Mi panadero favorito
E l sábado por la mañana, la luz entra suave por la ventana abierta. Se oye algún pájaro cantar, lejano. Andrea abre los ojos despacio, parpadea, estira un brazo en busca de Pablo, pero no lo encuentra. Se sienta, aún medio dormida.
Entonces lo huele.
¿Pan?
Se pone la sudadera, se peina el pelo con los dedos y baja las escaleras en calcetines.
Al llegar a la cocina, encuentra a Pablo, que parte una barra de pan recién hecha sobre la mesa, con una sonrisa satisfecha que no necesita testigos.
Cuando la ve aparecer, con cara de almohada y sorpresa, le guiña un ojo.
—Te debía una barra de pan sin chamuscar —dice.
Andrea se sienta, huele el pan con gesto ceremonioso, arranca un trozo y lo prueba. Está delicioso. Crujiente, templado, suave. Pero levanta una ceja y comenta:
—Me gustó más el otro. A este le falta algo… —finge pensar con todas sus fuerzas.
Pablo se sienta a su lado, arrastra su silla un poco más cerca y la mira con gravedad fingida.
—¿Sabes qué le falta?
Ella, conteniendo la risa, niega muy seria.
—Dímelo.
—Un te quiero.
Y la besa de forma cálida. Cuando se separan, Andrea pone cara de disconformidad y añade:
—No —niega enérgicamente—. Yo creo que le falta quemarlo un poquito más.
Él le da un golpe flojo con un trapo de cocina, arrancándole una carcajada y otro beso robado.
La mañana comienza bien, sin duda.
Mientras él prepara el desayuno, Andrea hojea el programa de la feria.
—A ver —susurra, abriendo el librito—, ¿qué podemos hacer hoy?
—Hay un taller de escritura dentro de un rato —contesta, dándole la espalda y tratando de sonar casual—. Eso podría estar bien.
Ella cierra el programa sin mirarlo, sabiendo de sobra que ya se lo ha estudiado de memoria.
—¿Y luego?
—Luego hay una ruta de filósofos descarriados. No te doy más pistas, pero puede que Sócrates esté en la frutería.
Andrea frunce el ceño, divertida.
—¿Y eso dura toda la tarde?
Pablo sonríe mientras se gira para mirarla, misterioso:
—No, pero lo de después es sorpresa.
Ella lo observa, dándose cuenta de que hay algo en sus ojos que vuelve a brillar. Ese algo que llevaba días desaparecido. Y lo adora.
Más tarde, en el taller de escritura, Pablo escribe concentrado, con el ceño fruncido y los dedos firmes. Andrea, en cambio, finge estar muy metida, pero en realidad compone una poesía absurda sobre él y su don para hacer pan.
Al finalizar el taller, ofrecen leer los textos en público. Él levanta la mano sin pensarlo.
Su escrito habla sobre la trampa de dar las cosas por hechas. Sobre cómo los gestos cotidianos son tan valiosos como los grandes cambios. Sobre la belleza de repetir lo importante cada día.
Andrea lo aplaude con entusiasmo desmedido, sonriendo como una groupie , para hacerle pasar vergüenza.
Al salir, Pablo le pregunta:
—¿No te animas a leer el tuyo?
—El mundo no está preparado para esta obra de arte —responde solemne, mientras le tiende la hoja.
Pablo empieza a leer en voz alta con tono serio:
—Al pan pan y al Pablo… horno. Amasas pensamientos mientras la masa sube, y con cada corte a la baguette conquistas mi corazón crocante. Dios de la harina, chamuscador de primeras veces, dame tu miga. Y tu miguita también.
Rompen a reír, se abrazan brevemente entre carcajadas y ambos son conscientes de que el día sigue yendo en buena dirección.
Ya por la tarde, se presentan a la actividad, que consiste en un paseo guiado por el pueblo con actores disfrazados de figuras conocidas filosofando en contextos absurdos.
Sócrates discute con una señora sobre los precios del melón. Simone de Beauvoir reparte panfletos sobre amor libre en una peluquería. Nietzsche grita en la plaza: «¡Todo fluye, incluso el vino de la casa!».
Andrea y Pablo lo viven entre risas, fotos y guiños. Ella le compra un imán personalizado que dice: Cogito ergo panis . Él se lo guarda en el bolsillo con una sonrisa idiota.
Al terminar el paseo, Pablo la toma de la mano y, sin decir nada, la guía por las calles del pueblo como si se lo conociera a la perfección.
Llegan a una pequeña bodega iluminada con farolillos, lo que la hace sonreír, sorprendida.
No necesita que se lo expliquen y ya sabe que le encanta.
Se sientan en una mesa y un sumiller empieza a relacionar cada vino con una corriente de pensamiento:
Vino dulce con hedonismo, porque entra fácil, da gustito inmediato y te hace pensar que la vida es corta y que el postre debería ir antes del plato principal.
Vino ácido con existencialismo, porque te hace fruncir el ceño y preguntarte: ¿por qué estoy bebiendo algo que me juzga mientras baja por mi garganta? Cada trago es una crisis existencial en miniatura.
Vino complejo con filosofía oriental, porque no se deja entender a la primera. Hay que detenerse, oler, saborear, respirar, dejarse llevar… y cuando por fin crees que lo pillas, cambia de matiz.
Vino espumoso con idealismo, porque siempre promete más de lo que da.
Andrea no deja de flipar con cada comparación. Pablo se limita a observar, feliz. No por el vino. Por ella.
Por la noche, ya en la habitación, Andrea está tirada boca arriba en la cama, con los brazos extendidos y el pelo como una corona sobre la almohada. Pablo se sienta a su lado y la observa en silencio. Ella lo mira y, entrelazando sus manos, le pregunta:
—¿Cómo te has sentido hoy?
—Sin duda, el mejor momento de mi vida ha sido cuando he tenido el honor de leer tu poema.
—Idiota —responde, con media sonrisa y dándole un golpecito en la espalda.
Él se tumba a su lado, boca abajo. Luego se pone más serio.
—No, pero fuera bromas, ha estado muy bien. Y lo que más me ha gustado es poder compartirlo contigo.
Ella se gira de lado, le da un pico suave y empieza a acariciarle la espalda. Él la mira y le devuelve la duda:
—¿Y tú? ¿En qué piensas?
—En que lo que más me gusta a mí es ver cómo recuperas tu brillo.
En cuanto escucha esas palabras, Pablo baja la mirada.
—La verdad es que lo de Aitor me mató —reconoce bajito—. No fue lo que dijo. Fue el cómo. Como si fuéramos solo conocidos, sin historia. Como si no le hubiera visto derrumbarse mil veces. Como si yo no le importara.
—Y si quisiera hablar contigo más adelante, ¿le escucharías?
—Me encantaría decirte que sí, pero ahora mismo no sé si me interesa lo que tenga que decir —se gira, boca arriba, dejando que ella apoye la cabeza sobre su pecho—. Pero bueno, no quiero seguir dándole protagonismo como si se lo mereciera. Paso de que me arruine este momento también.
Andrea levanta la cabeza para mirarlo. Él le besa la nariz. Ella sonríe. Se acercan. Se acarician. Nariz con nariz. Silencio.
Pablo se gira hacia ella, le rodea la cintura, sus bocas se encuentran. Despacito. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Se acarician el pelo, la espalda. Siguen besándose. Se respiran. Se calman. Se encienden. Y entonces, se aman. Lento, suave, sin urgencias. Como quien explora sin mapas. Como quien sabe que ya ha llegado.
No hablan más esa noche. No hace falta. Porque cuando el cuerpo susurra, el alma escucha más fuerte que nunca.