Yo no me muero si no estás aquí
L a luz de la mañana se filtra tímida por las rendijas de la persiana.
En la habitación de invitados, Andrea y Pablo duermen enredados entre sábanas revueltas, con las piernas entrelazadas y las respiraciones acompasadas.
A pesar del caos de la noche anterior, sus cuerpos parecen haber encontrado una tregua, una especie de paz suspendida en el aire.
Hasta que un estruendo seco, un portazo brutal, los saca de golpe del sueño.
Andrea se incorpora de un salto, con el corazón en la garganta. Pablo abre los ojos de par en par. Tardan unos segundos en recordar dónde están, en qué día viven, qué ha pasado.
—¡Levántate ahora mismo y sal de mi casa! ¡Ya! —ruge la voz de Roberto desde la puerta.
Está rojo, con los ojos desorbitados y el pecho sube y baja de forma irregular. Andrea no sabe qué decir, solo es capaz de mirar a Pablo, perpleja. Él, aún medio tumbado, frunce el ceño con lentitud.
—Lo de anoche fue una falta de respeto intolerable —sigue Roberto, temblando de rabia—. Ese numerito delante de todos. En mi casa. En mi empresa. Delante de tu madre, de tu hermana, de mis socios.
Hace una pausa y respira hondo, como si la siguiente frase le pesara en la garganta.
—Desde hoy, para mí, solo tengo una hija. Y no quiero volver a verte aquí nunca más.
En el pasillo, madre e hija escuchan cada palabra. Susana se tensa y traga saliva despacio.
—Por favor, Roberto, cálmate un momento y recapacita.
—No tengo nada que recapacitar, Susana —la interrumpe él, sin apartar la vista de Pablo.
Andrea sigue en shock. Su cuerpo permanece inmóvil, pero el corazón le late con fuerza desbocada.
Pablo, en cambio, guarda unos segundos de silencio absoluto.
Luego, con una calma casi medida, se sienta al borde de la cama, se pone la camiseta, recoge sus cosas y camina hacia la puerta.
Cuando está frente a su padre, se detiene, lo mira fijamente, a escasos centímetros, y pregunta, con una serenidad que hiela:
—¿En serio merece la pena perder a un hijo solo porque no ha querido jugar con tus reglas?
Roberto parpadea. No responde. No se lo esperaba. Pensaba que Pablo bajaría la cabeza, que se disculparía, que suplicaría poder quedarse. Pero no lo ha hecho.
—Mi casa siempre estará abierta para ti, papá —añade—. Pero te pido que llames a la puerta solo si estás dispuesto a quererme como soy. —Se gira hacia Andrea—. Te espero en el coche.
Ella asiente, como volviendo a la tierra, y empieza a recoger sus cosas con rapidez, con un nudo apretado en el pecho.
Beatriz reacciona al instante. Cruza el umbral con decisión y, al pasar junto a su padre, lo mira con una mezcla de rabia y decepción, apretando la mandíbula y negando con la cabeza. Él no sabe ni cómo sostenerle la mirada.
Entra para ayudar a Andrea a meter el neceser en la mochila, cierra la cremallera y le ofrece una chaqueta doblada con ternura.
Cuando Andrea sale de la habitación, pasa junto a Roberto sin mirarlo. Sabe que, si sus ojos se cruzan, no responde de sí misma.
En el pasillo, Susana la espera. Andrea duda un segundo, pero la abraza, dejándose abrazar por ella también. Beatriz se suma y las tres se funden en un momento de despedida silenciosa.
Andrea, con una sonrisa triste pero agradecida, habla bajito:
—Muchas gracias por todo a las dos. De verdad. Le diré a Pablo que os llame cuando esté más tranquilo.
Beatriz le devuelve una sonrisa pequeña y sincera.
—Al menos sabemos que contigo va a estar bien.
Andrea asiente levemente antes de marcharse.
El trayecto en coche es silencioso. Andrea no se atreve a decir nada y únicamente apoya la mano en el muslo de Pablo con suavidad. Al principio, él se tensa con el gesto, pero luego deja caer su mano sobre la de ella, apretándola con firmeza. Sin mirarla, pero dejando claro que está ahí.
Cuando llegan al piso, dejan su equipaje en el recibidor sin hablar. Pablo se sienta en el sofá y Andrea lo sigue, con la mirada atenta. Él parece ausente. Tiene el ceño fruncido y los ojos vagando por algún punto indefinido del salón.
Cuando ella se acerca, le acaricia la mejilla con suavidad, pero el gesto no consigue cambiarle la expresión.
—¿No te parece surrealista lo que ha pasado? —pregunta, sin mirarla.
Andrea se sorprende por el tono. No es el de un hombre derrotado. Es perplejidad, asombro.
