mismo tiempo y se quedan mirándose, con una sonrisa enorme.

—¡Pero qué guapa vienes, joder! —grita Marina antes de abra­zarla con fuerza.

—Tú sí que pareces sacada de una revista —contesta Clara, entre risas.

—Lo que tiene una buena luz londinense.

Ambas se acercan a la mesa y saludan a la pareja con la misma energía.

—¡A ver, tortolitos! ¿En qué momento os habéis convertido en una postal de película romántica? —bromea Marina mientras se sienta.

—No exageres —dice Andrea, pero se le escapa una sonrisita tí­mida.

—No lo hago. ¡Si os falta el muérdago colgando del techo!

Poco después, llegan Max y Leo. El primero está más serio de lo habitual, aunque ha hecho el esfuerzo de venir. Sus pasos se no­tan un poco más inseguros al entrar, pero Leo va a su lado, hablán­dole con naturalidad, sin apretar.

Su mirada se cruza con la de Clara, pero ninguno se saluda. Aun así, ambos se notan, porque hay emociones que no se pueden es­conder.

Andrea le coge la mano a su amiga por debajo de la mesa. Clara se la aprieta levemente y le dedica una sonrisa silenciosa, como agradeciendo el gesto.

La conversación general tarda en arrancar.

El ambiente está cargado de una tensión leve, de una niebla fina que aún no se di­sipa.

Pero Andrea y Pablo, con su complicidad, y Marina y Leo, con sus tonterías, logran romper el hielo poco a poco, hasta que todos se relajan.

Incluso Max y Clara. Aunque no se miren directa­mente, hay pequeños gestos.

De pronto, Leo, incapaz de aguantar más, se pone serio y su­plica teatralmente:

—Andrea, por favor, dime ya por qué nos has reunido. Me estoy mordiendo la lengua desde que he entrado.

Ella se aclara la garganta, algo nerviosa y emocionada a partes iguales.

—Vale, vale. A excepción de Clara, estas son nuestras primeras navidades juntos —comienza a decir.