Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna ¿Pero tú te escuchas?
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¿Pero tú te escuchas?

L a terraza está en silencio. Han pasado unas horas desde que recibió el mensaje de su ex y Andrea ha tenido tiempo para consul­tarlo con la almohada y decidir qué quiere hacer.

Está apoyada en la barandilla, con los codos relajados y los ojos fijos en el horizonte.

No hace viento, pero su pelo se mueve como si sí.

Respira hondo una vez. Luego otra. Está pensando, aunque pa­rezca que solo con­templa el paisaje.

Detrás de ella, sentados en el sofá, Clara y Pablo la observan. No dicen nada, pero sus miradas están cargadas de dudas y de una pizca de preocupación.

Entonces se gira, sin más, y dice:

—Me ha escrito Raúl. Quiere que nos veamos.

Pablo no responde, pero su ceño se frunce de inmediato. La reacción de Clara es menos sutil.

—Le habrás mandado a la mierda, ¿no?

Andrea relaja ligeramente el gesto y deja ver media sonrisa, sin atisbo de alegría.

—Le he dicho que sí.

El silencio se alarga un segundo más de la cuenta. Pablo sigue observándola. Clara abre la boca, incrédula:

—¿Se te ha ido la pinza, Andrea?

—Es algo que necesito hacer, Clara.

—Vamos a ver, que este tío no quiere ni pedirte perdón ni decirte que lo hizo mal. Lo que quiere es comerte la oreja para ver si con­sigue camelarte otra vez.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¡¿de qué coño estamos hablando?!

Andrea mantiene la calma y, cruzándose de brazos, dirige la mi­rada hacia su novio.

—¿Tú qué opinas, cariño?

—No me parece buena idea —murmura, dejando escapar un sus­piro—, pero tú ya has tomado una decisión.

Clara lanza un bufido exagerado.

—A ver, Andrea, ¿no crees que, si los dos te estamos diciendo que no deberías ir, es por algo?

Su amiga baja la cabeza un segundo para pensar la respuesta. Luego camina hasta ellos y se sienta en la mesita, frente a los dos, y les coge de la mano. Habla con firmeza, pero sin dureza.

—Sé que estáis intentando protegerme y os lo agradezco, de ver­dad.

Pero ya no soy aquella Andrea que llegó aquí con el corazón hecho trizas y sin saber qué estaba haciendo con su vida.

Y necesito que él lo vea. No por venganza ni por restregarle en la cara lo que ha perdido.

Lo hago por mí; es mi manera de cerrar esta historia.

—Respira hondo sin dejar de apretar sus manos con suavidad—.

No necesito que lo entendáis; necesito que me apoyéis.

Por eso he de­cidido contároslo antes de hacerlo.

Porque los dos sois importantes para mí. Y porque os quiero.

Clara y Pablo se miran. Luego la miran a ella. Asienten, resig­nados pero presentes. Andrea sonríe. Está tranquila porque sabe que no está sola y que no se va a dejar dominar por la duda.

Al día siguiente, cuando Andrea llega a la cafetería, la percibe luminosa, pero no se fija en los detalles. Solo en él. Raúl ya está allí, con un café entre las manos. Al verla, se levanta con una sonrisa que no ha cambiado nada desde la última vez.

—Hola —dice—. ¿Qué quieres tomar?

Ella se sienta con calma, lo mira y, con voz firme, responde:

—No quiero nada, gracias.

Él parpadea. No se esperaba a esa Andrea, pero sigue su guion.

—Muchas gracias por venir. Creo que los dos nos merecíamos esta oportunidad.

Ella no responde. Solo arquea una ceja levemente.

—No sé si a ti te ha pasado lo mismo, pero desde que te vi en aquella fiesta no he podido dejar de pensar en ti.

—Ah, ¿sí? ¿Y en qué has pensado exactamente? —dice, fingiendo interés.

—En todo. En cómo nos fuimos alejando, en cómo se fue todo a la mierda. Al verte —baja la voz—, me di cuenta de que me equivo­qué. Que debí haber luchado por ti. Que nunca debimos divorciar­nos.

Andrea traga saliva, pero mantiene la compostura.

—¿Tú no te habías casado?

Raúl asiente, como quien confirma que tiene una suscripción a una revista online .

—Pero no soy feliz, Andrea. Me precipité.

Y ahora lo sé. Sé que quiero estar contigo.

—Se inclina hacia ella—. Aunque no te pido que lo dejemos todo de golpe.

Verás, yo voy a estar viniendo a la ciudad de vez en cuando por trabajo.

Lo que te propongo es que podríamos ir viéndonos. Sin compromisos. A ver qué tal.

Ella lo mira con la cabeza ladeada y la boca entreabierta. Y en­tonces se le escapa una risa breve, más suspiro que carcajada. Luego dice, como si se lo preguntara a sí misma:

—¿Pero tú te escuchas, Raúl?

Él frunce el ceño, como si no entendiera.

—En serio —continúa ella—, ¿no te das cuenta de que me estás pidiendo ser tu amante mientras tu examante, que ahora resulta que es tu mujer, te espera en casa?

Él empieza a balbucear, pero Andrea lo corta y sigue hablando mientras se inclina hacia delante.

—Mira. Si he aceptado quedar no es porque me muera de ganas de volver contigo ni porque no haya dejado de pensar en tu cara bonita desde que nos volvimos a ver.

Es porque quería decirte en persona que, aunque me ha costado mucho trabajo entenderlo, ahora sé que el que me pusieras los cuernos fue lo mejor que me ha pasado en la vida.

Se detiene y lo mira fijamente para grabar para siempre su ex­presión. Después añade:

—Porque me sirvió para ver la clase de basura que tenía a mi lado. Y, por si quedaba alguna duda, me lo acabas de confirmar con esta propuesta que me estás haciendo.

Raúl no consigue articular palabra. Andrea se incorpora.

—Eres un sinvergüenza y un caradura. No quiero volver a cru­zarme contigo en mi vida. ¿Lo has entendido?

Él no es capaz de hacer nada más que asentir. Ella imita el gesto con más firmeza, como si le diera la palabra por recibida.

Se da media vuelta, pero antes de alejarse lanza la última:

—Hazte un favor, Raúl. Divórciate de esa chica antes de destro­zarla como me destrozaste a mí. Y aprende a estar solo, coño, que no es tan difícil.

Y se va. Elegante. Triunfal. Libre.

Raúl la ve marcharse sin ser capaz de mover un dedo.

Unos minutos más tarde, suena el timbre de la puerta.

Pablo abre sin preguntar, dejando que Andrea se lance a sus brazos, con los ojos cerrados y la sonrisa abierta, disfrutándolo.

Él la envuelve sin decir nada. También cierra los ojos y entiende que ese abrazo no es un grito de auxilio, sino un suspiro de paz.

Andrea se separa apenas para mirarlo.

—Ya está. Se acabó. Te quiero, Pablo.

—Yo también te quiero. Y estoy orgulloso de ti.

Ella sonríe aún más.

—Yo también.

Vuelve a apoyarse en su pecho, Pablo le besa el pelo y ambos respiran aliviados.

Al anochecer, Clara está sola en la terraza. Es una noche tran­quila de principios de otoño. Tiene una copa en la mano y la mi­rada serena. De pronto, le vibra el móvil. Mensaje de Andrea:

Le sonríe a la pantalla y responde con un emoji de corazón.

No dice nada. No piensa en nada. Solo da un trago al vino y mira al horizonte. Suspira, como si ella también acabara de soltar lastre.