Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Modo imbécil activado
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Modo imbécil activado

L a tensión que ha empezado a generar la situación con Aitor no impide que el resto siga con sus ganas de hacer planes juntos.

Así que al día siguiente organizan una comida para celebrar el fin de semana soleado que les ha tocado vivir.

Nada extravagante, simple­mente algo de picar, bebida fresquita y esa compañía mutua que tanto disfrutan.

La velada transcurre tranquila, casi alegre. Con risas sueltas, bromas tontas y conversaciones extrañas que mezclan temas su­perficiales con reflexiones profundas.

Ahora, en la sobremesa, las copas empiezan a vaciarse más des­pacio. Andrea se despereza en su silla, Pablo juguetea con una ser­villeta arrugada. Max escucha sin hablar demasiado. Clara man­tiene una sonrisa leve, relajada.

De pronto, su móvil vibra. Lo saca sin pensar, aún con el eco de la risa flotando en la mesa. Al ver el nombre en la pantalla, levanta las cejas. No dice nada, pero se queda quieta, leyendo.

Su mejor amiga, que tiene el radar emocional siempre encen­dido, lo nota al instante y le da un toquecito disimulado en el brazo en cuanto termina de leer. Clara la mira sin cambiar la expresión de sorpresa y le muestra la pantalla sin decir palabra.

Leo, que, aunque se haga el distraído, no se pierde ni un parpa­deo, lanza desde el otro lado de la mesa:

—¿Qué pasa?

Silencio.

Andrea lee el mensaje mientras pone cara de estar flipando. Mira a Clara, que le sostiene la mirada un segundo. Luego se gira hacia el resto:

—Que Aitor la acaba de bloquear.

Pablo y Leo responden al unísono:

—¿¡Qué!?

Max no dice nada, pero su ceja alzada y la rigidez de su mandí­bula indican que también lo está pensando.

—¿Pero bloquear bloquear? —pregunta Pablo.

Clara no responde. Simplemente empieza a leer:

—«Hola, Clara. Quería comentarte que creo que lo mejor es que dejemos de tener relación.

Siento que los dos estamos en un mo­mento en el que, si seguimos viéndonos, aunque sea junto con el grupo, llegará un punto en el que terminaremos haciéndonos daño.

Por eso he pensado que lo mejor es bloquearte, porque necesito cerrar este círculo y no me gustaría dar lugar a malentendidos. Cuí­date mucho».

Al terminar, Clara alza la vista y mira a Pablo.

—No sé… ¿Tú qué entiendes?

Él solo alcanza a susurrar:

—Joder.

Leo, más directo, añade:

—¿Pero este tío es tonto o qué le pasa?

Andrea y Pablo empiezan a soltar frases de indignación. El am­biente ha cambiado por completo. La sobremesa ya no es ligera y las copas saben distinto.

Clara suspira, se levanta con calma y, sin cambiar el tono, añade:

—Ya os he dicho que no vale la pena; tiene el modo imbécil ac­tivado. Así que no os rayéis, chicos. Ya se le pasará.

Y se va a la cocina a por más vino.

Se hace un segundo de silencio que se rompe cuando la indig­nación regresa, como una marea. Leo no para de hablar, Pablo le da vueltas a lo que decía el mensaje, Andrea intenta razonar algo, pero no encuentra ni el punto de partida.

Max, en cambio, ve una oportunidad. Se levanta sin decir nada y entra en la casa.

En la cocina, Clara está buscando el abridor con la botella de vino ya en la mano, sin mostrar ningún signo de alteración. Cuando Max aparece, le dedica una sonrisa, una de esas que no buscan convencer a nadie.

Él le devuelve el gesto. No porque tenga ganas, sino porque se ha vuelto inevitable.

—¿Estás bien?

Ella apoya la botella sobre la encimera y lo mira sin dejar de pensar en su respuesta.

—Pues ¿sabes qué? La verdad es que sí. Estoy bien.

Él se acerca un poco sin creerse sus palabras del todo, porque sospecha que se está haciendo la dura, y le coge suavemente del brazo, con cuidado.

—¿Seguro?

Clara asiente, y esta vez su expresión es distinta. Más suave. Más real.

—Seguro. —Sonríe con los ojos sin dejar de mirarle—.

Es que ¿sa­bes qué pasa? Que desde que fui a su casa a hablar con él y lo vi actuar de aquella manera, es como si mi cabeza hubiera entendido que yo no puedo hacer nada para controlar los actos de los demás.

Te mentiría si dijera que no me duele todo esto que está haciendo, pero ya me he cansado de intentar cuidar a gente que no quiere cuidar de mí, Max.

Él la mira con atención, asimilando sus palabras. Se nota que le llegan.

—Definitivamente, estás hecha de otra pasta.

Ambos comparten una sonrisa amable. No hay ruido, única­mente ese silencio que empieza a vibrar cuando se llena de algo nuevo. Max se inclina un poquito. Clara no se aleja. Sus miradas se enganchan. El aire entre ellos es mínimo.

Y entonces…

—¡Traedme una cerveza cuando vengáis, que necesito alcohol para digerir esto! —grita Leo desde la terraza.

Ambos se sobresaltan, separándose rápidamente, como si al­guien hubiera pinchado un globo con una aguja gigante.

Ella se recompone, coge la cerveza y el vino, y sale sin mirar atrás. Él se queda un momento a solas, apoyado en la encimera, petrificado y sin entender del todo qué acaba de ocurrir.

Cuando vuelve a la terraza, la ve sentada en su sitio, mirando al infinito con el ceño fruncido. No hay duda de que está atrapada en el mismo pensamiento que él.

Sus miradas se cruzan un segundo. Ella aparta la vista. Él tam­bién. De fondo, Andrea, Leo y Pablo siguen comentando lo que ha pa­sado con Aitor, aunque con menos rabia y más resignación.

Un rato después, los ánimos se han asentado. Hablan de cosas sin importancia. Leo divaga, como siempre. Max y Clara siguen sin levantar la mirada el uno al otro.

Andrea, en cambio, observa a Pablo. Él no participa, está ido. Lo conoce demasiado como para fingir que todo está bien. Se le­vanta con naturalidad y se sienta a su lado, acariciándole la mejilla en silencio. Él, con la mirada clavada en el suelo, empieza a hablar bajito, solo para ella:

—Es que no lo entiendo, Andrea. No consigo entender qué ha pasado para que, de repente, Aitor se haya convertido en alguien a quien no reconozco.

—¿No te ha respondido al mensaje?

Él niega con la cabeza.

—Estoy por ir a su casa y que me lo explique, porque de verdad que me voy a volver loco.

—Haz lo que tengas que hacer, Pablo. —Le da un beso en la me­jilla—. Pero tienes que ser consciente de que, visto lo visto, tal vez las respuestas que te dé no te gusten.

Él la mira. Tiene los ojos brillantes, pero no de pena. De rabia.

—Ya lo sé. Pero prefiero eso a seguir con esta incertidumbre que me está matando.

Ella asiente. Él la mira un segundo más. Luego se levanta.

—Ahora vengo.

—¿A dónde vas? —grita Leo.

Pablo no responde. Su cabeza ya está lejos.

Andrea sí:

—A hablar con Aitor.

Leo se queja, medio en broma, medio en serio:

—Igual deberíamos ir todos de una vez para ejercer presión de grupo.

Ella suelta una risa triste.

Clara bebe un trago largo de su copa.

Max ni siquiera escucha lo que acaban de decir. Sigue atrapado en lo que casi ha pasado en la cocina.