Pase lo que pase, sigo aquí
H a pasado un rato desde que Andrea ha llegado a casa de Pablo rota por dentro y no han dicho mucho desde entonces.
Están sentados en el sofá. Ella, con la mirada perdida.
Él, a su lado, acariciándole el pelo con la yema de los dedos.
No intenta consolarla con palabras; se limita a calmarla con su presencia.
Poco a poco, la respiración de ella se estabiliza y las lágrimas se detienen, aunque le pesan los párpados como si aún tuviera ganas de llorar.
Cuando por fin se atreve a mirarlo, se encuentra con sus ojos llenos de ternura y pena, pero su expresión es todo serenidad, como si quisiera decirle que está a salvo sin tener que usar palabras.
Le acaricia la mejilla con la mano y ella, casi por instinto, apoya la cabeza sobre su palma y cierra los ojos.
Se quedan así unos segundos, hasta que Andrea se aparta ligeramente, suspira y, sin mirarlo del todo, dice sin fuerza:
—Sé que sigues enfadado y quiero que sepas que puedo buscarme otro sitio si no estás cómodo conmigo aquí.
Pablo la observa unos segundos, serio. Ella abre la boca para seguir hablando, pero él la interrumpe con suavidad:
—Para, Andrea.
Ella lo mira, sorprendida. Él sostiene su mirada, firme, sin levantar la voz:
—No quiero que hagas esto.
Su novia baja la vista, tragando saliva. Nota cómo otra punzada le recorre el pecho, empujando nuevas lágrimas que ya no quiere derramar.
—Es que no quiero agobiarte —continúa con un hilo de voz—. Y que terminemos peleándonos otra vez, porque ahora mismo no me quedan fuerzas para discutir más.
Él se acerca un poco y, al mismo tiempo, le levanta la cara con dos dedos, con cuidado, como si temiera romperla del todo. La mira a los ojos y su voz es un susurro grave y decidido:
—Me da igual lo que haya pasado entre nosotros. No te voy a dejar sola, ¿vale?
Andrea asiente entre lágrimas, apoya la cabeza sobre el hombro de su novio y deja que la abrace para aflojar al fin la tensión. Se rinde al silencio, a la calma, a él.
Pasan unos minutos en los que Pablo sigue acariciándole la pierna con una mano, sin mirar el reloj, sin prisa. Entonces, con toda la cautela del mundo, pregunta:
—¿Quieres contarme qué ha pasado?
Ella no responde enseguida. Ambos miran al frente, a un punto muerto de la habitación.
—Me he peleado con Clara —dice finalmente.
Pablo frunce ligeramente el ceño, sorprendido. Se esperaba muchas cosas, pero no esa.
—¿Por qué?
Ella sigue con la mirada perdida, pero ahora empieza a juguetear con la pulsera que él lleva en la muñeca.
—Porque está haciendo las cosas mal y alguien tenía que decírselo.
Silencio. No hay más preguntas ni más explicaciones. Pasan unos segundos así, hasta que Pablo, con una media sonrisa en la voz, añade:
—Últimamente te pasa mucho eso, ¿no?
Ella lo mira, arqueando una ceja, intentando descifrar la intención de sus palabras. Pablo sigue mirando al frente, pero ahora tiene esa sonrisa torcida que solo saca cuando quiere provocar sin herir, lo que hace que Andrea se permita relajar el gesto antes de volver a mirar al frente también.
—Supongo que es mi superpoder. —Se encoge de hombros.
Se miran. Sonríen, por primera vez desde que empezó el día. Y en esa risa bajita, compartida, hay algo que se parece a volver a encontrarse. Cuando el silencio vuelve, ya no pesa tanto y Pablo lo rompe enseguida:
—La verdad es que hace días que no estoy enfadado contigo.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes? —pregunta, seria. Él se encoge ligeramente, incómodo, con sus ojos clavados en el suelo.
—Me daba vergüenza. Y pensé que ahora eras tú la que estaba enfadada por cómo me comporté cuando sí que estaba cabreado.
Andrea se queda callada por un instante. Luego pregunta, sin rodeos:
—¿En La Zurda?
—Sí. Ahí ya me había dado cuenta de que tenías razón en lo de temer a mi padre. Pero no quería reconocerlo aún.
—¿Y has pensado qué vas a hacer al respecto?
La pregunta lo hace respirar hondo. Está dispuesto a contestar con total sinceridad, pero justo en ese momento suena el timbre.
Ambos comparten una mueca de confusión, porque no esperan a nadie. Pablo se levanta y va a abrir la puerta. Andrea se queda en el sofá, atenta.
Y entonces, entra el huracán.
—¡Me niego a aceptar que no vengas a la fiesta! —exclama Beatriz nada más cruzar el umbral y avanza hasta el salón sin esperar respuesta.
Su hermano la observa con el ceño fruncido, mientras la puerta sigue aún abierta detrás de él. Andrea, desde el sofá, no sabe si reír o levantarse a saludar.
