Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Esta vez no va a arreglarse con un beso
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Esta vez no va a arreglarse con un beso

L levan semanas con las entradas. En el grupo de WhatsApp no se habla de otra cosa: han hecho memes con la playlist y hasta se han planteado hacerse una camiseta cutre con la cara del cantante.

Pero esa tarde, Pablo manda un mensaje seco:

Andrea lo lee desde la cama, sin moverse. No reacciona, ni si­quiera suspira.

—Vale, esto es una emergencia —concluye Clara, al otro lado de la puerta, en voz alta, móvil en mano, mientras habla con Leo—. No hay forma humana de rescatarla del edredón. Vamos a tener que intervenir.

Él, por supuesto, se presenta en media hora con una camiseta hortera, gominolas y su mejor discurso motivacional. No sirve de mucho, pero entre los dos logran que Andrea se duche, se vista —más o menos— y acepte salir a regañadientes. Como quien va a una revisión médica en vez de a un concierto.

Al cerrar la puerta de casa, Clara y Leo se miran. No están se­guros de que haya sido buena idea, pero al menos su amiga no se ha quedado encerrada en su habitación.

Cuando llegan al recinto, la música ya suena por los altavoces y hay gente bailando, bebiendo y riendo. Max ya está allí, apoyado en una valla lateral, con una cerveza en la mano. Al verlos, se acerca.

—¿Dónde está Pablo? —le pregunta a Leo disimuladamente, casi sin saludar.

—No viene —le susurra—. Andrea y él han discutido.

Max se queda callado, mirando de reojo a Clara, que en ese mo­mento está diciendo una tontería para intentar hacer reír a su amiga. Algo absurdo, con gestos exagerados y una sonrisa que no le llega a los ojos.

Lo entiende todo sin que nadie se lo explique. No es el mo­mento. No para hablar de lo suyo ni remover las cosas. Así que se limita a asentir y a seguirles el ritmo como si nada.

El concierto empieza; la gente grita, salta.

El grupo lo da todo desde el escenario. Andrea intenta dejarse llevar e incluso se arranca a cantar un par de estribillos.

Clara y Leo la arropan con su presencia.

Max también le lanza alguna broma, un baile absurdo y hasta una mueca que arranca una pequeña sonrisa en ella.

Por un instante, parece que la noche va a salvarse. Pero es solo eso, un instante.

—Voy a pedir —dice Leo—. ¿Vienes?

Andrea asiente. Se van juntos entre el gentío, abriéndose paso con los codos. Clara se queda sola con Max. Y es en ese momento cuando él aparta las dudas y da un paso hacia ella.

Clara no lo ve venir, pero lo siente, lo nota antes de que él abra la boca, y entra en pánico.

De pronto, un chico que no conoce se le acerca.

Salvada por los pelos.

—¿Bailas?

Podría haber dicho que no. Podría haberlo ignorado. Pero su voz interior grita:

«No estás preparada para hablar con Max. Huye. Escóndete».

Y le sonríe.

—Claro.

Empiezan a hablar a gritos, por encima de la música. Él dice que se llama… Le da igual; no es relevante. Que ha venido con unos amigos que ha perdido. Que le gusta su camiseta. Ella asiente, le sigue el rollo, contesta tonterías. Ni siquiera escucha del todo.

Max, a unos metros, se detiene en seco, expectante. No inter­viene; solo observa.

Unos minutos más tarde, Andrea vuelve sola porque Leo se ha quedado hablando con alguien que conoce. Cuando llega a la zona donde está el resto, la imagen le golpea como una bofetada:

Clara. Liándose con un desconocido. Y Max. Mirándolos, con la cara desencajada, como si todo se le hubiera roto por dentro.

Andrea se queda en shock, pero ya no necesita que nadie le cuente qué está ocurriendo. Ya lo sabe todo.

Pero lo que ni Andrea ni Max pueden ver es lo que está pasando en la cabeza de Clara.

Porque mientras besa a ese chico, no está ahí. Su mente no es­cucha la música. Su cuerpo no responde. Y todo lo que piensa es:

«No es Max. No me hace sentir nada».

No hay mariposas.

No hay electricidad.

No hay alivio.

Solo un hueco más grande que antes.

Se separa y sonríe al chico, como si le hubieran interrumpido, como si la música no le dejara concentrarse.

Pero por dentro solo hay una certeza helada:

«No ha funcionado. Porque el único problema es que no son los labios que me gustaría besar».