Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna ¡No te aguanto más!
67%

¡No te aguanto más!

L a mañana de domingo amanece en el pueblo envuelta en una calma que da envidia.

Andrea abre los ojos sin prisa, saboreando el calor de las sábanas y el cuerpo de su novio pegado al suyo.

Él aún duerme, con la respiración pausada contra su nuca.

Se gira lenta­mente, le acaricia la espalda con los dedos y lo besa en el hombro.

Pablo se remueve y la abraza con fuerza, como si el mundo no ex­istiera más allá de ese colchón y ese instante.

Podrían quedarse ahí todo el día. De hecho, por un segundo, creen que lo harán.

Pero no.

Se levantan con calma, desayunan entre mimos y caricias, recogen sus cosas y salen de la casita rural.

En el coche, él conduce con una mano y, con la otra, entrelaza sus dedos con los de ella.

El plan es hacer una parada a medio camino, en una zona campestre que encontraron por internet, comer allí y volver a casa a media tarde.

Sin prisa. Sin ruido. Solo ellos.

En la ciudad, las horas avanzan al ritmo frenético de siempre.

A mediodía, Clara sale de su restaurante japonés de confianza con una bolsa de sushi para llevar.

Se ha dado el capricho. Aunque no sepa muy bien por qué, hoy necesitaba algo que le gustara.

Camina sin una dirección clara, medio distraída, repasando listas mentales de cosas por hacer, cuando de repente…

¡PUM!

Se choca contra alguien que sale de un portal justo en ese mo­mento.

—Perdona, iba…

—Lo siento, no…

Ambos se interrumpen. Y entonces se miran.

Max.

Clara parpadea. Él sonríe, algo torpe.

—Tenemos que dejar de vernos así, ¿no crees?

—Bueno —contesta ella, frunciendo el ceño—, tal vez si dejaras de evitarme podríamos vernos en la cafetería o en La Zurda.

Max la mira, confundido.

—¿Que yo te evito? ¿Y tú?

—¿Yo? —arquea una ceja—. Perdona, pero eres tú el que pone excusas tontas cuando Leo dice de quedar.

Él ya no sonríe tanto.

—Tú eres más de fingir que tienes prisa cuando me ves, ¿no?

—Eso no es verdad, Max. ¿Por qué te cuesta tanto admitir que tengo razón?

—Porque no la tienes —responde él, encogiéndose de hombros, como si le diera igual.

—Claro. Porque el señorito nunca se equivoca —se cruza de brazos.

—A estas alturas, ya deberías saber que los dos pecamos de lo mismo.

—¡¿Puedes parar de competir un segundo y pensar en lo que estás diciendo?!

—¡¿Puedes tú dejar de cacarear por una vez y darte cuenta de que el que tiene razón soy yo?! —eleva el tono mientras da un paso hacia ella, sin ser consciente de lo cerca que están.

Ella inspira hondo, intentando no gritar.

—Te juro, Max, que cuando te pones así, eres insoportable.

Silencio. Uno de esos que pesan más que las palabras. Están demasiado cerca. Se respiran, mirándose fijamente a los ojos.

De pronto, y sin previo aviso, Clara le mira los labios. Traga saliva. Y entonces susurra:

—Mierda.

Se lanza a su boca, sin más. Sin permiso. Sin lógica.

Él no se aparta. Como si lo hubiera estado esperando desde siempre. La besa como si lo necesitaran los dos para seguir exis­tiendo.

—¿Vives aquí? —pregunta, cortando la urgencia durante un se­gundo.

La respuesta de Max no llega en forma de palabras. Simple­mente se gira y abre la puerta, que aún no se había cerrado del todo.

Entran.

Antes siquiera de que el clic de la cerradura termine de sonar, ya se han vuelto a enganchar. Es como si lo que acaba de pasar en la calle solo fuera una chispa y ahora la combustión ya no pudiera detenerse.

Se besan de forma torpe y urgente, chocando hombros, tirando la bolsa del sushi al suelo sin darse cuenta.

Max la arrincona contra la pared del pasillo, sin querer, sin planearlo.

Clara se ríe, más por la adrenalina que por diversión, pero enseguida vuelve a buscarle los labios.

No hay pausas. No hay reflexión. Solo cuerpo.

