Tú ganas
C lara llama al timbre de casa de Leo algo distraída. Cuando la puerta se abre y entra al salón, lo último que espera ver es a Max sentado en el sofá.
Ambos fruncen el ceño al instante.
—¿Qué hace él aquí? —pregunta, sin miramientos.
—¿Qué hace ella aquí? —dice él, casi al mismo tiempo.
Leo levanta las manos en gesto de paz.
—Vale, antes de que me matéis, quiero dejar claro que esto no es un secuestro. La puerta está abierta. Si queréis iros, podéis hacerlo.
Clara hace amago de darse la vuelta, pero su amigo la coge del brazo sin mirarla y continúa hablando:
—Pero me gustaría que intentarais solucionar las cosas primero.
Porque tú —señala a Clara— eres mi amiga.
Y tú —mira a Max— podrías llegar a serlo.
Y hasta viéndoos por separado se nota que tenéis algo ahí que no habéis resuelto y que tiene que ver con el otro.
Así que, ¿podéis sentaros y resolverlo como adultos? Hacedlo por mí.
Pone cara de corderito degollado para defenderse de la mirada fulminante de Clara.
—¿Necesitas que te expliquemos qué es un adulto? —dice ella, mirando a Max.
—¿Ahora también eres catedrática, justiciera? —contesta él, sin achantarse.
Leo da una palmada falsa y sonríe con ironía.
—Bueno, al menos se ve que os tenéis cariño. Estaré en la cocina. No os peguéis.
Se quedan en silencio. Ella de pie, él en el sofá. Tras unos segundos, se sienta lo más lejos posible de él, que la observa de reojo, esperando.
—¿Piensas decir algo pronto o vamos a quedarnos en silencio toda la tarde? —suelta ella, de pronto.
Max sonríe con suficiencia.
—¿No te cansas de fingir que me odias solo porque no doy los buenos días?
Su pregunta obtiene una mirada afilada como respuesta.
—No te des tanta importancia, querido, que yo no te odio. Simplemente, no te aguanto. No me aportas nada.
—Mentira.
—¿Perdona?
—Si fuera solo eso, no estarías tan enfadada ahora, ¿no?
Clara no responde directamente.
—¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que no eres el ombligo del mundo?
Él tampoco responde a la pregunta.
—¿Sabes lo que creo? Que lo de la educación y todo ese rollo ya te da igual. Que lo que te molesta realmente es que tenía razón cuando te dije que estás sola porque eres insoportable.
Una vez más, esa afirmación hace que ella enmudezca y su expresión se apague. Hasta ahora era casi divertido, pero de repente siente que algo se ha agrietado.
—¿De verdad crees que soy tan insoportable que merezco estar sola? —dice bajito, con la mirada perdida en algún punto de la pared de enfrente.
—A ver, Clara —comienza, revolviéndose en su sitio, incómodo—, ¿ahora te vas a poner dramática? Creía que estábamos jugando a ver quién saca más de quicio al otro.
Acompaña sus palabras con una sonrisa nerviosa.
Ella trata de mantener la compostura, pero ya siente que el nudo en su garganta no la deja respirar.
—Pues enhorabuena. Has ganado.
Tras asumir la derrota, se levanta y se va.
Leo asoma la cabeza justo cuando escucha el portazo y encuentra a Max aún sentado en el sofá, mirando a la nada.
—¿Qué ha pasado?
Él lo mira, descolocado.
—Te juro que, por más que lo intento, no hay manera de entender a esta tía.
Leo se acerca, conteniendo la risa.
—Ahora resulta que, después de todo lo que me ha dicho, se ha ofendido porque le he contestado que es insoportable. ¡Tócate las narices!
Leo lo mira durante un segundo y luego responde:
—¿Y tú no has pensado que, tal vez, aunque para ti decirle eso no tenga ningún significado, para ella sí que lo tiene?
Max baja la mirada y frunce el ceño. ¿Y si es eso? ¿Y si ha dado en el clavo?
—Igual deberíais dejaros de jueguecitos con los que haceros daño y tratar de conocer al otro de verdad, ¿no crees?
Max no responde, pero ha captado el mensaje.
Unos minutos más tarde, Clara llega al piso. Andrea no está. Y, en realidad, casi lo agradece, porque necesita estar sola para poder llorar.
Se envuelve en una manta y sale a la terraza. Se sienta en el suelo, apoya la espalda contra el sofá e inspira, dejando que todo el aire de la noche llene sus pulmones. Las primeras lágrimas asoman en sus ojos brillantes, acompañando los pensamientos que comienzan a agolparse en su cabeza:
«Antes me habría derrumbado por esto. Habría llamado a alguien para soltarle un discurso irónico sobre lo imbéciles que son los hombres, habría buscado la aprobación ajena, queriendo dejar claro que yo soy maravillosa y que él es un payaso más.
»Pero hoy no quiero nada de eso. Hoy solo quiero que deje de escocer. No me duele que Max me haya dicho eso. Me duele que yo, durante un segundo, haya creído que tiene razón.
»Sé que no soy una persona fácil. Sé que, cuando entro en bucle, hablo mucho y escucho poco, que a veces arrastro a los demás en mi forma de pensar y que no sé bajarme del burro cuando tengo razón… o cuando creo que la tengo.
Pero eso no significa que merezca estar sola».
El móvil vibra. Lo mira, confundida por la hora. Mensaje de Aitor:
Frunce el ceño.
«¿Qué dice este ahora de una cabaña?»
Unos segundos después, ve que el mensaje ha sido eliminado. Y entonces lo entiende. Ese mensaje no era para ella.
«Genial. Ahora sí que no sé cómo coño sentirme».