Tensiones que nadie se atreve a verbalizar
L a terraza está en silencio y Clara se apoya en la barandilla con los brazos cruzados y la mirada perdida entre las luces de la ciudad. Han pasado un par de días desde que todo estalló, pero dentro de su pecho todavía hay cenizas ardiendo. De pronto, escucha pasos suaves a su espalda.
—¿No has quedado hoy con Pablo? —pregunta, sin girarse.
Andrea niega con la cabeza, seria.
—Hemos discutido.
Clara la mira, sorprendida. Su amiga sigue mirando al horizonte, callada.
—¿En plan «es una tontería» o en plan «lo odiamos a muerte»?
Andrea sonríe, pero se percibe la tristeza en su mirada. Se rasca la nuca y, por primera vez, se gira hacia su amiga.
—En plan «Pablo necesita estar solo y reflexionar» —hace una breve pausa—. ¿Y tú? ¿No tienes plan?
Clara niega, como si estuviera pensando en otra cosa. Suspira y se pasa la mano por la cara.
—Digamos que yo también necesito reflexionar sobre mis actos.
Las dos vuelven a mirar al frente, resignadas.
—Pues vaya panorama…
Clara no responde; se limita a apoyar la cabeza sobre el hombro de Andrea. Tras unos minutos de silencio, sus móviles vibran al mismo tiempo. Andrea saca el suyo del bolsillo del pantalón.
—Es Leo —dice y lee en voz alta—: «Hola, forasteros. ¿Algún alma caritativa que quiera quedar mañana?»
Clara, sin atisbo de ironía, comenta:
—Pobrecito. Está desesperado por socializar.
—No me apetece nada, pero no es justo para él. Ni siquiera es consciente de nuestros dramas.
—Deberíamos decirle que sí, ¿no?
Su amiga duda. Luego, con gesto resignado, responde al mensaje:
Leo tarda dos segundos en contestar:
Y con eso, se cierra la noche.
El día siguiente arranca con cada uno sobreviviendo como puede: Pablo siente una bola de plomo en el pecho y, por más que intenta centrarse en cualquier cosa, solo consigue frustrarse.
Andrea no deja de mirar el móvil, dudando sobre si escribirle o no. Pero no lo hace. Siente que esta vez es él quien tiene que dar el primer paso.
Max intenta trabajar. Tiene sesiones de fotos que preparar, una entrega pendiente, una lista de tareas interminable. Pero, cada vez que coge la cámara, lo único que ve son sus labios, sus ojos, sus silencios.
Y Clara… Clara se aferra al trabajo como si fuera el flotador que le impide ahogarse en mar abierto. Porque, cada vez que baja la guardia, aunque solo sea un segundo, una vocecita le susurra que se está enamorando de Max. Y no puede soportarlo, porque no sabría qué hacer con eso.
Al atardecer, las chicas llegan tarde. Leo ya está sentado en una mesa del bar. Y no está solo. Max está a su lado, con una cerveza a medio terminar. Cuando ve aparecer a Clara, algo se le enciende en los ojos, pero se lo traga sin decir nada.
Andrea y Leo se saludan mientras Clara se esfuerza por esquivar a Max. En un momento dado, sus miradas se cruzan. Él le hace un leve gesto para que se siente a su lado. Ella prefiere sentarse junto a Leo.
Andrea toma el asiento libre al lado de Max y lo saluda con cortesía.
Leo empieza a hablar, como siempre. Se lanza con una de sus historias absurdas, de esas que normalmente harían reír a cualquiera.
Pero ninguno de los tres le presta verdadera atención.
Max se empeña en robarle miradas a Clara, que, a su vez, hace todo lo posible por no devolvérselas.
Andrea, que al principio sí escuchaba, deja de hacerlo cuando se da cuenta de ese juego silencioso entre ellos.
Entorna los ojos. Observa. Sabe que algo no encaja.
