No te creo nada
C lara llega al parque diez minutos antes de la hora acordada, como quien no quiere demostrar que el tema le importa demasiado, pero tampoco puede evitarlo. Tiene las manos frías, los nervios calientes y una sensación rara en el estómago, como un principio de fiebre.
Quedar con Max para hablar parece lo más sensato, lo maduro. Cerrar el tema, se dice. Pretende resolverlo para que deje de doler. Qué ilusa.
Se sienta en el lado más alejado de un banco cualquiera y cruza las piernas con cuidado. Se jura no ponerse nerviosa y no mirar sus labios. Bajo ningún concepto mirar sus labios.
Max llega cinco minutos tarde, serio, tanto que parece que van a debatir sobre un conflicto internacional. Lleva las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada. Cuando la ve, asiente en vez de sonreír.
—Hola.
—Hola.
Se sienta en el otro extremo del banco. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Lo justo para que el aire entre ellos arda de incomodidad.
Es ella quien toma la palabra:
—Estamos de acuerdo en que lo que pasó fue un error, ¿no?
Él asiente, aparentemente convencido.
—Sin duda. Un calentón.
Clara traga saliva. Quisiera que esa frase le aliviara, pero no lo consigue.
—Yo había tenido un día raro —añade, como disculpa, como escudo—. Y tú me sacas de quicio.
Max la mira sin cambiar su expresión.
—Eso es. Tú estabas enfadada con el mundo y yo me dejé llevar. No pensé.
A Clara no le gusta esa última frase. Le toca algo.
—Ah, ¿sí? —dice, alzando una ceja—. ¿Y ahora resulta que vas consolando a chicas rotas por ahí?
—No empecemos otra vez, Clara —suspira, con el cansancio en los hombros—. Te estoy dando la razón.
Ella lo observa. Lo analiza. Lo descifra. Y entonces suelta:
—¿Sabes qué pasa, Max? Que no te creo nada.
Él parpadea, desconcertado.
—¿Perdón?
—Si tan claro lo tienes —se inclina hacia él sin dejar de mirarle a los ojos—, ¿por qué no paras de mirarme la boca?
Se produce un silencio tenso que podría cortarse con un cuchillo. Él traga saliva. No contesta, no puede. Ella le sostiene la mirada con la seguridad de quien ya ha ganado.
—Cállate, Clara —murmura él, como si se lo pidiera al universo.
Pero ella sonríe mientras levanta la mano con delicadeza para sostenerle la barbilla, obligándolo a mirarla.
—Cállame tú.
Y ahí va otra vez. El beso. No hay dudas. No hay tiempo. Solo ese momento en el que los cuerpos gritan que sí, antes de que las cabezas puedan negarse.
Es más rabia que ternura. Más fuego que calma. Como si se odiaran por desearse tanto. Como si el segundo asalto fuera inevitable. Como si besar fuera la única forma de dejar de pensar.
Pero, de pronto, Clara siente algo nuevo.
No un deseo ni un impulso, sino un pellizco en el pecho. Pequeño. Lento.
Peligroso.
Y lo entiende: podría acostumbrarse a esto, a él. No solo a sus labios, también a su manera de mirarla, como si supiera quién es, incluso cuando ni ella misma lo sabe.
Se aparta de golpe, como si se hubiera quemado.
—Tengo que irme —susurra, descolocada.
Max abre la boca para decir algo, pero ella ya está de pie. No le da tiempo. Ni una excusa. Ni una explicación. Solo un rastro.
La ve alejarse con paso rápido y sin mirar atrás, al tiempo que él se queda en el banco, con los labios ardiendo y la cabeza hecha un nudo.
En ese mismo instante, en otro punto de la ciudad, la puerta del piso de Pablo se abre en cuanto Andrea llama al timbre.
Él ya sabe que es ella. Pero no saluda, porque tiene el teléfono pegado a la oreja y la expresión…
Uff. Andrea nunca le había visto esa expresión antes.
Tensa, frustrada. Como si el aire pesara el triple.
