Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Si hemos vuelto, se celebra y punto
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Si hemos vuelto, se celebra y punto

H a pasado una semana desde la conversación de las chicas en la terraza. Andrea ha vuelto a instalarse en su habitación y la cosa entre ellas está bien. Normal. Como si la herida hubiera cicatrizado y, en su lugar, hubiera quedado una marca suave que ya no duele.

En estos días se han reunido un par de tardes con el grupo —todos menos Max, obvio—. Nadie lo menciona, pero su ausencia pesa en el ambiente, principalmente en los ojos de Clara.

Aun así, Leo ha insistido en que una reconciliación hay que ce­lebrarla y, cuando Andrea ha dicho que no hacía falta hacer nada especial, él se ha mostrado tajante:

—¿Entonces ni siquiera vais a brindar? —pone su cara de des­aprobación máxima—. Mira, si no queréis celebrarlo con sexo, lo mínimo es comer y beber. No lo digo yo, lo dice la ciencia.

Ante semejante despliegue de lógica emocional, Andrea y Clara han cedido. Y aquí están, un sábado cualquiera, cómo no, en la te­rraza.

La cosa está animada. Andrea, Clara, Pablo y Leo comparten mesa, risas, platos caseros y una videollamada con Marina, que se asoma desde la pantalla de la tablet como si nunca se hubiera ido.

El ambiente es distendido, cálido, a pesar de que hay algo en el fondo que no termina de fluir del todo, porque todos siguen siendo conscientes de que el grupo no está completo.

Leo, como siempre, es el encargado de romper cualquier ten­sión a base de ocurrencias y estupideces varias. Pablo, sorprenden­temente activo, no se queda atrás. Clara lanza pullas, Andrea se ríe y Marina hace capturas de pantalla cada vez que alguien posa es­pecialmente ridículo.

Hasta que suena el teléfono de Pablo.

—Dime, Bea.

—¿Dónde estás? Estoy con mamá en tu casa. Queremos hablar contigo en persona.

—¿En serio? —exhala, dejando escapar todo el aire de sus pul­mones—. Ya os he dicho que estoy bien. Además, estoy en casa de Andrea. Tenemos comida con el resto del grupo.

Antes de que Beatriz pueda responder, Leo aparece por detrás como un espectro.

—¿Es tu amante? Dile que se venga y que traiga más cerveza.

—Es mi hermana, imbécil —responde, riéndose.

Beatriz, que lo ha oído todo, no se corta:

—¡Eso! Pásame la ubicación y vamos. Así conocemos a esos ami­gos tuyos a los que está claro que quieres más que a tu familia.

Él deja caer los hombros, consciente de que ya ha perdido. Cuelga y le manda la dirección.

Un rato después, llaman a la puerta. Andrea abre y se encuentra con Beatriz y Susana, que sonríen con cierta timidez. Las recibe con su amabilidad habitual, sin ceremonias.

—Hola. Pasad.

Pero no les da tiempo a responder, porque Leo aparece de la nada, coge la bolsa con cervezas y las abraza como si fueran amigas de toda la vida.

—Adelante. Yo soy Leo. Estáis en vuestra casa.

Andrea lo mira, frunciendo el ceño.

—¿Eso no debería decirlo yo?

Su amigo le devuelve una sonrisa inocente y procede a abrirse una cerveza como respuesta a su pregunta. Ella se ríe, resignada. Susana y Beatriz también.

De pronto, Pablo aparece por el pasillo, las saluda con un abrazo breve pero cálido y las acompaña al salón. Andrea vuelve a la te­rraza y cierra la puerta, lo que no servirá de mucho, porque los gritos de Clara y Leo se cuelan sin pedir permiso.

—Pues vosotras diréis —comienza Pablo, sentándose frente a ellas.

Beatriz se adelanta, cogiéndole la mano.

—Queremos asegurarnos de que estás bien, Pablo. De verdad. No pasa nada si no lo estás. No tienes que hacerte el fuerte, herma­nito.

