El amor va de no esconderse de una misma
L a terraza se siente tranquila, bañada por la luz anaranjada del atardecer.
Clara está sentada en una de las sillas, tapada con una manta, los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte.
En la mesa ha colocado una botella de vino blanco, dos copas y un pequeño plato con algo para picar, como si ese ritual pudiese facilitar la conversación que está a punto de producirse.
Andrea entra al piso con el abrigo aún puesto, deja las llaves sobre la encimera, en silencio, y camina despacio hacia la terraza. Cuando abre la puerta, se encuentra con la escena y traga saliva.
—Hola.
Clara gira ligeramente la cabeza y le dedica una sonrisa breve, casi tímida.
—Gracias por venir.
Su amiga le devuelve la sonrisa y se sienta a su lado. Ella no pregunta; simplemente sirve dos copas de vino y le tiende una. Luego le da un sorbo a la suya y respira hondo, sin entablar contacto visual, preparándose.
Andrea la observa en silencio. Sabe que esto forma parte de su proceso.
—Esta vez me he pasado el juego, ¿eh? —dice Clara al fin, aún sin apartar la vista del horizonte.
Andrea, tranquila, asiente.
—Sin duda.
—Lo más curioso de todo es que no fui consciente de que se me había ido totalmente de las manos hasta que vi tu cara al día siguiente del concierto.
Andrea baja un poco la mirada. Clara la observa por primera vez y su expresión se apaga ligeramente. Alarga la mano y le recoloca un mechón detrás de la oreja, con los ojos ya llenos de lágrimas y una sonrisa triste.
—Lo último que quería era llevaros a Max y a ti por delante, y no me voy a perdonar nunca haberte hecho daño así —añade, con la voz temblorosa, mientras se seca las lágrimas—.
Sé que a quien tengo que pedirle perdón por lo que hice es a él, pero, indirectamente y sin darme cuenta, hice que se reabriera en ti una herida que ya estaba cerrada. Y lo siento mucho por eso, cariño.
Se miran y lloran juntas, sin grandes gestos ni dramatismo, solo lágrimas que caen sin resistencia, como si ya no hiciera falta nada más.
—He pensado mucho estos días —sigue—, sobre todo en lo que dijiste de Raúl.
La idea de parecerme a él en lo más mínimo me repugna —traga saliva—, pero he podido entender que esa fue tu forma de hacerme abrir los ojos y me ha ayudado.
—Se lleva la copa a la boca y da un sorbo lento—.
Me ha ayudado a darme cuenta de que tengo que parar de huir hacia adelante solo por miedo a que Max me vea de verdad.
O por miedo a verle yo a él y acabar enamorándome.
Aunque, sinceramente, empiezo a pensar que ya es tarde para eso.
Porque creo que, si no estuviera ya pillada, toda esta situación no me removería tanto.
Se queda pensativa, mirando a la nada. Andrea la observa con una mezcla de compasión y orgullo.
—¿Sabes? —dice finalmente—. Una buena amiga me dijo una vez que el amor va de no esconderse de una misma.
Su amiga sonríe un poco, recordando aquella conversación meses atrás.
—Y eso es lo que tienes que hacer ahora, Clara —continúa mientras le levanta suavemente el rostro para obligarla a que sus miradas se encuentren—.
Yo no sé si quieres estar con Max o no, pero sí sé que tienes que dejar de intentar sabotearte solo por miedo a sentir de más y que te hagan daño.
Porque entonces llegará un punto en el que ya no sentirás nada.
Hace una pausa y respira hondo, saboreando el atardecer que las acompaña y que, como si se hubiera preparado para el momento, mezcla colores que dibujan una atmósfera tremendamente relajante.
—Te quiero —añade, sin dejar de observar el paisaje—.
Y sabes que no pienso que seas como Raúl, pero cuando vi la expresión de Max mientras te besabas con aquel chico me vi reflejada en él.
Y lo último que me gustaría es que te convirtieras en una persona que despierta esos sentimientos en la gente que la quiere.
Clara se rompe, dejando escapar un llanto que no es violento ni exagerado, solo un derrumbe necesario.
Su amiga no lo duda. Se inclina hacia ella y la abraza sin decir nada, sujetándola fuerte. Le parte el alma verla así, pero sabe que esta conversación era inevitable. En realidad, ambas lo sabían desde hace tiempo.
Cuando Clara se calma un poco y se separan, se seca la cara con la manga de la sudadera y dice:
—¿Crees que podrá perdonarme algún día?
Andrea suspira.
