Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Déjame en paz, tío
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Déjame en paz, tío

P ablo se acomoda la capucha de la sudadera mientras avanza por la acera. Hace frío, pero no es eso lo que le tiene la mandíbula apretada. Al llegar al portal de Aitor, alza la vista y ve que la luz de su salón está encendida.

Saca el móvil del bolsillo y revisa el chat para verificar que el último mensaje que le mandó el día anterior aún no tiene respuesta:

Suspira. Luego pulsa el botón del portero. Un zumbido.

—¿Sí?

—Ábreme.

Ninguna palabra más. Solo el sonido metálico del portal al des­bloquearse.

Aitor lo recibe con una expresión neutral, como si Pablo hu­biera venido a devolverle un libro, no a confrontar la desintegra­ción de su amistad. Cuando sus miradas se cruzan, Aitor intenta justificarse, casi por inercia:

—Perdona, tío. Vi tu mensaje, pero he estado liado.

Pablo lo mira sin decir nada. Espera. Su amigo, hasta ahora, no añade nada más. Así que es él quien arranca.

—¿Bloqueando a Clara?

Aitor parpadea con sorpresa.

—Lo de Clara es otra movida que no viene al caso, ¿vale? Pablo se sienta en una silla. Su voz se mantiene serena, pero ya no hay paciencia en ella.

—No, tío. No vale. Estoy harto de no entender nada de lo que estás haciendo, así que me lo vas a explicar todo.

Aitor respira hondo, como si hubiera estado aguantando ese momento días enteros. Sabe que no puede evitarlo más.

—Verás, es tan sencillo como que he conocido a otra gente con la que estoy más a gusto.

Lo suelta sin adornarlo, como si eso bastara.

Pablo entorna los ojos.

—¿Todo esto es por aquella chica a la que llevaste a la cabaña?

Aitor niega con la cabeza, rápido, casi ofendido.

—Con ella no pasó nada más. Se quedó ahí. Es solo que hace unas semanas salí de fiesta y conocí a unas personas que son más de mi rollo, Pablo. Con ellos puedo ser yo mismo.

—¿Y desde cuándo con nosotros no puedes ser tú mismo? —alza las cejas, incrédulo.

Aitor esboza una mueca. Una que mezcla de fastidio y condescen­dencia.

—No te lo tomes a mal, hermano, pero Andrea y tú estáis a lo vuestro, Leo va a su bola, Marina ni se sabe y Clara…

Se detiene en seco. No sabe ni cómo acabar la frase. Pero Pablo no se lo permite:

—¿Clara qué?

—Clara es muy pesada, tío. —Se revuelve, incómodo—. Y paso de que me esté comiendo la oreja porque no quiero quedar o porque un día se despierte y quiera que volvamos a ser lo que éramos antes. Ya sabes.

—¿Pero en qué momento te has vuelto tan gilipollas, Aitor? —pregunta, incrédulo—. ¿Que quiera volver a ser lo que erais? ¿Tú te das cuenta de que esto que estás diciendo no tiene ningún sentido?

—Es lo que hay —dice, encogiéndose de hombros.

Pablo va más allá. Ya no hay contención.

—¿Sabes cuál es tu problema con Clara? No es que sea «muy pesada».

Es que te dice las cosas como son. Y como no te gustó lo que te dijo el otro día, has decidido bloquearla, como si así le qui­taras la razón.

Y yo no sé si te han convencido de esto tus nuevos amiguitos o si lo has decidido tú solo, pero deberías parar antes de seguir haciéndote más daño.

Aitor levanta la barbilla, molesto.

—Oye, Pablo, ¿por qué no te centras en tus mierdas y me dejas tranquilo con mi vida? Que estaba muy bien hasta que has venido a mi casa a sermonearme.

Pablo respira hondo. Cuando continúa hablando, lo hace bajito, pero sin titubeos:

—¿Y si no qué? ¿Vas a bloquearme también?

El silencio que sigue a la pregunta y la mirada evasiva de Aitor hacen que el aire se espese de pronto, porque Pablo entiende sin necesidad de escucharlo de su boca.

—¿En serio ibas a bloquearme a mí también?

Aitor se encoge ligeramente de hombros, aún sin levantar la vista. Pablo entrecierra los ojos, con una mezcla de rabia y decep­ción. Se levanta y camina hasta ponerse frente a él.

—No. Mírame y ten el valor de decírmelo a la cara.

Aitor tarda un rato en levantar la cabeza. Cuando lo hace, in­tenta fingir que no le tiembla nada.

—Era una posibilidad. Sí.

Pablo asiente, apretando la mandíbula. Hay algo que acaba de romperse sin hacer ruido y ambos lo saben. Después, se da la vuelta y se va, sintiendo que un pedacito de sí mismo se ha perdido en casa de Aitor para siempre.

La calle está muda. Sale del portal sin mirar atrás y, cuando em­pieza a alejarse, alza la vista hacia la ventana de casa de Aitor. Las luces siguen encendidas, pero nadie se asoma. Camina sin prisa, como si no supiera muy bien a dónde va. Pero lo sabe perfec­tamente.

Cuando llega a casa de las chicas, el tardeo ya se ha desinflado. Leo y Max se han marchado, Clara se ha encerrado en su cuarto y Andrea lo espera en el salón, con la manta sobre las piernas y las manos entrelazadas. Cuando escucha el timbre, se levanta nerviosa y abre sin preguntar quién es:

—¿Cómo ha ido?

Pablo la mira, negando con la cabeza. Sus ojos, secos pero tris­tes, dicen todo lo que su boca calla. Ella se acerca y lo abraza con fuerza, envolviéndolo con sus brazos. Él apoya la cara en su hom­bro.

—¿Quieres hablar de ello?

Vuelve a negar, dejando caer su mirada hasta el suelo. Andrea le acaricia la espalda y no hace más preguntas. Pablo camina y se deja caer en el sofá, como si el peso de todo lo que no ha dicho le cayera encima al fin.

No lo verbaliza. No hace falta. Se acabó.