La domadora de dragones
H a pasado más de una semana desde que Clara y Max compartieron silencios y confesiones en el banco del parque. Desde entonces, no han vuelto a cruzar más de dos palabras cuando se han visto en la cafetería, pero ya no es el mismo silencio crispado de antes. Es… otra cosa. Otro ritual.
Últimamente, Clara siempre llega antes. Él suele aparecer justo cuando ella está esperando su café. Se miran y se sonríen, muy sutilmente. Max pide lo suyo y, cuando se da la vuelta para irse, le dedica una sonrisa ladeada y, alzando su vaso como si brindara en el aire, dice:
—Adiós, justiciera.
Y ella, inevitablemente, le devuelve el gesto y la sonrisa.
Hoy la escena se repite, pero cuando Max se gira para marcharse, ella, sin pensarlo, lo detiene.
—Oye.
Él se gira, curioso.
Duda un segundo, pero luego decide tirar hasta el final.
—Esta tarde hemos quedado para tomar algo. Podrías venirte. Si te apetece, claro.
Max parpadea, como si no se esperara la propuesta. Luego sonríe, juguetón.
—Si acepto, ¿puedo pedir la cerveza sin saludar al camarero?
Clara intenta poner cara de indignación, pero se le escapa una mueca graciosa.
—Solo si quieres morir.
Él suelta una risa breve.
—Si eso, hablo con Leo y voy con él.
Clara asiente; se despiden con un gesto y Max se va, dejándola en la cafetería con la sensación de no tener muy claro por qué ha hecho lo que acaba de hacer, pero sin que le disgusta del todo.
Por la tarde, en La Zurda, Andrea y Pablo ya están sentados en su mesa habitual. Él repasa el chat del grupo, serio. Ella le acaricia la espalda, distraída, mientras observa a la gente que entra y sale del bar.
—Joder —murmura Pablo, rompiendo el silencio—. Es que Aitor ya ni se molesta en decir que no viene. Esta vez directamente ha pasado de nosotros.
Ella lo mira con atención.
—¿Tú sabes si está conociendo a alguien más en serio?
Su novio frunce el ceño. Por su cara, Andrea ya sabe la respuesta.
—¿Te acuerdas de aquel día en el que lo notaste raro cuando te llamó por teléfono?
Él asiente, intentando conectar los puntos.
—Pues resulta que luego le envió un mensaje a Clara, pero el mensaje era para otra chica. Hablaba de lo bien que se lo iban a pasar en la cabaña. Lo eliminó a los pocos segundos y, desde entonces, no le ha dado ninguna explicación.
Pablo pone cara de desconcierto.
—No sé, amor —sigue ella—. Solo digo que Aitor nunca se había planteado nada serio con una mujer. Tal vez ahora le ocurre eso y no sabe cómo gestionarlo.
Pablo se queda en silencio, pensativo. Andrea lo nota y añade:
—Pero bueno, no lo pienses mucho, que no quiero que se te chamusque el cerebro —le besa la mejilla con suavidad.
En ese momento llegan Leo… y Max.
Andrea los ve primero y les sonríe, mientras Pablo se recompone poco a poco.
—¡Pero si son los enamorados más estilosos del país! —saluda Leo con su efusividad habitual.
Max sonríe, algo tímido. Andrea se levanta para saludarlos, haciendo una pose de diva exagerada.
Pablo, ya de vuelta a la tierra, se levanta también mientras su novia saluda al acompañante sorpresa de Leo con una sonrisa sincera.
—Hola, Max. Qué bien que Leo te haya convencido.
—En realidad ha sido Clara.
Andrea mantiene la sonrisa, pero ahora muestra una expresión de sorpresa mientras mira a su novio, que tiene exactamente la misma cara.
—Así me he quedado yo cuando me lo ha contado —interviene Leo, divertido.
—Bueno —musita Max, rascándose la cabeza—, la verdad es que me ha dado miedo decirle que no, por si venía a buscarme a lomos de su dragón —bromea.
Todos ríen, rompiendo el hielo.
—Y, a todo esto, ¿dónde está la domadora de dragones? —pregunta Leo, mirando a un lado y a otro del bar.
—Ha ido a hablar con Aitor —responde Pablo—. Según sus propias palabras, «para ver si se deja ya de tonterías y sale de su madriguera».
—A este sí que no le vendría mal un tironcito de orejas de los que da Clara cuando se pone —añade Leo.
Andrea y Pablo asienten. Max los observa, aún sin entender del todo, pero cómodo.