Justo entonces, la puerta del bar se abre y aparece Pablo, lo que provoca que Andrea se tense de inmediato, dejando su investigación silenciosa para otro momento.
Al llegar a la altura de sus amigos, saluda al grupo con un gesto, sin llegar a mirar a su novia a los ojos, y se sienta al lado de Clara.
Andrea ni siquiera puede devolverle el saludo. Solo lo mira, dolida.
—¿De qué habláis? —pregunta él, como si nada.
Se produce un silencio incómodo que hace que Clara, al borde del colapso, se aferre a la pregunta como a un clavo ardiendo.
—Leo nos estaba contando sus dramas.
—Ah, guay —finge interés—. ¿Y qué te ha pasado esta vez?
Leo parpadea. Se nota que ha captado la tensión entre la pareja, pero consigue improvisar un relato, más por compromiso que por otra cosa.
La conversación sigue, pero se siente forzada y artificial, como si todos estuvieran en otro sitio porque, básicamente, lo están.
En mitad de todo, el móvil de Max vibra. Lo mira. Suspira.
—Tengo que irme. Ha habido un problema con el montaje de fotografía.
—¿Es grave? —pregunta Leo.
—No, pero tengo que arreglarlo hoy.
Se levanta y se despide con un «chao» general, pero su mirada se dirige solo a Clara, que finge no haberse dado cuenta.
Minutos después, Pablo se incorpora.
—Bueno, yo también me voy a ir. No quiero que se me haga tarde.
Se despide, volviendo a esquivar la mirada de Andrea.
Y entonces, ella ya no puede más. Se levanta y lo sigue, sin mirar a nadie.
Clara se queda con la vista fija en su copa de vino, sin reaccionar. Leo, que está flipando, levanta las manos, desesperado. Luego pregunta:
—¿Sabes qué está pasando entre estos dos?
—Solo sé que han discutido —responde ella, encogiéndose de hombros y con la mirada apagada.
Su amigo la mira. Después mira la puerta.
—Algo me estoy perdiendo —murmura.
Andrea alcanza a Pablo en la acera.
—¿Vas a seguir comportándote como si yo tuviera la culpa de todos tus problemas?
Él se detiene, respira hondo y se gira, resignado.
—¿Y qué quieres que te diga, Andrea?
—Pues no lo sé, Pablo. Pero no ignorarme durante toda la tarde habría ayudado.
—Mira, no quiero discutir —añade, cansado—. Dijiste que cuando quisiera hablar contigo te llamara, ¿no? Pues ya está.
Se da la vuelta y se va, dejándola plantada.
Ella se queda en shock, con la boca entreabierta. Pero no dice nada. No tiene palabras. O tiene demasiadas.
Cuando consigue reaccionar, entra y se sienta de nuevo sin mirar a nadie. Tiene la mandíbula apretada y los puños cerrados. Leo la observa y sabe que está al límite. Clara lo ve también. Mira a su amiga con ternura. Luego, consciente de que las dos ya han tenido suficiente, propone:
—¿Voy al baño y nos vamos ya?
Andrea asiente sin levantar la vista.
Cuando se quedan solos, Leo le toma la mano suavemente.
—Oye, no sé qué ha pasado, pero si necesitas hablar, estoy aquí, ¿vale?
Ella lo mira y, con una sonrisa triste, susurra:
—Te lo agradezco.
Cuando llegan a casa, solo se respira silencio. La terraza está vacía. No hay vino. No hay risas.
Clara está encerrada en su habitación, abrazada a una manta y pensando en Max, en su propia necesidad de huir y en lo que está sintiendo pero no quiere admitir.
Andrea, por su parte, está tumbada en su cama, con el móvil en la mano, mirando una conversación que no se actualiza. Pensando en Pablo, en lo que ya se han dicho y en lo que están callando.
Y, mientras tanto, dos puertas cerradas, dos corazones revueltos y una amistad en pausa que, por suerte, aún sigue intacta.