Se comen la boca como si hubieran estado aguantando la respiración durante semanas. Como si uno fuera el oxígeno del otro y se hubieran hartado de fingir que no lo necesitan.

Max la agarra por la cintura mientras ella le enreda los dedos en el pelo. Las chaquetas caen sin ceremonia. Las camisetas apenas rozan el suelo antes de que estén ya buscando el siguiente botón, el siguiente cierre, el siguiente lugar donde tocar.

Llegan como pueden al salón. Él tropieza con la alfombra, ella con una silla y se ríen entre dientes, pero ni siquiera se detienen a preguntarse qué están haciendo. Porque lo saben. Porque lo sien­ten en la piel.

Las manos de Max recorren su espalda, rápidas. Las de Clara bajan por su pecho, sin paciencia. No hay lentitud. No hay con­tención. Hay ansia y electricidad.

Se tumban en el sofá, pero no caben bien. Clara se levanta, tira de él y lo arrastra como puede hasta el colchón del dormitorio. Él la sigue sin decir una palabra. Y allí, por fin, sus cuerpos se encuen­tran sin más obstáculos.

No se miran demasiado, solo lo justo para comprobar que el otro sigue ahí.

Pero no hace falta más, porque sus manos hablan por ellos.

La respiración, los empujones y los suspiros acompañan el momento.

El silencio solo se rompe por el golpe contra la madera, la sábana arrugada y el roce de piel contra piel.

Clara se muerde el labio. Max cierra los ojos con fuerza.

No hay dulzura, hay intensidad.

No hay promesas, hay verdad.

No hay calma, hay entrega.

Y cuando acaban, no hay palabras. Solo cuerpos exhaustos. Y ese aire cargado que aún tiembla. No hablan porque no saben cómo hacerlo.

De pronto, ella siente la urgencia de vestirse y lo hace en si­lencio, evitando mirarlo, mientras él permanece sentado al borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas.

Cuando termina, abre la puerta y se va. Sin cerrar de golpe, pero sin mirar atrás, mientras Max permanece impasible, con la mirada perdida.

Al llegar a casa, abre la puerta y entra rápido, como si acabara de pasar a su lugar seguro.

Lleva todo el camino concentrada en dar un paso después del anterior, sin permitirse el lujo de reflex­ionar sobre lo que acaba de vivir.

Se apoya contra la puerta como si le costara mantenerse en pie.

Respira hondo. Cierra los ojos. Siente que el peso de lo ocurrido empieza a resultar un tanto incómodo. Pero…

—¿Clara?

La voz la sobresalta. No se acordaba de que volvían hoy.

Se gira y se encuentra con Andrea mirándola desde el sofá, ex­trañada. A su lado, Pablo, con el ceño fruncido y la boca llena de palomitas.

En la tele se intuye una película.

—Me voy a la cama —dice, sin mirarlos, sin detenerse.

Pasa por delante del salón como si nada y se encierra en su hab­itación.

El silencio no tarda en llenarlo todo.

Pablo se traga las palomitas con esfuerzo y murmura:

—¿Crees que sabrá que son las siete de la tarde?

Andrea se echa a reír, todavía en shock.

—Sinceramente, yo no voy a ir a decírselo.

Más tarde, cuando la noche ya ha caído, Andrea está en la ter­raza, envuelta en una manta fina y con una copa de vino en la mano. Clara aparece sin decir nada. Lleva ropa de estar por casa y la mirada perdida.

Se sienta a su lado al mismo tiempo que Andrea bebe un trago. Luego, con tono tranquilo, sin sarcasmo, pero con curiosidad, pregunta:

—¿Has matado a alguien y has decidido ocultármelo, o…?

Clara resopla, jugueteando con la carcasa de su móvil.

—¿Y el finde filosófico? —pregunta, como quien lanza un balón a otro campo.

—Bonito. Pero ahora mismo tengo más ganas de saber qué bicho te ha picado a ti.

—No es nada. Solo… ha sido un día raro. Eso es todo.

Andrea no insiste, la mira de reojo y le da otro sorbo al vino.

Su amiga no menciona que ha sido con Max. Ni que la tensión entre ellos ha explotado sin ningún tipo de control. Está demasiado ocupada pensando:

«¿Pero qué coño hemos hecho?»