Cuando solo me queda la valentía
D esde que abre los ojos, Clara lo sabe: hoy es el día.
No porque pase algo grandioso ni porque espere que todo se solucione mágicamente. Más bien, se siente como el deportista que se despierta siendo consciente de que ha llegado el momento de jugar una final.
Se prepara con calma. No es un ritual superficial, sino una forma de mentalizarse. Ducha larga, ropa que le sienta bien, un café solo y cero maquillaje. Quiere verse y sentirse como es. Como la mujer que, por fin, va a dejar de esconderse.
Ha quedado con Max en la cafetería donde tantas veces se han cruzado casi sin querer. Pero esta vez no hay excusas ni pasos atrás. Esta vez no hay disfraz.
Llega unos minutos antes. O eso cree. Porque, cuando se asoma por la cristalera, él ya está allí sentado, serio y mirando hacia la puerta.
Respira hondo, intentando mantener la compostura mientras entra.
Aparenta seguridad, como si tuviera estudiado todo lo que viene a decir, pero cuando sus ojos se cruzan con los de él, se le escapa una sonrisa nerviosa y ya no es capaz de sostenerle la mirada.
Se sienta enfrente, traga saliva y dice:
—Ya veo que tú tenías más ganas de hablar que yo. Y eso que, por una vez, iba a ser puntual.
Pero Max no sonríe, no suaviza el gesto.
—Clara, si has venido a quitarle importancia a lo que pasó con tus bromas, lo dejamos aquí.
La frase la atraviesa, pero lo agradece. Sacude la cabeza, como quitándose el polvo emocional de encima, y lo mira directamente a los ojos.
—Tienes razón, perdona. Me he prometido que no lo haría, pero al verte me he puesto nerviosa. —Se acomoda en la silla—. No he venido a eso ni a excusarme con tonterías. Creo que lo que hice no tiene justificación, pero necesitaba hablar contigo para poder explicarme.
Él no dice nada, solo la observa, y ese leve respiro silencioso es suficiente para que ella continúe.
—Verás, me entró el pánico, ¿vale? —habla con las palmas hacia arriba, mostrándose completamente—.
Nunca me he permitido enamorarme de nadie, no sé por qué.
Es como un mecanismo de defensa automático.
Siempre que siento que alguien puede ser más que algo pasajero, me alejo antes de que me vean de verdad.
—Hay un nudo en su garganta que aprieta cada vez más, pero no pierde el foco—.
Y contigo me volvió a pasar. El día que quedamos para hablar, después de todo, acabamos besándonos otra vez.
Pero esta vez fue diferente, como si mi cabeza me gritara que me alejara y mi corazón quisiera quedarse.
Max no le quita la mirada de encima, serio y con la mandíbula apretada. No parece excesivamente tenso, aunque no hay ternura en su mirada.
—Pero tú no te alejaste —continúa Clara—.
Al contrario. No parabas de buscarme, querías hablar, conocerme…
Y yo no fui capaz de decirte que no porque, en el fondo, quería que siguieras.
Pero no supe sostenerlo y me dejé arrastrar por el miedo, por la ansiedad de que tú me vieras vulnerable.
Porque, por alguna razón, eres capaz de romper toda mi defensa sin ningún esfuerzo.
—Nota que la voz se le quiebra un poco, pero la sostiene—. El día del concierto…
Él aparta la mirada. Se nota que sigue doliendo, pero no se marcha. Ella habla bajito, intentando que el recuerdo de lo sucedido duela lo menos posible.
—Quiero que sepas que no era algo planeado. No salí de casa pensando «voy a besarme con otro para quitármelo de encima». Pero, cuando vi que nos habíamos quedado solos y ese chico se me acercó justo cuando venías a hablar conmigo, fue la única salida que encontré para evitar esa conversación.
Pausa. Llega el momento más difícil.
—Y terminé besándome con él. No porque no supiera lo que hacía, sino porque, por un segundo, pensé que, si le comía la boca, mi cabeza se aclararía, que por fin dejaría de pensar en ti, porque me estaba volviendo loca.
