Fue un error y no volverá a ocurrir
A la mañana siguiente, Clara se despierta con la cara medio pegada a la almohada y el corazón acelerado, sin saber muy bien por qué. Durante un instante cree que ha soñado algo raro. Luego recuerda que no fue un sueño, que pasó de verdad, que pasó con él.
Se sienta en la cama como si acabara de correr una maratón.
—Fue un calentón —dice en voz alta, como si al verbalizarlo pudiera reducirlo a eso.
Se levanta bruscamente y se mete en la ducha, dejándose empapar con agua tan fría que se le corta el aire. En su cabeza, una voz grave resuena con fuerza:
«Ni que me importara tanto. Ni que fuera a repetirlo. Ni que me temblaran las manos cuando recuerdo cómo me miraba».
En el espejo, mientras se desenreda el pelo, ensaya mentalmente su versión oficial de los hechos:
«Un error. Un desliz. No significó nada. No volverá a ocurrir».
Como si repitiéndolo lo suficiente pudiera convertirlo en verdad.
Paralelamente, Max está tumbado en el sofá. Se levanta, va hasta la cocina y vuelve con un café, que se enfría sobre la mesa. Mira el móvil. Nada.
«Bien. Mejor así. Mejor no saber nada».
Pero lo piensa mientras se imagina qué estará haciendo Clara en ese momento y se deja invadir por las dudas:
«¿Estará bien? ¿Estará igual de confundida? ¿Se arrepiente?» Sacude la cabeza. No va a llamarla ni a escribirle. Ni de coña.
—Fue solo un error —murmura.
Y justo al decirlo, se da cuenta de que suena más como una excusa que como una verdad absoluta.
—¿Y tú qué tal? —pregunta Andrea mientras remueve el azúcar de su café.
—¿Yo? Bien. ¿Por qué no iba a estarlo? —Clara contesta demasiado rápido.
—No sé. Estás como, no sé… rara.
Clara hace una mueca, como si no supiera de qué le está hablando.
—¿En plan?
—Como si estuvieras evitando pensar. En general. En ti misma. En todo.
—Qué profunda te has vuelto desde que estás enamorada —dice, fingiendo una sonrisa.
—Será eso —responde su amiga, sin demasiada convicción. Clara cambia de tema. Le pregunta por Pablo, por el trabajo, por cualquier cosa que la aleje de ese punto exacto donde se quema por dentro.
Ya en el descanso del trabajo, Leo deja dos cafés sobre la mesa y se sienta frente a Max.
—Vale, me estás rayando. ¿Te ha poseído el espíritu de un monje o algo?
Porque llevas días en modo piedra.
Max se encoge de hombros y bebe.
—Estoy bien.
—No lo pareces.
Silencio.
—¿Ha pasado algo? —insiste Leo.
—No —responde—. O sí, no sé.
Leo lo mira, medio serio, medio riéndose.
—¿Con quién te has liado?
—¿Qué?
—Es eso, ¿no? Te has liado con alguien que no esperabas. Estás en plan drama silencioso.
Max niega, dejando escapar una risa diminuta.
—No es eso. Fue una tontería.
—¿Entonces sí es eso?
—Leo…
—Vale, vale —responde, levantando las manos—. Pero si te sirve de algo, parece que no fue tan tontería como quieres hacerte creer.
Leo cambia de tema, pero deja la frase flotando. Max se queda en silencio, apretando su botella de agua como si pudiera hacerla estallar.
Ya de noche, Clara se desmaquilla frente al espejo. Tiene la cara seria y los labios secos. Se detiene un segundo y mira su reflejo con más intensidad de la habitual.
—No fue nada —murmura.
Pero se le escapa una sonrisa minúscula, casi imperceptible. Una mueca de contradicción, como si su cuerpo la traicionara.
Mira el móvil. No hay mensajes. Abre la conversación con Max. La cierra. Vuelve a abrirla. Escribe «ey». Lo borra. Bloquea la pantalla.
Suspira. Ya no se aguanta a sí misma.
Se mete en la cama con los cascos puestos, pone una playlist que no ayuda en absoluto y se tapa con la manta hasta la nariz, como si así pudiera esconderse del deseo.
En casa de Max se respira silencio. En su cabeza, no.
Piensa en lo que le dijo a Leo, en lo que no dijo, en lo que se está diciendo a sí mismo desde hace días. Respira hondo, se pasa la mano por la nuca y mira el móvil. No escribe.
Y, justo antes de acostarse, cuando casi se ha autoconvencido de que lo que pasó fue una tontería, sin darse cuenta, una idea se fija en sus pensamientos:
«Pero joder… cómo besa».