Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna No fue para tanto, ¿no?
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No fue para tanto, ¿no?

A la mañana siguiente, Clara abre los ojos antes de que suene la alarma. Está boca arriba, con la mirada fija en el techo, y no sabe si ha dormido o si ha estado en pausa toda la noche. Se incorpora despacio, como si tuviera agujetas en el pecho.

En cuanto sus pies tocan el suelo, su mente le lanza la frase, sin pedirle permiso:

«No fue para tanto».

Se la repite en silencio mientras enciende la cafetera.

Una vez más mientras se pone la coleta. Otra cuando se cruza con Andrea en la cocina y le sonríe como si todo estuviera bien.

Y una más mientras camina hacia el trabajo, al tiempo que los tacones de sus botines marcan el ritmo de una convicción que todavía no siente del todo:

«Solo fue una tontería. Estábamos en tensión, yo acababa de re­cibir ese mensaje de Aitor, él seguramente quería consolarme y nos acercamos demasiado. Nada más».

Pero algo dentro de ella —algo pequeño, como una astilla bajo la piel— no deja de insistir. Porque no fue exactamente «nada». Por­que cuando Max se inclinó, no lo hizo solo por impulso. Y ella no se apartó ni un milímetro.

«Tampoco pasó. ¿Qué más da?»

Se repite eso justo cuando cruza la puerta de la cafetería. Entra con el abrigo a medio quitar y el móvil en la mano y, como cada mañana desde hace semanas, su cuerpo reacciona antes que ella, girando la cabeza, buscando a Max.

Pero él no está.

«No pasa nada», trata de convencerse.

«Tal vez hoy venga más tarde. Tal vez ya se haya ido. Tal vez esté ocupado, tiene vida propia. Clara, por favor, no dramatices».

Pide el café. Se sienta. Finge que mira Instagram. Mira la puerta cada vez que suena. Nada. Un cuarto de hora. Veinte minutos. Cua­renta. El café se enfría. Su gesto también… Y, encima, ahora llega tarde.

Se muerde el labio. Suspira. Y piensa, una vez más:

«No fue para tanto. Me da igual si no aparece».

Aunque su cara diga exactamente lo contrario.

En otro punto de la ciudad, Max revuelve su café por tercera vez sin probarlo.

Lleva media hora sentado en una cafetería a cinco calles de la habitual, con el portátil abierto y la mirada perdida.

Tiene una pestaña con unas fotos en blanco y negro que no ha editado y otra con una canción de fondo que ni está escuchando.

Se pasa una mano por el pelo. Suspira. Bebe un sorbo amargo.

«No pasó nada. No pasó absolutamente nada».

Lo piensa como si fuera un mantra, como si pudiera convencer a su cerebro de que ese momento en la cocina fue solo eso: un se­gundo raro, un lapso emocional.

«Nos acercamos un poco de más. Fin. Ya está».

Pero entonces le viene la imagen. Clara con la botella de vino en la mano, su sonrisa, sus ojos susurrándole «estoy bien» y no in­tentando fingirlo. La forma en que no apartó la mirada. Ni la cara. Ni el cuerpo.

Traga saliva. Se muerde el labio inferior, fuerte, hasta notar el calor.

«Vale. Tal vez hubo algo».

Apoya los codos en la mesa y se masajea las sienes.

«Pero no te conviene, Max. Tal vez no sea una niñata, pero no te conviene. Te desmontaría».

Se queda en silencio. Y justo ahí, en medio de su propia excusa, se da cuenta de que no sabe por qué piensa eso. No hay un motivo racional, solo miedo. Miedo a lo que ella despierta en él. Miedo a que le importe. Miedo a que le duela si luego sale mal.

Como siempre.

Sacude la cabeza, cierra el portátil y se levanta, como si necesi­tara huir de sí mismo.

«No fue para tanto. De verdad que no».

Sin embargo, el destino no avisa y, a veces, se pone juguetón.

A mediodía, Clara dobla una esquina saliendo del juzgado, con la cabeza todavía en el caso que acaba de cerrar. Max viene de frente, cámara al cuello, sin mirar por dónde anda.

Y entonces pasa.

No se chocan, pero por poco. Ambos frenan en seco y se quedan mirando al otro sin saber muy bien cómo reaccionar.

—Hola —dice ella, bajito.

—Ey —responde él, igual de bajito.

Silencio. Están muy cerca. Demasiado para fingir que no hay tensión.

Max aparta la mirada y la vuelve a clavar en los ojos de ella. O tal vez un poco más abajo. Clara también nota cómo se le van los ojos a sus labios, como si tuvieran memoria propia.

—Esta mañana —dice, mientras carraspea—, no he podido ir a la cafetería.

Ella responde rápido. Demasiado.

—Ah, yo tampoco. Se me ha pasado la hora.

No es cierto. Pero no le tiembla la voz, solo las manos.

Asienten los dos, como si hubieran sellado un acuerdo tácito de mentiras piadosas.

Silencio otra vez. El aire se espesa. Se miran la boca una vez más. Luego los ojos. Luego… Clara reacciona.

—Tengo que irme. Me están esperando.

—Sí. Yo también. Ya nos veremos.

Ambos echan a andar en direcciones opuestas.

Pero, a los pocos metros, Clara se detiene y apoya la espalda contra la pared más cercana, tratando de frenar el temblor de sus piernas. Mira al cielo un segundo y cierra los ojos.

Max también se para. Luego apoya una mano contra el escapa­rate de una tienda cerrada y baja la cabeza.

Ninguno lo sabe, pero piensan lo mismo, exactamente al mismo tiempo:

«Si no fue para tanto, ¿por qué siento que, si me hubiera que­dado, esta vez también nos habríamos besado?»

Y esa certeza, tan suave y brutal, es lo que más les remueve.