Y eso me encanta
E l otoño está a punto de comenzar y, para celebrarlo, Leo, Andrea, Clara y Pablo deciden acudir a una fiesta en casa de un conocido de un amigo de Leo.
Es uno de esos eventos donde nadie tiene muy claro de quién es la casa, pero todo el mundo actúa como si fuera suya.
Hay luces cálidas, copas por todas partes y canciones que mezclan perreo con hits nostálgicos.
A estas alturas de la noche, el ambiente flota entre risas, calor humano y olor a perfume con cerveza.
Andrea se deja caer en el sofá con una sonrisa satisfecha. Le duelen los pies, pero el corazón pesa un poco menos que hace unos meses. Pablo parece tener la misma intención, pero Clara lo intercepta con una energía que no acepta negativas.
—¡Tú a la pista, figura! —le dice con ese brillo peligroso en los ojos.
Él pone cara de víctima incomprendida, le lanza una mueca de resignación divertida a su novia, haciéndola reír, y se deja arrastrar.
Mientras Andrea se acomoda y saca el móvil para revisar notificaciones, levanta la vista de vez en cuando para ver cómo Clara gira como si no tuviera vértigo y Pablo intenta seguirle el ritmo con entusiasmo descoordinado.
También puede ver a Leo, al otro lado de la sala, hablando con desconocidos, fingiendo ser el anfitrión de la velada. No puede dejar de sonreír.
Hasta que, en una de esas veces, justo después de mirar a la pista, sus ojos se desvían hacia la puerta y el mundo se detiene.
Ahí está. Su ex.
De pie. Relajado. Como si no hubiera pasado nada.
Como si no la hubiera destrozado. Como si no la hubiera dejado sola recogiendo sus pedazos del suelo.
Se congela. Le tiemblan las manos. Siente un calor extraño en la nuca y un nudo en el estómago.
Él también se sorprende al verla, pero solo un segundo.
Luego le sonríe con esa falsa familiaridad que tan bien conoce, mientras da un paso hacia ella.
Pero no llegará muy lejos.
Desde la pista, Clara, cuyo radar de infieles ha saltado en cuanto él ha cruzado la puerta, observa el cruce de miradas con el sentido arácnido encendido. No necesita confirmaciones. Sin perder el ritmo, agarra a Pablo de la mano con fuerza y lo lanza, literalmente, hacia Andrea.
—¡Saca a bailar a tu novia, coño! —le grita con urgencia contenida.
Pablo apenas reacciona. Cuando se da cuenta, ya está delante de Andrea, con cara de «¿qué está pasando?
». Ella parpadea, todavía en shock . Pero sus ojos se encuentran con los de su novio y eso basta, porque la sonrisa que recibe es refugio.
Él tiende la mano, ajeno a todo lo demás.
Ella arquea ligeramente los labios y acepta.
El ex intenta acercarse, pero no da ni un paso, no le da tiempo, porque Clara ya está delante, inmóvil. Como si el suelo fuera suyo y de nadie más.
—Ni se te ocurra —dice, con una calma que huele a tormenta.
Él intenta sonreír, como si el pasado fuera anécdota. Pero ella no se inmuta.
—Qué curioso. Ni un mensaje en todos estos meses, ni una disculpa, ni un mísero «lo siento». Y ahora apareces aquí. —Se cruza de brazos— ¿Casualidad? ¿O solo te ha picado el ego al ver que ella ya no te necesita para respirar?
Él intenta hablar, pero ella alza una ceja, como si acabara de objetar en mitad de su alegato.
—No. No vas a interrumpirme. Porque hoy no me voy a callar y tú no vas a tener el control por primera vez en tu vida.
— Da un paso más, sin alzar la voz, pero con la precisión de quien sabe dónde golpear—.
Creíste que Andrea era un cromo que podías intercambiar.
Y encima tuviste la desfachatez de empezar otra historia antes de terminar la suya.
¿Te acuerdas de eso o también se te olvidó convenientemente?
Él baja la mirada un segundo, pero ella no ha terminado.
—Lo peor de todo no fue lo que hiciste. Fue cómo lo hiciste. Como si fuera lo normal. Como si hacerle sentir que no valía lo suficiente fuera lo más lógico. Como si la culpa fuera suya por no encajar en tu versión de «felices para siempre».
Lo mira de arriba abajo, con el asco bien colocado en la mirada.
—Eres un mediocre con disfraz de interesante.
De esos que se piensan que hacer daño es parte del proceso.
Pero no. Lo tuyo no fue un error, fue pura cobardía.
De la más sucia. Y ojalá no vuelvas a cruzarte en su camino, porque si lo haces, te juro que vas a desear haberte quedado en el agujero del que saliste esta noche.
Y se gira. Sin temblar. Sin mirar atrás. Lo deja congelado en medio del salón, mientras el eco de sus palabras le retumba como sentencia.
De vuelta en la pista, Andrea y Pablo ya bailan. Él nota la ausencia en sus ojos. La mira con atención, acariciándole la mejilla con suavidad.
—Oye, ¿estás bien?
Andrea se sobresalta, como si volviera de un lugar lejano.
No se esperaba el gesto ni la pregunta. Le sonríe con lo que puede, asiente y le abraza el cuello.
Suenan los primeros acordes de una canción nueva.
Cierra los ojos, centrándose en la dulce voz de Paula Mattheus y 84.
Se deja envolver por el ritmo de la canción, Me encanta , y por los brazos que la sostienen con esa mezcla de calma y certeza.
Es como si el destino hubiera elegido esta melodía como banda sonora de este momento de su vida. La letra le llega directa al alma y cada verso parece hablarle. Empieza a notar algo, un cosquilleo, y se da cuenta de que todo esto no tiene nada que ver con su ex y que tiene todo que ver con Pablo.
Una risa le brota del pecho en cuanto suena el primer estribillo.
Pablo la escucha; no entiende del todo, pero se ríe también, contagiado.
Siguen balanceándose hasta que llega el segundo estribillo y Andrea no lo piensa: se separa un poco, lo justo para mirar a su novio a los ojos mientras le coge la cara entre las manos y, con la sonrisa más bonita del mundo, le canta:
—Yo sé que te quiero… y eso me encanta.
Él parpadea, como si acabara de oír un secreto en voz alta. Su sonrisa se curva, lenta, y sus ojos se llenan de brillo. Le responde con un beso breve y tierno. Y, cuando llega la parte final de la canción, ambos gritan a pleno pulmón, como si no existiera nadie más en la fiesta:
—¡¡Y no pasa nada… yo sé que te quiero, y eso me encanta!!
Se miran. Ríen. Se abrazan. No hace falta decirlo, pero lo saben: acaban de encontrar su canción.