Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna A veces el viento es suficiente
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A veces el viento es suficiente

H an pasado varios días desde que Pablo y Aitor hablaron y, lejos de levantar cabeza, Pablo parece más hundido que nunca. Está más callado, más encerrado en sus pensamientos, más apagado. Lo que antes era tristeza ahora se parece peligrosamente a inercia. Está, pero como si no estuviera.

Andrea no ha dejado de observarlo en silencio.

Lo ha abrazado. Lo ha besado. Le ha propuesto planes.

Le ha acariciado la espalda cuando no podía dormir.

Ha estado. Siempre está. Y aunque sabe que Pablo lo agradece, que su presencia no le es indiferente, no está funcionando.

Y ella, que ya conoce el brillo de su novio como co­noce su propio reflejo en el espejo, se ha prometido que no va a dejar que se apague sin intentar algo más.

Y ese algo más empieza hoy.

Es viernes por la mañana y Andrea no trabaja. Se despierta sola en casa de Pablo; él ya se ha ido a trabajar. Se despereza rápido, motivada. Desayuna mientras navega por internet. Hace búsque­das, compara opciones, escribe notas. Y cuando lo tiene claro, se pone en marcha.

Le prepara una maleta con todo lo necesario para un fin de se­mana sin obligaciones. Luego va a su casa y mete la suya en el ma­letero. Y entonces, ya lista, se dirige al instituto, a la hora en la que sabe que él termina las clases.

Antes de bajar del coche, le escribe a Clara:

La respuesta llega al instante:

Sonríe mientras levanta la vista y lo ve salir por la puerta. Viene caminando despacio, con los hombros vencidos y el gesto cansado. Cuando se da cuenta de su presencia, frunce ligeramente el ceño mientras se acerca.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, sorprendido.

Andrea se esfuerza por sonreír. Lleva días forzándose a hacerlo cada vez que la mira, esperando que en algún momento él le de­vuelva el gesto.

—Hola, guapo —responde, con un beso suave en los labios—. Sube al coche. Nos vamos.

Pablo la observa, sin comprender del todo. Pero cuando Andrea lo mira así, le es imposible negarse. Así que asiente con lentitud y, sin más preguntas, obedece.

Ya en marcha, la mira de reojo varias veces, hasta que final­mente se rinde:

—¿A dónde vamos?

Ella sonríe, sin apartar la vista de la carretera.

—Ningún viento es favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige —recita despacio—, pero a veces el viento es suficiente.

Pablo parpadea un par de veces.

—¿Acabas de hacer una colaboración con Séneca?

—La he ensayado toda la mañana —confiesa entre risas.

Él deja escapar una risita breve, tímida. Es la primera en días y ella la guarda como si fuera oro.

De pronto, el coche se adentra en un pueblo lleno de luz, con balcones floridos, puestos en la plaza y música suave que llega desde una esquina. Pablo tensa ligeramente la mandíbula. ¿En se­rio lo ha traído a una fiesta?

Cuando su novia aparca frente a una casita preciosa de piedra clara, él la mira con precaución.

—Andrea, cariño —dice, liberando un suspiro—. No quiero cor­tarte el rollo, pero no me apetece hacer esto. Solo quiero estar tran­quilo este finde.

Ella le acaricia la mejilla, le da un beso corto y, sin separarse del todo, responde:

—Lo sé. Pero te prometo que, si le das una oportunidad al plan, el domingo no vas a querer marcharte.

Y, sin más, se baja del coche y abre el maletero, por lo que Pablo respira hondo y la sigue, resignado.

Tras instalarse, comen algo rápido y ligero en la cocina. Andrea parece contenerse, como si estuviera a punto de desvelar una sor­presa increíble. Finalmente, le entrega un pequeño librito colorido, mordiéndose el labio con una sonrisa.

Pablo lo examina; en la portada puede leerse: «IX edición de “Pensar en voz baja”: encuentro de ideas lentas para tiempos rápi­dos».

Él ladea la cabeza, desconcertado.

—¿Me has traído a una feria de filosofía?

Ella asiente, emocionada.

—Llevas toda la semana de bajón y ya no sabía qué más intentar para animarte. Entonces recordé que una vez me hablaste de que te gustaría ir a alguna, así que me pareció una última bala bastante decente.

Él la observa, cambiando su expresión despacio, de forma in­consciente. Y ahí está: su sonrisa. Pequeña, pero real.

Andrea se levanta y le tiende la mano.

—¿Vamos?

Él acepta, encantado.

Paralelamente, de vuelta en la ciudad, La Zurda está tranquila. Clara entra con el bolso al hombro y se sienta frente a Leo, que la espera con una cerveza ya servida.

—¿Qué pasa, abogada del caos? —saluda él.

—He venido a por mi dosis de vino semanal, que me lo he ga­nado.

Hablan con ligereza durante unos minutos, hasta que Leo suelta, como quien lanza una piedra a un lago:

—Le he dicho a Max que se viniera, pero ha puesto una excusa rarísima, como si estuviera nervioso de repente.

Ella se tensa al escuchar ese nombre. Tarda un segundo de más en responder y, cuando lo hace, no es capaz de mirar a su amigo a los ojos.

—Pues nada —se encoge de hombros, fingiendo indiferencia—. Será que no le apetece. O a lo mejor está liado.

Leo la mira, frunciendo el ceño.

—De verdad que estáis los dos de un raro que no hay quien os entienda.

Clara centra la mirada en su copa de vino, pero su mano tiembla un poco cuando la estira para cogerla.

El sol sigue alto cuando Andrea y Pablo recorren el pueblo. Pa­sean despacio entre librerías con nombres como «El verbo lento» o «La idea errante». Hay citas pintadas en los muros, libros viejos en cajones de madera, talleres improvisados en patios interiores. El ambiente es espectacular.

Andrea camina cogida del brazo de su novio, con la cabeza apo­yada en su hombro. No hablan mucho. Comparten miradas, alguna risa baja, besos suaves. Es todo lo que necesitan en este momento.

En uno de los puestos, ella se detiene cuando un libro antiguo llama su atención. El librero, un hombre de pelo blanco y gafas redondas, le explica:

—Este ejemplar fue escondido durante la dictadura. Un profesor lo prestaba envuelto en papel de periódico a sus alumnos. Lo de­volvían con una flor seca entre las páginas para avisar de que estaba a salvo.

Ella lo mira, fascinada. Se gira hacia Pablo con expresión de cu­riosidad pura e inocente. Él no dice nada; está ocupado observán­dola mientras no puede dejar de pensar que ha encontrado a su persona favorita del mundo y que algún día se casará con ella.

Ya de noche, en la casita, él sale a la calle tras darse una ducha. Encuentra el porche lleno de velitas, un mantel bonito, dos platos humeantes y una copa que Andrea le tiende.

—Sé que no eres muy de vino, pero este lo tienes que probar. Es la bebida de los dioses, cariño.

Le da un sorbo.

—Qué rico.

Ella sonríe.

—Sabía que te iba a encantar.

Él la mira.

—Más me encantas tú.

Se sientan abrazados bajo una manta. Cenan sin prisas, comen­tando cosas pequeñas, dejando que la paz haga su magia.

Después, se quedan en silencio, con la mirada puesta en las es­trellas. Y entonces Pablo habla, sin desviar la vista:

—He de reconocer que has jugado bien tus cartas.

Andrea lo observa, suave.

—Te quiero —susurra, mientras su expresión grita que no está dispuesta a dejarlo caer.

Él gira la cabeza para darle un beso en la frente.

—Y yo a ti.

Vuelven a mirar al cielo. Juntos. Por fin, en calma.