Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna No pienso rendirme
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No pienso rendirme

L a rutina de los días ha ido cayendo con la suavidad de la rueda que nunca deja de girar. El nudo en el pecho ya no aprieta tanto, a pesar de que no se haya deshecho todavía.

Clara se levanta esa mañana sin saber muy bien por qué. No ha dormido demasiado, pero, al menos, ha dormido. Empieza a tener algo más de apetito, aunque la comida sigue sin saberle a nada.

No hay milagros ni cambios radicales. Solo pequeños detalles diferentes, como la forma de sostener la taza de café, que ya no parece estar aferrándose a ella como si fuera lo único que la man­tiene en pie.

«No sé cómo voy a arreglarlo todo, pero al menos ya no estoy huyendo», piensa distraída entre sorbo y sorbo.

No espera sentirse mejor, solamente quiere sentir algo distinto. Poder hacer cosas sin notar que se ahoga, caminar sin que le pese el cuerpo, responder mensajes sin la sensación de que todo el mundo está esperando algo de ella.

Esa mañana Leo ha ido a visitarla para desayunar juntos. Ella le lanza una mirada cansada, pero no apagada. Él se sienta a su lado y le tiende una bolsa de papel.

—Churros recién hechos. Todavía están calientes, como tú —le guiña un ojo.

Clara sonríe por primera vez ese día.

—¿Y ese piropo de cuñado?

—Es mi forma de decir que me alegra verte así.

—¿Así cómo?

—Con ganas de vivir. Sin cara de estar viendo tu vida arder. Ella niega con la cabeza, pero sigue sonriendo.

—Gracias, Leo.

Él asiente, discreto, y acto seguido cambia de tema:

—Hoy le he dejado un táper a Max en el rellano. Sopa de la me­jor calidad.

Y una nota con un corazón, como el buen amante que soy.

Clara suspira mientras mira el café ya casi frío.

—¿Te ha dicho algo?

—Ni ha abierto la puerta.

Asiente. No pregunta más. Él tampoco añade nada. Ambos sa­ben que ese silencio también suma.

Al mismo tiempo, en casa de Pablo, Andrea se despierta más tarde que él. Cuando llega a la cocina, se encuentra el desayuno ya preparado: café caliente, pan tostado, un zumo recién exprimido y una nota en una servilleta donde puede leerse:

Ella sonríe sin querer. Lo hace sin dolor esta vez.

Por la tarde, cuando él regresa de trabajar, entra con un sobre­cito en la mano.

—Me he encontrado esto pegado en la puerta. Tiene tu nombre.

Andrea frunce el ceño y lo coge. Reconoce la letra en cuanto la ve. Es de Clara.

Lo abre. Dentro, una nota doblada con cuidado que dice:

La lee dos veces, tal vez tres. Luego, sin querer, se le escapa una sonrisa minúscula, contenida, pero sincera.

Su novio la ve y murmura:

—Parece que está intentando hacerlo bien, ¿eh?

Ella asiente sutilmente, vuelve a doblar la nota despacio y se la guarda en el bolsillo del pijama como si fuera algo frágil, como si doliera menos si la tiene cerca.

De pronto y sin avisar, Leo aparece de visita, acompañado de una fiambrera con comida.

—He traído munición emocional —comenta al entrar—. No hay problema que no se lleve mejor con albóndigas.

Andrea le abraza fuerte. Él le acaricia la espalda y añade:

—Ey, ey, no me hagas llorar, que tengo que mantener mi rol de payaso del grupo.

La conversación entre los tres es ligera al principio: se ríen un poco y hablan de cosas sin importancia. Hasta que Leo, en voz baja, se pone más serio:

—Me alegro de veros así otra vez. Aunque, joder, ¡qué semana!

Andrea baja la mirada al tiempo que Pablo los observa. Se nota que no sabe todo, pero lo intuye.

—¿Tiene que ver con Clara? —pregunta sin dramatismos.

Ella asiente.

—Pasaron cosas con Max —explica—. Ella lo negó, lo esquivó… y se besó con otro chico en el concierto, delante de él. Yo estallé y le dije cosas duras que me dolieron más de lo que pensaba.

Leo añade:

—Y Max está roto, la verdad. No quiere hablar con nadie. He estado yendo a su casa todos estos días y aún no he conseguido que me abra la puerta.

Pablo trata de asimilar la información.

Nadie dice nada más; no hace falta.

Esa noche, cuando Leo ya se ha ido y Andrea duerme con la nota de Clara sobre la mesilla, Pablo saca el móvil. Duda un mo­mento. Finalmente, escribe:

Volviendo a casa de las chicas, Clara acaba de responder al men­saje de Pablo con un «Gracias ❤️» sincero.

Luego recibe un mensaje de Marina:

Es obvio que Leo le ha contado lo que ha pasado o, al menos, parte de la historia. No se enfada. Casi que se lo agradece, por ha­berle ahorrado el mal trago de tener que explicarlo una vez más.

Esa misma noche, al acostarse, mira el móvil durante un buen rato. Abre WhatsApp. Busca su nombre. Lo encuentra.

Escribe. Borra. Vuelve a escribir. Lo relee. Duda. Y luego, por fin, lo envía:

Bloquea el móvil, lo deja a un lado, se acomoda en la cama y mira al techo. Por primera vez en muchos días, no se siente hun­dida. Solo en pausa. Pero, al mismo tiempo, en marcha.