¿Y si esta vez lo he roto del todo?
L a habitación está en silencio. Solo se oye el tic-tac del reloj de la cocina, lejano, como si viniera de otra vida. Clara está en la cama desde hace horas. No ha dormido, no ha llorado, no ha hecho absolutamente nada desde que se levantó del sofá de la terraza y se encerró en su cuarto.
No puede parar de pensar. O, más bien, de castigarse: «¿Cuándo se me fue todo de las manos?
¿En qué momento pensé que podía controlarlo solo con negarlo?
Está claro que entre Max y yo sí estaba pasando algo.
Lo notaba, lo sentía. Y aun así… me hice la loca.
Me autoconvencí de que no. De que era una tontería.
De que, si no lo decía en voz alta, entonces no era real.
Y ahora Max está hecho polvo. Y Andrea… Andrea ha dejado de mirarme como siempre. Y lo peor es que sé que todo esto ha sido culpa mía. Nadie me manipuló. Nadie me obligó. Fui yo quien decidió besar a otro delante de él, quien eligió evitarlo, esconderse, hacer daño sin pensar en las consecuencias.
¿Cómo voy a arreglar esto? ¿Cómo me voy a sentar delante de él y mirarlo sin que me tiemble la voz? ¿Y Andrea?»
El mero hecho de pensar en ella hace que se le revuelva el estómago.
Porque su amiga le ha dicho cosas duras, sí, pero lo peor ha sido la forma en la que la miraba al decirlas.
Como si, por primera vez desde que se conocen, ya no pudiera confiar en ella.
Como si su decepción hubiera ocupado todo el espacio que antes estaba lleno de cariño.
Y la frase:
«¿Sabes quién más hizo eso durante meses? Raúl».
No puede quitársela de la cabeza. No por la comparación, sino por todo lo que hay detrás. Porque Andrea no se lo ha dicho para herirla, se lo ha dicho porque ya no sabía cómo hacerla reaccionar.
Y Clara se odia por eso. Por haber provocado ese dolor. Por haber sido el epicentro del daño.
De pronto, llaman a la puerta, sacándola de esa espiral en la que lleva horas inmersa.
No se mueve. No está para visitas ni para nada.
Minutos después, suena el móvil. Es Leo. Una vocecita en su cabeza le dice que debe contestar, así que lo hace.
—¿Estás en casa?
—Sí.
—¿Puedes abrirme? Necesito hablar contigo. Es urgente.
Suspira. Se levanta. Abre.
En cuanto ve la cara de su amigo, sabe que algo pasa. Tiene el ceño fruncido y el gesto serio. Está claro que no trae bromas esta vez, solo preocupación.
Se sientan en el sofá.
—Me estoy rayando por Max —empieza Leo—. Ayer no sé en qué momento desapareció del concierto y hoy llevo todo el día mandándole mensajes y no me contesta.
Clara baja la mirada.
—¿Puedes llamarle tú? A lo mejor a ti sí…
—No me lo va a coger —interrumpe.
Leo la mira, confundido.
—¿Por qué dices eso?
Ella se pasa una mano por la cara, agotada. No quiere verbalizarlo, pero sabe que tiene que hacerlo.
—Está así por mi culpa.
—¿Qué?
—Verás —continúa, alargando un suspiro—, entre Max y yo pasó algo hace unos días.
Su amigo abre los ojos, alucinado.
—Y ayer… la cagué. Mucho.
—¿Nivel de cagada?
—Me lie con otro tío. En su cara.
—Joder —reacciona, llevándose una mano al pecho.
—Ya.
—¿Y eso te pareció una gran idea porque…?
—Yo qué sé, Leo —suspira nuevamente—. Llevaba varios días evitándolo.
Él intentaba acercarse y yo solo quería desaparecer.
Cuando Andrea y tú os fuisteis a pedir, me entró el pánico al darme cuenta de que estábamos solos.
Pero de repente apareció ese otro chico y —baja la voz, avergonzada—, para cuando quise darme cuenta, le estaba comiendo la boca.
Fue un impulso estúpido, como si así pudiera hacer que Max dejara de buscarme y de sentirme tan jodidamente expuesta.
—¿Y qué tal salió tu plan genial?
—Un fracaso —sentencia, con la mirada perdida.
Leo se queda mirándola. Hay algo que ella está evitando decir, pero él ya lo ha notado.
—Clara, cariño, ¿te estás enamorando de Max?
—¿Qué? ¡No!
—¿Estás segura?
La insistencia de su amigo hace que se quede quieta un momento y tuerza el gesto, incómoda.
—¿Tú crees que sí?
Su amigo se encoge de hombros, con una sonrisa ligera.
Ella abraza un cojín y se queda con la boca entreabierta, el ceño fruncido y la mirada perdida. Entonces añade:
—Mierda, Leonardo.
—Sí, esa es la reacción correcta —suelta entre carcajadas.
Cuando el silencio vuelve y la tensión empieza a instalarse entre ellos, Leo continúa hablando, tratando de aligerar el ambiente:
—Bueno, mira el lado bueno: Max y tú podéis reconciliaros y hacer una boda doble con Pablo y Andrea. Así me ahorro regalaros por separado.
Pero ella no se ríe. Ni siquiera sonríe. Es más, su cara se apaga.
—Ahora mismo creo que Andrea ni siquiera me invitaría a su boda, como para compartirla.
Él la mira sin entender y la ve suspirar, resignada.
—Ayer vio toda la escena y ya se olía que entre Max y yo pasaba algo. —Veo que aquí se ha dado cuenta todo el mundo menos yo —dice, poniendo cara de circunstancia.
Ella sonríe sin fuerza.
—Esta mañana me ha echado la bronca. Y, bueno, ha terminado comparándome con su ex.
—Hostias.
—Lo sé —comenta antes de hacer una pausa larga—.
Lo peor es que ni siquiera estoy enfadada con ella.
Porque cuanto más lo pienso, más creo que tiene razón.
Sabía que, besándome con ese tío, iba a hacerle daño a Max y lo hice igualmente.
Porque no se me ocurrió otra cosa para salir de ahí sin derrumbarme.
Leo la escucha. Ya no hay bromas, solo atención real.
—La verdad es que no has dejado títere con cabeza, Clarita.
—Y si le hubieras visto la cara cuando me lo ha dicho… —se acaricia el puente de la nariz—. Esta vez no sé cómo arreglarlo, Leo. De todas las veces que hemos discutido, es la primera vez que de verdad la he visto decepcionada, ¿sabes? Como si con mi actitud se hubiera roto algo entre nosotras.
Él se queda en silencio un momento. Luego le toma la mano y, con el tono justo entre broma y verdad, suelta:
—Pues si se ha roto por tu culpa, lo reconstruyes. Porque si vosotras dos os divorciáis, entonces sí que nos vamos todos a la mierda.
Su amiga deja escapar una risa breve, triste pero real.
Leo le aprieta un poco más la mano.
—Lo digo en serio, Clara. Andrea es el amor de tu vida. Y tú el suyo.
Se miran. Ella no contesta, pero asiente muy despacio, con los ojos húmedos.
No sabe por dónde empezar ni si podrá perdonarse algún día. Pero ahora ya sabe que Leo tiene razón y que, cuando una encuentra al amor de su vida, debe hacer todo lo que esté en su mano para conservarlo a su lado.