Él las mira. Su hermana se mantiene firme. Su madre, en cam­bio, no consigue sostenerle la mirada. Él se sienta a su lado y la abraza sin decir nada. Luego toma la mano de su hermana también.

—Ya os lo he dicho. Estoy bien. Y vosotras deberíais dejar de rayaros. Papá ya ha tomado su decisión y yo ya no tengo nada más que decirle. Mi puerta está abierta y él lo sabe. Pero si quiere que volvamos a tener relación, va a tener que aprender a respetarme.

Hace una pausa, para después añadir, más suave:

—No queráis ponerle a la historia más drama del que tiene. Ni estoy enfadado, ni triste, ni nada. Tengo a mi lado a gente que me quiere y que cree en mí. Y en serio que no necesito más.

Su madre por fin le mira y le acaricia la mejilla como cuando era niño.

—¿Seguro que estás bien?

Él asiente con una sonrisa más amplia.

—Seguro.

Desde fuera, se escucha a Clara gritar:

—¡Leo, si me vuelves a meter aceitunas en el vino, te juro que te ahogo con el trapo de cocina!

Las carcajadas de Andrea, Marina y el propio Leo se cuelan por la puerta cerrada.

Pablo se ríe sin entender del todo, pero feliz y, mientras las mira fijamente, concluye:

—Y ahora os vais a echar una copa con nosotros. No sé qué están tramando ahí fuera, pero seguro que os hacen llorar de la risa y relajaros un rato.

Cuando salen a la terraza, Leo y Clara las reciben como si fue­ran estrellas de cine.

—¡Por fin llegaron las VIPs ! —grita Leo, alzando su cerveza.

Susana y Beatriz se ríen. Pablo se hace el desentendido y se sienta al lado de Andrea, que le murmura:

—¿Todo bien, guapo?

—Todo bien —responde él antes de besarle la mejilla.

Como era de esperar, Clara y Beatriz conectan enseguida. Tie­nen el mismo tipo de humor: agudo, directo, sin florituras. Susana se acomoda con una copa de vino y escucha las tonterías de Leo y Marina entre sonrisas.

La conversación va y viene, pero el punto en común más fre­cuente es Pablo. Todos le vacilan con cariño y él se defiende como puede, encantado de que sus dos mundos se complementen tan bien.

Hasta que Clara le suelta:

—Si tú hubieras sido mi hermano, me habría mudado con los vecinos.

—Ah, ¿sí? —sonríe con aire de venganza—. No sé si ellos te que­rrían después de ver esto.

Saca el móvil, busca en la galería y, en cuanto le da al play , el ambiente se llena del sonido de una trompeta ruidosa y la voz de Clara intentando entonar «Contigo» vestida de mariachi.

—¡NO! —grita ella, horrorizada.

Beatriz y Susana estallan de la risa, Leo casi se atraganta, Ma­rina se ahoga en la videollamada y Andrea le dice entre risas que lo tiene merecido. Clara, indignada, finge ofensa:

—Cuando me haga famosa voy a contratar a alguien para que os borre a todos de internet. Literalmente. Cada foto. Cada story . Cada rastro.

—¿Y cómo piensas pagarle? —pregunta Leo.

Ella levanta la copa.

—Con mi carisma y con canciones tristes en re menor, obvio.

Las carcajadas no se hacen esperar, convirtiendo la terraza en un pequeño caos de voces, bromas y vasos tintineando.

Y en medio de todo eso, a Clara le vibra el móvil.

Max.

«¿Sigue en pie esa conversación?»

Lo lee dos veces y luego bloquea la pantalla. Se queda quieta un segundo, mirando al frente. Y sonríe.

Tal vez por el mensaje. Tal vez por sus amigos, que siguen des­cojonándose de su debut como cantante callejera. Pero da igual, porque a estas alturas el motivo de su felicidad no es importante.