Y de pronto… la vida de atropella
C lara no ha pegado ojo. Da igual que cerrara los ojos durante horas o que contara ovejas, vueltas o excusas. El sueño no ha querido visitarla. Sin embargo, la culpa no ha tenido ninguna intención de marcharse.
Es temprano y el cielo de la ciudad aún está indeciso entre nubes y sol. Se prepara un café sin mucho ánimo y lo sostiene entre las manos como si fuera lo único que la mantiene en pie, y sale a la terraza. Hace frío. El típico frío que parece susurrarte: ¿Ves? Todo esto podrías habértelo evitado.
Al rato, la puerta de la terraza se abre de nuevo y ella se gira.
—Buenos días —murmura, fingiendo una sonrisa.
Andrea no responde.
Camina hasta el otro extremo del sofá con una taza de café en una mano y el móvil en la otra.
Lleva puesto un pijama de algodón y unas pantuflas algo deformadas.
Se sienta junto a su amiga, en silencio.
La observa. Y algo en esa mirada desarma a Clara, porque no es la tristeza del día anterior lo que encuentra. Es algo más duro, más punzante.
No está acostumbrada a ver esa expresión en la cara de su mejor amiga, pero la reconoce al instante: es enfado.
Andrea deja el café sobre la mesita baja y, con calma calculada, desbloquea su móvil, apoyándolo también en la mesa, con la pantalla hacia arriba.
Clara tarda unos segundos en inclinarse para mirar, pero lo que ve la deja helada al momento.
Una foto. Borrosa, tomada desde lejos. Ella. Con el chico del concierto. Comiéndose la boca. Y justo detrás, entre la gente, Max. Sin pestañear. Roto.
El corazón se le detiene por un momento.
—Quiero que me expliques qué coño estás haciendo —dice Andrea, sin alterar el tono.
Clara no responde de inmediato. Parpadea un par de veces, fingiendo no haber entendido, para ganar tiempo.
—¿Qué?
—No sé qué rollito os traéis Max y tú —Andrea señala la foto con la barbilla—, pero esto no está bien.
Clara se remueve en el asiento, incómoda.
—Max y yo no tenemos ningún «rollito». De hecho, no tenemos nada.
Su amiga arquea una ceja, escéptica. Coge el móvil, hace zoom en la cara de Max y lo levanta unos centímetros.
—Pues no parece que él piense lo mismo.
—Mira, Andrea, tú no lo entiendes —responde tajante, cruzándose de brazos.
—¿No lo entiendo? —levanta las cejas, sorprendida—. Me parece que se te ha olvidado que a mí también me hicieron daño de una forma parecida.
Clara se revuelve.
—No es lo mismo, y tú lo sabes.
Andrea chasquea la lengua, perdiendo la paciencia.
—No, Clara, ya sé que no es lo mismo. No creo ni que estéis enamorados, pero lo que sí pienso es que, viendo la cara de Max, siente algo por ti.
Y, después de ver cómo te buscaba el otro día en La Zurda y cómo tratabas de evitarle, me atrevería a decir que tú también lo sientes.
Solo que estás intentando fingir que no lo notas.
Porque si no lo ves, no existe, ¿verdad?
Y si no existe, no tienes que hacerte cargo.
—Estás siendo muy injusta —baja la mirada—. Ni siquiera sabes toda la historia y ya me estás hablando como si hubiera matado a alguien.
—Es que no necesito saberla. Me vale con lo que he visto. Y te conozco lo suficiente como para saber que, si tuvieras razones de peso, no estarías justificándote con excusas. Estarías defendiéndolo de verdad.
—¡Que no me estoy justificando! ¡Que es la verdad! Max y yo no tenemos nada y no tengo que darle explicaciones. Ni a él ni a ti tampoco.
Su amiga se queda en silencio unos segundos. Le tiembla el labio inferior. Y entonces, cuando Clara piensa que ahí termina todo, suelta lo que ha estado masticando desde que vio la escena:
—¿Sabes lo que sí que es verdad? Que estás tratando de autoconvencerte de que tú no hiciste nada malo. Y ¿sabes quién más hizo eso durante meses? Raúl. Pero creo que ya te habías dado cuenta, y por eso estás tan a la defensiva.
El golpe cae seco, como un ladrillo en el pecho.
Clara se queda completamente quieta, mirando a su amiga fijamente, pero sin reaccionar. Esa frase ha activado algo que ni ella misma es capaz de nombrar.
Andrea, con el corazón a punto de romperse, la observa un segundo más. Luego se levanta, recoge su taza y su móvil y vuelve al interior de la casa sin decir una palabra.
Entra en su habitación, coge una mochila y empieza a meter cosas a toda prisa. No sabe exactamente qué necesita, solo sabe que ahora mismo le urge salir de ahí. Porque, aunque la historia no vaya con ella, le ha removido cosas que creía olvidadas y no puede permitirse reabrir esa herida. No quiere.
Al pasar por el salón, se detiene y mira hacia la terraza. Clara sigue en el mismo sitio. No se ha movido. No ha dicho nada.
Aprieta los labios. Le duele muchísimo, pero esta vez debe elegirse a sí misma.
Un rato más tarde, Pablo abre la puerta en pijama, con el pelo revuelto y con cara de no entender nada. Andrea está frente a él. Lleva la mochila colgando de un hombro, los ojos húmedos y la cara desencajada. Cuando lo mira, parece más pequeña.
—Sé que estamos cabreados —dice con un hilo de voz—, pero no sabía adónde ir. —Un sollozo suave le corta las palabras—. Y te necesito.
Él no dice nada, solo frunce ligeramente el ceño, se aparta de la puerta y la abraza sin dudarlo.
La mochila resbala hasta el suelo. Andrea no responde al abrazo; permanece con los brazos colgando, como vacía. Y llora. Sin disimulo, sin control. Llora con todo el cuerpo, con el pecho y los hombros, con los labios temblando y la nariz roja.
Él la envuelve más fuerte y coloca una mano en su espalda y la otra en su pelo. No le dice que todo va a ir bien. No le pregunta qué ha pasado. Solo la sostiene, tratando de mantenerla entera un poco más.
Porque la quiere. Porque, incluso en mitad del enfado, del orgullo herido y de las diferencias, sigue siendo su hogar.