De pronto, Beatriz frena en seco, la mira, entorna los ojos y, ladeando la cabeza, dice:
—Un momento —señala con el dedo hacia el sofá—. ¿Tú eres Andrea? Ella asiente, incómoda, sin saber si eso es bueno o malo.
Beatriz tarda solo un segundo en reaccionar. Después se gira hacia su hermano y grita, emocionada:
—¡¿Existe de verdad?!
Pablo sigue flipando. Solo es capaz de mirar a su novia, que ahora intenta contener la carcajada.
—Hola, Beatriz. Pasa, por favor. No interrumpes ni nada —dice con sarcasmo.
—Perdón —responde, poniendo carita de niña buena.
Andrea se levanta, divertida.
—Vale, creo que tenéis una conversación pendiente. Se retira hacia la cocina, pero antes de desaparecer se gira:
—Encantada, Beatriz.
—Igualmente —contesta con una sonrisa sincera.
En cuanto desaparece, Beatriz abre la boca exageradamente, mira a Pablo y señala hacia la puerta de la cocina:
—Qué mona, ¿no, hermanito?
—Beatriz, ya.
—Tienes razón. No he venido a eso.
—¿Y a qué has venido? —suspira, resignado.
—Tienes que venir. Papá no para de preguntarme si ya has confirmado y yo ya no sé qué excusa inventarme.
—¿Has probado con «ha dicho que no viene»?
—Por favor, hermanito. No voy a sobrevivir a tanto señoro junto si no te tengo a ti para reírme de ellos. Prométeme que al menos lo vas a pensar.
Pablo se cruza de brazos y suspira.
—Vale.
Ella aplaude como si hubiera ganado un Oscar.
—No he dicho que sí todavía.
—¡Me da igual!
Pablo niega con la cabeza, mostrando media sonrisa.
—Bueno, pues ya te puedes ir.
—¡¿Qué dices?! Ahora que por fin conozco a la famosa Andrea no me sacáis de aquí ni con lejía.
Y, dejando las palabras en el aire, sale disparada hacia la cocina. Pablo la sigue con cara de no saber si tratar de frenarla o rendirse.
—Hola, Andrea —dice Beatriz al tiempo que asoma la cabeza por la puerta de la cocina, con gesto de picardía.
Su hermano aparece detrás, derrotado.
—A ti no te importa que me quede a comer, ¿no? Tengo muchas historias para avergonzar a Pablo que te van a encantar.
—¿En serio? —mira a su novio con fingida curiosidad—. ¿Vas a desvelarme los oscuros secretos de este angelito?
—Sabía que nos íbamos a entender —sentencia, sentándose con la naturalidad de quien ya se considera parte del plan.
Pablo se limita a resoplar, pero no puede evitar arquear los labios.
Más tarde, cuando los tres ya están sentados a la mesa, Beatriz observa a la pareja con una copa de vino en la mano y fuego en la mirada, sin poder parar de contar historias. Por supuesto, sin omitir ningún tipo de detalle:
—Pues cuando éramos pequeños, Pablo se aprendía los nombres científicos de los árboles para no tener que hablar con la gente.
Andrea lo mira:
—Ya veo que siempre has sido muy sociable.
Él baja la cabeza, sonriendo tímidamente.
—¡Y eso no es lo mejor! —continúa su hermana—. Una vez lloró porque se dejó en el bolsillo del pantalón su «piedra mágica» y mamá la metió a la lavadora.
Andrea observa con ternura cómo Pablo se pone rojo y no puede evitar acariciarle la mejilla.
—Y en segundo de Bachillerato escribió un poema para su profe de Filosofía, de la que estaba locamente enamorado. Ella lo leyó delante de todo el mundo y él fingió estar enfermo durante una semana solo para no tener que ir a su clase.
Andrea se ríe tanto que tiene que apoyarse en la mesa. Su novio finge indignación, pero no le sale. Está encantado, se siente ligero y eso le gusta.
Su hermana los mira, sonriente.
Tras la charla que ha hundido la buena reputación de su hermano, Beatriz se despide y, volviéndose hacia Andrea, más seria pero igual de luminosa, comenta:
—Quiero que sepas que, si un día lo dejáis, me quedo contigo. A este ya lo tengo muy visto y es un muermo.
Andrea ríe mientras Pablo pone cara de «por favor, basta ya».
Cuando se quedan solos, ella se gira hacia él con media sonrisa juguetona y pregunta:
—¿Entonces… la piedra mágica sigue existiendo o ya es un mito?
—No puedo creer que haya contado eso —dice, llevándose las manos a la cara.
—Me encanta. Te hace más adorable.
No hay respuesta en forma de palabras. Solo un silencio cómodo, que ya no es novedad entre ellos.
De pronto, Pablo la mira y, con gesto inseguro, susurra:
—Oye —duda—, si al final decido ir a la fiesta, ¿vendrías conmigo?
—Por supuesto.
Y lo besa. Despacio, suave, de esos besos que no se dan para acabar una conversación, sino para decir: «sigo aquí y no pienso marcharme».