Mientras tanto, en casa de Aitor, Clara llama al timbre y espera. Cuando él abre la puerta y la ve, se queda blanco.
—Hola, Aitor. He venido a ver si tienes el valor de cerrarme la puerta en la cara en vez de hacerlo por WhatsApp.
Él tarda en reaccionar.
—No es un buen momento, Clara. Es mejor que te vayas.
—No pienso irme hasta que me dejes entrar y podamos hablar como gente civilizada.
Él lo medita un segundo. Luego se resigna y se aparta para dejarla pasar.
Ella se sienta y lo observa, seria y en silencio. La presión hace que Aitor hable primero.
—Oye, si es por lo del mensaje… no era para ti, ¿vale?
—Ya lo sé. Y no es por eso. —Cruza una pierna sobre la otra—.
Es por todo lo de después. Porque, en lugar de comportarte como una persona de treinta y tres años y decirme directamente que estás conociendo a alguien, has optado por evitarme.
A mí y al resto del grupo. Y no sé cuál es tu objetivo, Aitor, pero desde ya te digo que te estás equivocando.
Él se queda quieto, casi frío.
—Mira, tía…
Su tono suena tan distante como su expresión, lo que hace que Clara alce una ceja, totalmente sorprendida.
—Creo que no terminas de entender que no tengo que darte ninguna explicación de lo que hago o dejo de hacer con mi vida.
Me equivoqué al enviar el mensaje y lo solucioné.
Fin. Ya te estoy diciendo que no era para ti.
—Mira por la ventana del salón, dándole la espalda—.
Y, en cuanto a lo de no quedar con el grupo, tengo una vida aparte de vosotros, ¿sabes? Y ahora mismo estoy en otra onda.
Clara se muerde el labio para no perder los nervios. Se toma un segundo, se levanta y dice, con la voz firme pero envuelta en calma:
—Solo espero que al menos tú sí sepas lo que estás haciendo, Aitor. —Se acerca a él—. Porque sé que tanto yo como el resto te importamos, aunque ahora quieras fingir que no. Y, si sigues comportándote como un gilipollas, nos vas a acabar perdiendo, porque todo el mundo tiene un límite.
Y se va. Sin portazo. Sin gritar. Ha dicho lo que tenía que decir y es consciente de que no es ella quien está haciendo las cosas mal.
Un rato más tarde, Clara llega a La Zurda, saludando a todos con una sonrisa. También a Marina, a la que Leo ha llamado para presentarle al nuevo fichaje del grupo. Se sienta entre Andrea y Leo, justo enfrente de Max.
Cuando se acomoda, habla sin que nadie le pregunte:
—Vale. Acabo de flipar con Aitor, os lo digo.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Pablo.
Clara coge aire.
—Yo no sé qué mosca le ha picado, si es por esa chica o por otra cosa que le ha pasado, pero se ha comportado como si hubiéramos tenido un rollo de una noche y yo hubiera ido a pedirle explicaciones por lo que hace con otras.
—Traga saliva—. Y ha hecho lo mismo al referirse a vosotros, como si no le importarais una mierda.
Ha dicho que ahora está en otra onda y que tiene una vida más allá de quedar con nosotros para tomar algo.
Silencio. Se percibe en el ambiente que la situación es tensa.
—No sé vosotros, chicos, pero esta vez yo no voy a ir detrás de él.
He intentado hacerle entrar en razón y no ha querido escucharme, así que no voy a hacer nada más.
Si, cuando se canse de hacer este show, quiere hablar, lo escucharé.
Pero no voy a intentar arreglar lo que él está empeñado en romper.
El grupo se queda en silencio. La mirada de Clara se cruza con la de Max, que la observa con una expresión de conformidad. Ella le devuelve una sonrisa muy breve, sin alegría, como captando el mensaje.
Es Marina quien rompe el momento:
—¿Pero a este tío qué le pasa?
Las reacciones llegan en cascada. Leo se indigna. Andrea trata de entender. Pablo baja la cabeza, dolido y preocupado.
Cuando el ambiente se calma un poco, este último dice, casi en un susurro:
—Creo que debería hablar con él.
Clara lo mira, seria.
—¿Estás seguro? Te lo digo porque nunca había visto a Aitor así, tan frío. Es como si no fuera él.
Él asiente, firme.
—Es mi mejor amigo, Clara. Tengo que intentarlo. Y, si ya no me quiere en su vida, que me lo diga a la cara.