Cierra los ojos un segundo. Después los abre y suelta:
—Pero no pasó, Max. Y lo supe en cuanto nuestras bocas se tocaron, porque me di cuenta de que no eran los labios que yo quería besar.
Se hace el silencio. Ella lo observa, sin saber si ha sido suficiente, mientras él la mira, frunciendo el ceño, hasta que, tras unos interminables segundos, comienza a decir:
—Te agradezco que hayas venido aquí a hablar de verdad, que no hayas querido justificarte ni compartir parte de la culpa conmigo. Porque esto fue tuyo.
Ella asiente, callada. Sabe que viene un «pero».
—Sin embargo, esta vez eso no va a ser suficiente.
A mí también me costó asimilar que entre nosotros había algo.
No sé el qué, pero no era solo sexo, era algo más.
Y elegí abrirme porque quería dejarme ver, conocerte más allá de fingir que no pasaba nada mientras nos metíamos en tu cama o en la mía.
—Traga saliva—. Pero la noche del concierto me mataste.
Y jamás comprendí por qué lo hiciste, no parecía tu estilo.
Sabías que estaba ahí, que estaba mirando, y le comiste la boca a ese tío como si yo no importara nada.
Ella no interrumpe. Ni una vez. Sabe que tiene razón.
—Ahora, después de escucharte, empiezo a entender un poco. Y creo que dices la verdad, que te viste superada. Pero quiero que sepas que eso no quita el dolor. Y que, aunque quisiera, ahora mismo no sé si algún día podré confiar en ti sin pensar que te volverás a ir en cuanto algo te asuste.
Clara se muerde el labio. El golpe duele, pero sabe que es lo que hay. Sin pensarlo, le coge la mano despacio, arriesgándose a que él la aparte.
—No he venido aquí buscando tu perdón, Max. Sé que te hice mucho daño y lo asumo, pero quería ser valiente esta vez.
Respira hondo. No tiembla, porque lo que quiere decir a continuación lo tiene claro desde hace varios días.
—Porque creo que me estoy enamorando de ti.
Y, por primera vez en mi vida, no quiero fingir que no siento nada.
Porque, desde el primer día, me di cuenta de que hay algo en ti, eso que muchas veces me saca de quicio, que también me desarma.
—Lo mira, con los ojos llenos de verdad—.
Si ya no quieres saber nada más de mí, lo aceptaré.
Pero necesitaba mostrarte que he aprendido algo de toda esta mierda.
Él no dice nada, aunque no aparta la mano. Se limita a asentir, despacio. Como quien aún no sabe qué hacer con todo lo que acaba de escuchar.
Ella se pone de pie.
—Si algún día consigues perdonarme, ya sabes dónde encontrarme.
Y se va.
Pasa el día fuera, pensando en sus cosas, en Max, en todo lo ocurrido. Pero ya no se castiga; ahora simplemente reflexiona sobre lo que ha aprendido de sí misma, en calma, en silencio.
Ya de noche, cuando vuelve a casa, se encuentra a Andrea sentada en la terraza, con una manta sobre las piernas y una copa de vino en la mano. Sale sin decir nada y se sienta a su lado. Lleva el pelo recogido y el gesto cansado, pero tranquilo.
Su amiga la mira de reojo.
—¿Y?
Tarda unos segundos en responder. Luego, en voz baja, concluye:
—No me ha perdonado todavía, pero me ha escuchado.
Andrea asiente sin mostrarse sorprendida.
—Me ha dicho que no sabe si podrá volver a confiar en mí.
—¿Y tú, qué le has respondido?
—Que no esperaba nada, que solo quería decirle la verdad. Y… que creo que me estoy enamorando de él.
Se hace un silencio que Clara aprovecha para respirar hondo, mirando al cielo.
—No sé si ha servido de algo, pero me siento más ligera.
—A veces no se trata de arreglarlo; solo de no cargar con ello sola.
Clara asiente. Luego la mira.
—Gracias por estar aquí.
Andrea le coge la mano, suave.
—Siempre.