Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Cuando se agrieta la armadura
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Cuando se agrieta la armadura

A l día siguiente, cuando se despierta, Clara siente que no puede seguir encerrada en casa y sale a pasear para despejarse.

Camina sin rumbo durante un rato, hasta que encuentra un banco en un parque tranquilo.

Se sienta y cierra los ojos; intenta respirar hondo y dejar que el frescor de la mañana le despeje la niebla de la cabeza.

De pronto, alguien se sienta a su lado. Abre los ojos. Es Max.

—Joder, ¿estás en todas partes o qué? —suelta ella, seca.

Él la ignora.

—¿Podemos hablar un momento?

—Pues la verdad es que no, Max. —Se levanta al instante.

—Por favor —se incorpora tras ella—. Me gustaría que hablára­mos para tratar de entendernos.

—¡Ya te he dicho que no te soporto! Así que ni quiero hablar contigo ni quiero entenderte. ¿Me dejas ya tranquila?

Él mantiene la calma, como si fuera inmune a sus gritos, y sigue hablando sin elevar el tono:

—Solo quiero saber si estás bien.

—¡Pues no, Max! ¿No ves que no estoy bien? —gesticula con los brazos—. Solo quiero que me dejes en paz. Tú y todos, porque te juro que ya no os aguanto más.

Ella está fuera de sí. No se conocen demasiado, pero Max se da cuenta enseguida de que lo que le pasa no es solo con él. La ve derrumbarse poco a poco, hasta que las lágrimas la alcanzan. En­tonces da un paso, se acerca y, sin pensarlo demasiado, la abraza.

Clara intenta resistirse un segundo, pero no tarda en rendirse y dejarse sostener. Él la envuelve entre sus brazos y le acaricia el pelo y la espalda, mientras le susurra:

—Tranquila, sácalo.

Tras unos minutos, Clara se separa un poco, más serena.

—Gracias. Ya estoy mejor.

Él asiente.

—Creo que te has ganado esa conversación —dice ella, con una media sonrisa triste.

Vuelven a sentarse en el banco. Ella se encoge ligeramente, pero esta vez no se cierra; está dispuesta a hablar en serio.

—Normalmente no dejo que nadie me vea así —comienza.

—Yo tampoco suelo ir abrazando a la gente por la calle.

—¿Y por qué lo has hecho conmigo?

—Porque era necesario —se encoge de hombros sin mirarla—. Y porque, en parte, estás así por mi culpa.

Clara se tensa ligeramente al recordar sus palabras del día ante­rior, pero no dice nada.

Él respira hondo y continúa:

—Al principio sí pensé que eras insoportable.

Me parecías la tí­pica persona superficial que finge luchar contra las injusticias solo para poder subir un post a Instagram contándolo todo.

—Suspira—. Pero cuando te lo dije, vi cómo te cambió la cara, lo que me hizo entender que había algo más debajo.

Y supe que, tal vez, tú y yo no seamos tan distintos, solo que tú escondes tu vulnerabilidad de esta manera y yo lo hago fingiendo que todo me resbala.

Hace una pausa para girarse hacia ella.

—Lo siento. Leo me hizo ver, después de que te fueras, que, aun­que para mí eso de «insoportable» fuera una provocación como otra cualquiera, para ti era doloroso de verdad.

—Es que diste en el clavo, Max. Y por eso me dolió tanto.

Porque me he pasado gran parte de mi vida intentando retener a gente a la que pensaba que quería, pero que ya no tenía ganas de quedarse.

—Juguetea con uno de sus anillos, inquieta—.

A veces no he sabido parar y simplemente dejarlos marchar.

—Se gira para encontrarse con su mirada penetrante—.

Hace un tiempo me habría hundido de verdad al escucharte.

Y sé que, viendo mi cara en este momento, no lo parece, pero esta vez he aguantado.

Aunque me afectó más de lo que me gustaría reconocer.

Porque lo dijiste tan convencido que, por un segundo, me lo creí.

—Bueno, si te sirve de consuelo, tú también me diste donde más duele sin saberlo.

Clara arquea las cejas, sorprendida. Él baja la mirada.

—El día que discutimos al salir de la cafetería.