—¿No has hablado con él todavía?
Clara niega en silencio, cabizbaja.
—Le mandé un mensaje pidiéndole perdón y diciéndole que me gustaría hablar cuando esté listo. Y aún no me ha contestado. Leo me ha dicho que ha vuelto a trabajar, pero que apenas habla y que ya no se ríe como antes.
—Creo que él también necesita su proceso para asimilarlo todo. Es normal que aún esté dolido, pero supongo que, más adelante, también querrá oír lo que tengas que decirle para poder entender mejor. Aunque no lo culparía si no quisiera hablar más contigo, amor.
Clara asiente despacio, como si ya supiera la respuesta. Luego se queda callada, con la mirada perdida. Andrea le pasa un brazo por encima y ella se deja abrazar, apoyando la cabeza en su hombro.
Después de un rato sin que las palabras llenen el silencio, Clara vuelve a hablar, aún con la voz rota:
—Es que no entiendo por qué soy así, por qué, en el momento de la verdad, nunca tengo el valor para dar ese pasito hacia adelante.
—Algún trauma que tendrás por ahí escondido —dice, medio en broma, encogiéndose de hombros.
Clara se ríe entre lágrimas.
—Tal vez debería trabajarlo con mi psicóloga.
Andrea también se ríe.
—Tal vez ya vas tarde. Aunque, con Max —añade con media sonrisa juguetona—, siempre puedes vestirte de mariachi e ir a cantarle debajo del balcón.
Las dos sueltan una carcajada que indica que el momento de tensión comienza a desvanecerse.
—Te encantó, ¿no? —pregunta Clara, convencida.
—Pablo dice que podrías sacar un disco.
—Sí, para lanzárselo a la cabeza y que deje de reírse de mi actuación estelar.
Ríen con más ganas hasta que les duele la tripa.
—¿Sabes qué me dijo Leo cuando le conté todo? —suelta Clara, sin mirarla—. Que ya podía arreglar las cosas porque tú eres el amor de mi vida y yo el tuyo.
Andrea sonríe; no dice que no.
—Que le comente eso a Pablo, a ver si le hace tanta gracia.
—Ahora se lo mando, para ver si deja de vacilarme de una vez —responde Clara, divertida.
Ambas sonríen. De pronto, Andrea cambia de tema.
—He conocido a sus padres. Y a su hermana.
Su amiga se incorpora un poco, sorprendida.
—¿Al final fue a la fiesta?
Andrea asiente, abriendo mucho los ojos.
—¡Y qué fiesta!
Clara pone cara de que ha olido chisme, pero no interrumpe.
—Con su madre y con su hermana, genial. Pero, con su padre… desde el primer momento no dejó de soltar pullas. Y no sabes cómo estaba Pablo. Nunca le había visto así, parecía un niño pequeño sin escudo.
Clara la mira, impresionada.
—Y en la fiesta ya explotó todo. Cuando su padre se subió a dar el discurso, siguió soltándole indirectas hasta que Pablo se levantó, le quitó el micrófono y le dijo todo lo que pensaba.
Las cejas de Clara se van alzando más y más.
—¿Y luego?
—A Pablo le dio un ataque de ansiedad —contesta, bajando la voz porque aún se tensa al recordarlo.
—¿Delante de todo el mundo?
—No. Salió a la calle y su madre, su hermana y yo lo seguimos.
Conseguí calmarle sin que nadie más se diera cuenta, pero fue horrible.
Verle así, con los ojos inyectados en pánico, sin poder hacer nada más que hiperventilar y agarrarse a mí como si fuera la única que podía ayudarle…
Me partió el alma verlo así de vulnerable.
Clara coge de la mano a su amiga.
—¿Y ahora cómo está?
—Pues… es que, al día siguiente, su padre nos despertó gritando a pleno pulmón, diciendo que no quería volver a verle.
Y Pablo le dijo todo lo que tenía que decirle y nos fuimos.
Luego me dijo que está bien, que se siente liberado —respira hondo, buscando alivio en el recuerdo de la conversación con Pablo—.
Y entonces apareciste tú con los mariachis y ya terminaste de alegrarle el día.
—Joder, qué fuerte, ¿no? —pierde la mirada en algún punto de la barandilla—. Y yo pensando que lo nuestro era insuperable.
Andrea se ríe bajito.
—Para que veas…
Clara vuelve a acurrucarse junto a ella. Se quedan contemplando el final de la tarde, con las copas medio llenas y dejándose abrazar por el silencio. Como si, por fin, ya no hiciera falta decir nada más.