—O sea —continúa—, lleva media vida humillándome y, ahora que por fin me atrevo a decirle que pare, se ofende porque, según él, lo que he hecho es inadmisible. Es que es acojonante. —Suelta una risa ahogada, casi sin humor, mientras se gira hacia ella—. En serio, ¿no crees que es para flipar?
—¿Seguro que estás bien? —pregunta con cuidado.
Pablo parece pensarlo con honestidad. Luego, asiente.
—Sí. La verdad, entre lo del brindis y lo de esta mañana me he quedado a gusto. —Respira hondo, liberado—. Y, sinceramente, creo que, después del ataque de ansiedad, ya no me quedan lágrimas que derramar.
Ella suspira, no sabe si de alivio o de agotamiento. Luego se acomoda junto a él, que la rodea con un brazo y le besa la frente.
Andrea no dice nada más. Sigue en shock , pero parece que Pablo, por fin, está realmente bien.
Pasan el día en calma, conversando sobre tonterías, cocinando sin prisa, viendo la tele. Como si todo lo importante ya se hubiera dicho.
Cuando empieza a caer el sol, Andrea va a la cocina a partir algo de fruta mientras Pablo lee en el salón. La calma permanece hasta que, de pronto, una melodía de mariachis rompe la tarde desde la calle.
Andrea arruga la frente, pero no se da por aludida y sigue cortando. Pablo, curioso, se levanta para chismear. Y entonces estalla en carcajadas.
—¿Qué pasa? —pregunta Andrea desde la cocina.
—Créeme —dice él, llorando de la risa—. Es mejor que lo veas tú misma.
Ella se acerca, extrañada y, cuando mira por la terraza, la ve.
Clara. Vestida para la ocasión, sosteniendo un sombrero más grande que ella y balanceándose al ritmo de la música con un grupo de mariachis a su lado.
En cuanto ve a su amiga asomarse, al lado de un Pablo que ya graba la escena con el móvil, alza el sombrero como si fuera una rosa roja y grita:
—¡Hola, bombón! ¡Te dije que lucharía por nuestra amistad y aquí estoy! ¡Esto es para ti!
Y sin más, comienza a cantar «Contigo», de La Otra , en versión mariachi, obvio. Con el alma, con una pasión desbordada y una voz que roza el crimen acústico, pero que, aun así, emociona.
Pablo no puede parar de reírse a carcajadas. Intenta grabar, pero de la risa le tiemblan las manos. De vez en cuando, gira la cámara hacia la cara de Andrea para hacerle zoom.
Ella no sabe si reír, llorar o tirarle un cubo de agua para que se calle.
Cuando Clara termina su actuación estelar, grita de nuevo:
—¡Andrea! No he venido a rogarte que me perdones. Sé que tenemos una conversación pendiente y muchas cosas que decirnos, así que te propongo que hablemos. Mañana por la tarde, en la terraza. Tú, yo y una botella de vino bien fresquita. ¿Qué me dices?
Andrea mira a Pablo. Él ya se está secando las lágrimas de tanto reír.
—Ahora vuelvo —musita, con una sonrisa incrédula.
—Si ella te rechaza, yo me quedo contigo, Clarita —grita Pablo desde el balcón.
Clara le saca el dedo corazón con toda la clase del mundo.
—Me has arreglado el día, te lo juro.
Andrea baja y su amiga se pone seria al verla salir del portal.
—¿Se te ha ido la olla? ¿Qué es todo esto?
—Reconozco que igual me he pasado un poco —dice Clara sin ningún tipo de vergüenza—. Pero quería demostrarte que por ti haría cualquier cosa, hasta el ridículo. Así que más te vale aceptar mi invitación, porque por culpa de tu novio voy a hacerme viral y no quiero pasar ese mal trago sola.
Andrea suelta una risita mientras niega con la cabeza.
—¿Eso es un sí?
—Supongo.
Clara se emociona, pero contiene el impulso de abrazarla.
—Perdón, perdón. Sé que sigues enfadada.
Y entonces, girándose hacia los mariachis, grita:
—¡Ha dicho que sí!
Ellos aplauden. Pablo también, desde el balcón. Otros vecinos, asomados a sus balcones, los siguen. Andrea se lleva la mano a la frente, sonriendo, y vuelve a subir.
Cuando entra en casa, Clara ya se ha ido con su séquito y Pablo la espera en el salón con la misma sonrisa de oreja a oreja.
—Con esta mujer es imposible enfadarse.
—Ha sido el mejor momento de mi vida —responde él, sin salir del bucle.
Luego la abraza al tiempo que resuenan las carcajadas. Y por primera vez en días, la risa no duele, solo libera.