Dijiste que soy el típico que desaparece cuando las cosas no le gustan.

—Traga sa­liva—. Mi padre nos abandonó. A mi madre, a mis dos hermanos pequeños y a mí.

Yo tenía doce años y me tocó hacerme cargo de ellos, porque ella se mataba trabajando para sacarnos adelante.

Y aquel día, cuando dijiste eso, fue como un puñetazo en las costillas.

Porque lo que más pánico me da es convertirme en alguien como él.

—Lo siento, Max. No lo habría dicho si hubiera sabido lo que hay detrás.

Él asiente. Clara intenta aligerar la conversación:

—Te habría ganado con cualquier otro argumento.

—¿Perdona? Si te dejé KO —responde, fingiendo indignación.

—Pero le diste las gracias a la camarera —replica ella, triunfal.

—¿Lo escuchaste?

—Obvio. Pero tenía que mantener mi papel de odio a Max por encima de todas las cosas.

Los dos se ríen. Ninguno de los dos se da cuenta en ese mo­mento, pero es la primera vez que ríen juntos.

Después de unos segundos, el silencio se acomoda entre ellos y hace que Clara baje la mirada.

—¿Y qué más? —pregunta él, percatándose de ese cambio sutil.

—¿Qué?

—Ya lo dijiste: no soy el ombligo del mundo. Creo que te pasa algo más y que no tiene que ver conmigo.

Ella se queda inmóvil, asimilando que, tal vez, él la haya obser­vado mejor de lo que creía. Luego, simplemente lo suelta:

—Es que… —duda—. Para rematar mi noche de ayer, recibí un mensaje que no era para mí.

Max decide limitar su respuesta a mantenerse callado, invitán­dola a continuar:

—Era de Aitor. Lo conociste el otro día. Él y yo tuvimos algo hasta hace unos meses. Nada serio, solo sexo. Lo dejamos porque llegó un punto en el que dejó de ser divertido. Ayer me mandó un mensaje hablando de un finde en una cabaña… y luego lo borró. Sin más. Sin explicación.

Mira al frente, como si buscara las palabras adecuadas para ex­presar lo que la devora por dentro.

—Y la verdad es que no sé cómo sentirme.

Entiendo que no tiene ninguna obligación de contarme nada, pero creía que teníamos la confianza suficiente como para que saliera de él.

Y que lo borrara sin decir nada ha hecho que me sienta aún peor.

Como si pensara que soy idiota y que, con eliminarlo, ya está.

Y también… —traga saliva, preparándose para verbalizar lo más difícil—, me molesta que haya conocido a alguien con quien esta vez quiera hacer cosas más en serio.

Y no sé por qué me jode, porque ni estoy enamorada de él ni lo he estado nunca.

Pero, no sé, esa idea se me ha quedado clavada.

Max tarda unos segundos en responder. Cuando lo hace, su tono es tranquilo y sincero.

—¿Sabes lo que creo? Que a veces nos duele más lo que no fui­mos que lo que perdimos.

Clara lo mira, sorprendida.

—No te jode que esté con otra. Te jode pensar que tú no fuiste suficiente como para que quisiera quedarse contigo e intentar algo más serio.

Aunque tú no quisieras quedarte con él. —Se encoge de hombros—.

Y no es que tú no fueras suficiente, Clara.

Es que, por mucho que digamos que no necesitamos a nadie, hay ausencias que pesan, aunque hayamos hecho bien alejándonos.

Ella lo observa con la boca entreabierta. No esperaba sentirse tan comprendida por alguien como Max, a quien apenas conoce.

Él continúa:

—Yo también tengo esa voz ahí dentro. Esa que me dice que, si no soy perfecto, se irán. Que si bajo la guardia, me quedo solo. Y busco anticiparme haciéndome el borde, como si no necesitara nada de nadie. —Sonríe—. Así que, si mañana vuelvo a ser un capu­llo, no te enfades mucho, justiciera.

—No prometo nada. —Suelta una risa bajita.

Y, por primera vez, comparten un silencio que no pesa. Un si­lencio limpio, que los une. Clara recuerda lo que dijo Andrea la otra noche: «Creo que, si os conocierais de verdad, te caería bien».

Y, en esta ocasión, no le parece imposible del todo.