Mercadillo de reconexión
L a luz entra a medias por las persianas.
En la habitación reina un silencio tranquilo, roto únicamente por las respiraciones acompasadas de Andrea y Pablo, que duermen enredados.
Han pasado algunos días desde que se cantaron que se quieren en aquella fiesta que nunca olvidarán y están encantados de que la estampa de los dos durmiendo juntos se repita cada vez con más frecuencia.
La paz de sentir que su relación es cada día más sólida hace que ambos descansen con la seguridad de que nada ni nadie puede hacer que la calma se rompa.
O al menos, eso es lo que ellos creen, porque hay alguien que tiene planes muy distintos.
De pronto, se abre la puerta y estalla la música.
Suena Flying Free a todo volumen desde un altavoz que Clara sostiene en alto con ambas manos, con expresión de concentración máxima y en silencio, cual escena épica de película adolescente.
Pablo se revuelve y, sin abrir los ojos, agarra un cojín y lo lanza con poca puntería en su dirección antes de esconder de nuevo la cara entre las sábanas. Andrea se incorpora, apoyándose en los codos, con el pelo alborotado y los ojos entornados.
—¿Qué haces, Clara?
Su amiga, seria, sin dejar de sostener el altavoz, dice:
—Esta es mi forma de decirte que te echo de menos, bombón.
Andrea se ríe, todavía adormilada.
—¿Haciéndonos pensar que ha empezado el fin del mundo?
—¡No! —infla el pecho para mostrarse más segura de sí misma—.
Te estoy invitando a una cita. Tú y yo solas.
Sin novio pesado —le devuelve el cojín a Pablo, que saca un brazo de debajo de la manta y le dedica su dedo corazón sin despegar la cara del colchón— o amigos que solo beben cerveza y no vino, como debería ser. Así que, dime: ¿aceptas?
Su amiga se hace la remolona unos segundos, en los que Pablo aprovecha para suplicar:
—Por favor, dile que sí, a ver si quita esa maldita música de una vez.
Su novia se ríe, le da un beso en la mejilla y se levanta.
—Dame veinte minutos.
Ya en el coche, Andrea se acomoda el cinturón y pregunta:
—Entonces, ¿cuál es el plan?
Su amiga sonríe sin apartar la vista de la carretera.
—He visto que hay un mercadillo de cosas de segunda mano cerca y me ha parecido buena idea traerte conmigo para arrasar con todo.
—¡Planazo! —exclama, emocionada, mientras da pequeñas palmaditas.
—Lo sé.
El mercadillo huele a curry, incienso y nostalgia.
Las dos pasean entre puestos de vinilos, ropa vintage , muebles viejos con encanto y libros con dedicatorias en la primera página.
Andrea se prueba un sombrero ridículo mientras Clara se ríe y le hace una foto.
Luego, Clara encuentra una taza con un unicornio en la que puede leerse: «Sé tu mejor versión, aunque no sepas cómo».
Se la enseña a Andrea como si fuera un tesoro.
—Esto lo necesito.
A lo largo de la mañana, no paran de reír. Se detienen a probar jabones artesanales, huelen velas absurdamente caras y se regalan una pulsera de la suerte que promete cosas que ninguna de las dos cree poder cumplir, pero que igualmente aceptan.
A la hora de comer, se sientan en la terraza de un puestito de comida casera, donde sirven empanadas y guisos que huelen a infancia.
—Dios, esto está increíble —dice Andrea, con la boca medio llena.
Clara asiente, chupándose los dedos tras terminar su empanada de calabaza.
—Oye, amor —comenta, medio distraída—, tú y yo estamos bien, ¿no?
Andrea frunce el ceño, pillada por sorpresa.
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque he querido hacer este plan solo las dos porque me he dado cuenta de que llevamos días cada una a lo suyo. Y me he rayado. Hay cosas que me han ido pasando y que no te he contado, porque es como si estuviéramos en realidades paralelas.