Entra en silencio. No quiere interrumpir, porque algo le dice que esto es importante.
—Sabes tan bien como yo que eso no es justo, Beatriz.
Beatriz . Vale. Su hermana.
Andrea se sienta en el sofá mientras lo observa caminar de un lado a otro del salón, con el móvil en la mano, como si le quemara.
—Me da igual. Te estoy diciendo que no voy a ir y punto. Paso de prestarme a que papá me siga humillando en público. No me da la gana. Esa explicación debería servirte.
Silencio. Escucha lo que le dicen al otro lado. Aprieta los dientes.
—Pues cojonudo. Haced lo que queráis, pero no contéis conmigo.
Y cuelga. Sin más.
Se apoya con las dos manos contra la pared, frente a la ventana. Baja la cabeza. La sube, despacio, como si al mirar a través del cristal pudiera ordenar su mundo.
Andrea se levanta y se le acerca por detrás, lo rodea con los brazos y apoya la frente en su espalda, sintiendo el suspiro que aflora del interior de su novio.
—Siento que hayas tenido que ver esto.
Ella no responde; se limita a acariciarle el abdomen con ternura.
—Es el cincuenta aniversario de la empresa y van a hacer una fiesta —continúa—. Ya sabes. Y paso de ir porque sé cómo va a terminar. Pero mi hermana no lo entiende… o no quiere entenderlo. No sé. A veces siento que se le olvida cómo es mi padre.
Andrea guarda silencio. Luego, con todo el cuidado del mundo, dice:
—¿Nunca has pensado en cortar la relación con él, cariño?
Pablo se gira despacio, sin creérselo del todo.
—¿Qué?
—No digo que montes un pollo —matiza—. Pero está claro que tu padre no te hace bien. Me da la sensación de que te trae más disgustos que alegrías. Tal vez sería bueno que te alejaras un poco.
Él frunce el ceño y, cuando habla, la voz se le vuelve cortante:
—¿En serio me estás diciendo esto, Andrea? ¿Pero cómo coño lo voy a mandar a la mierda? ¡Que es mi padre, joder!
Ella se encoge un poco, pero no se aparta.
—Sé que es difícil hasta planteártelo, amor. Pero a veces es lo mejor.
—Bueno, esto ya es lo que me faltaba —dice él, exagerado, fuera de sí—. ¿Te has vuelto loca o qué te pasa?
Andrea se tensa.
—No me hables así, Pablo.
—¿Y cómo quieres que te hable después de decirme que lo mejor es que saque a mi padre de mi vida?
Ella respira hondo, intentando no perder la paciencia.
—¿No te das cuenta de que te saca de tus casillas? Que este cabreo tuyo no es conmigo. Porque lo que te acabo de decir no es como para que te pongas así. —Traga saliva—. Lo que pasa es que, como no te atreves a encararte con tu padre, la tomas conmigo porque soy la que te ha pillado cerca.
Él se ríe. No de verdad. Ríe como quien no sabe qué hacer con todo lo que le hierve dentro.
—¡Genial! Ahora soy yo el malo. Perfecto, Andrea, perfecto.
Ella contiene el impulso de responder con el mismo tono. Se obliga a respirar, a elegir la calma.
—Creo que es mejor que me vaya antes de que nos digamos cosas que no sentimos. Cuando se te pase y quieras hablar, me llamas.
Se marcha, sin portazo ni drama. Pero duele. A ella. A él. A lo que estaban construyendo juntos.
Pablo se queda de pie, mirando la puerta. No sabe si tiene más rabia o más miedo. Pero, sea lo que sea, le arde. Y mucho.
Mientras tanto, Max sigue en el banco.
No se ha movido desde que Clara se fue. Mira el camino por el que ha desaparecido, como si esperara que volviera, como si no entendiera nada.
Y no entiende nada.
Se lleva el pulgar al labio y percibe que sigue ardiendo.
Y entonces sonríe. No porque tenga respuestas, sino porque, por una vez, no le molesta estar en mitad del caos, porque Clara huele a lío.
Y eso, por extraño que parezca, cada día le gusta más.