—¿Y qué cosas son esas? —se interesa su amiga, curiosa pero con expresión suave.
Clara juega con su tenedor unos segundos antes de responder.
—Que tenías razón con Max. Hablé con él y, bueno, no voy a decir que lo adoro, pero ya no me parece tan bobo.
Andrea sonríe.
—Me alegra oír eso.
—Y tú y Pablo, ¿qué? —pregunta Clara, entrecerrando los ojos, con gesto pícaro.
—Pues… —se muerde el labio, sin poder esconder la felicidad que la invade—. Ha habido cositas por ahí.
—¿Cositas tipo…?
—Tipo que me ha dicho que me quiere.
—¿¡QUÉ?! —grita, golpeando la mesa con los puños.
Andrea se ríe de la reacción exagerada de su amiga.
—Y creo que yo a él también se lo he dicho.
Clara le coge la mano y finge gravedad.
—Andrea, que sea la última vez que dejamos de hablar las cosas en un momento tan crucial de nuestras vidas. No puede ser que haya pasado todo esto y yo no me haya enterado.
Andrea asiente, divertida.
De pronto, Clara piensa en las palabras de su amiga y se da cuenta de un matiz importante.
—Oye… pero ¿cómo es eso de que crees?
—Fue el otro día, en la fiesta del amigo de Leo, cuando le obligaste a sacarme a bailar. Sonó una canción preciosa que decía «yo sé que te quiero» y —explica, encogiéndose de hombros— se lo canté a él.
—¡¿Y pensaste que el mejor momento para decírselo era justo después de ver a tu ex?! —pregunta, abriendo los ojos exageradamente.
Andrea no responde, solo se encoge de hombros una vez más.
—¿Y lo sientes de verdad? —insiste Clara.
—Creo que sí —responde, con una sonrisa tímida, tapándose la cara con las manos.
Clara da un grito que llama la atención de los que están alrededor para, acto seguido, disculparse alzando la voz:
—¡Perdón! Es que mi amiga está enamorada.
Andrea se muere de vergüenza, pero no puede evitar reírse.
—Ay, tía, por favor, no dejéis nunca de ser tan monos —concluye Clara, totalmente enganchada a la relación de sus amigos.
Ya de vuelta en el coche, viajan en silencio, escuchando música. En un momento dado, Andrea mira el móvil.
—Estos están hablando de quedar mañana por la tarde.
Clara asiente. De pronto, Andrea frunce el ceño.
—Oye, ¿Aitor no está raro últimamente?
—¿Ha vuelto a decir que no viene?
—Sí.
Clara suelta una risa seca.
—Está conociendo a alguien.
Andrea gira el cuello en redondo.
—¿Qué?
—Y creo que me está evitando. Porque me enteré cuando se confundió y me mandó a mí el mensaje que era para esa otra chica.
—¿Y no te ha escrito desde entonces?
—Nada. Borró el mensaje y también me borró a mí de su vida, parece.
—Qué fuerte.
—Ya ves.
Al llegar a casa, Andrea entra directa a su habitación. Está cansada por todo lo que han caminado, pero en paz, porque el día ha sido inmejorable.
Al tumbarse en la cama, ve a Lito, el conejo de peluche que Pablo le regaló, esperándola, sentado en la mesita de noche. Sobre sus patitas, una nota:
Se ríe al terminar de leer, notando cómo se le enternece todo el cuerpo. Abre el chat con él para contestar, pero justo entonces aparece una notificación en la parte superior de la pantalla: un mensaje directo en Instagram. Un simple «hola».
La foto de perfil le corta el aire. No tiene que pensar quién es, lo reconoce al instante.
Su ex. Otra vez.
Su cuerpo se congela. Mira el mensaje sin abrirlo. No sabe todavía si va a responder, pero tiene muy claro que, haga lo que haga, esta vez no le van a temblar ni el pulso ni el alma.