Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Gracias
47%

Gracias

M ax apoya los codos sobre la barra, como cada mañana. La cafe­tería de siempre, la rutina de siempre, la gente de siempre.

Clara también. Pero no exactamente.

Desde la cena en casa de Leo, no se han vuelto a dirigir la pala­bra.

La tensión se ha instalado en su rutina compartida sin que na­die la haya invitado, y Clara ha dejado de mirarlo con indignación o desprecio.

Ahora, simplemente, no lo mira. O lo hace con una expresión tan neutra que es como si fuera una extraña más en la ciudad.

«Bien. Perfecto. Mejor así», piensa él.

El primer día después del desastre tenía claro que no iba a decir nada. Cada uno por su lado. Cero dramas. Pero cuando ella salió por la puerta con su café sin levantar la vista del suelo, algo se le atragantó.

Desde entonces, cada día se repite la misma escena. Ella llega, pide lo suyo con su habitual tono amable y una sonrisa sincera para los camareros. Luego espera, consultando el móvil o mirando por la ventana. Lo que no hace nunca es mirarlo a él.

«Y eso es lo que más me jode. Porque con el resto sigue siendo la Clara perfecta, la que se sabe los nombres de todos, la que saluda con amabilidad, la que escucha.

Y conmigo... indiferencia. Como si le hubiera hecho algo imperdonable.

Como si yo fuera el monstruo y ella la víctima.

Como si no hubiera sido ella quien empezó todo esto, quien vino a buscarme fuera de la cafetería a soltar su discurso de abanderada de la justicia.

No dije nada que no fuera cierto. Si no le gustó escucharlo, no es mi problema.

Yo no soy el villano en esta historia... ¿O sí?»

—Aquí tienes —dice la camarera.

Max parpadea, volviendo a la realidad, coge el vaso sin pensar y, justo cuando va a girarse...

—Gracias —exhala, casi en un susurro.

En cuanto la palabra sale de su boca, se congela. Mira a la ca­marera, que asiente con una sonrisa educada. Espera unos segun­dos y, cuando ya no aguanta más, gira la cabeza.

Clara está a unos pasos, esperando su café, consultando las no­tificaciones de su móvil. Ni se inmuta. No reacciona.

«Lo ha oído. Lo ha tenido que oír. ¿O no? ¿O está fingiendo? Mierda».

Sale de la cafetería con el corazón más acelerado de lo que de­bería. No lo entiende; no sabe por qué, de repente, esa actitud suya lo remueve tanto.

Ya por la tarde, en casa de las chicas, Pablo sale de la cocina con una sonrisa orgullosa.

—Va a ser el mejor pan que hayas probado en tu vida.

Andrea, tumbada en el sofá, sonríe y levanta las piernas para que él pueda sentarse.

—Te advierto que el listón está muy alto.

—Este que te estoy preparando es un trozo de cielo.

Ella simula estar impresionada, divertida. Pablo se sienta, deján­dola apoyar los pies sobre sus piernas.

Suena un móvil.

—Dime, tío —contesta Pablo, relajado.

Andrea intuye que es Aitor.

—¿Este finde? Sí, sin problema —sonríe con picardía—. Solo te pido que, si vas a desplegar tus encantos a la luz de la chimenea, no me quemes la cabaña entera.

Andrea arquea las cejas, sonriendo. Pero entonces observa que su novio frunce el ceño.

—¿Me ha colgado? —dice él, mirando el móvil como si no en­tendiera nada.

—¿Y eso?

—No sé... ha sido rarísimo, como si se hubiera puesto nervioso de repente.

Andrea entorna los ojos.

—¿No huele a quemado?

Pablo salta del sofá.

—¡Mierda! —y corre sin pensarlo.

Andrea se lleva la mano a la boca, intentando aguantarse las carcajadas. Cuando llega a la cocina, lo encuentra sacando el pan quemado del horno mientras farfulla entre dientes.

—Como lo hagas todo así de bien, menudo partidazo me llevo —bromea, apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa juguetona.

Pablo la mira, derrotado.

Ella se acerca, coge un trozo chamuscado y se lo mete en la boca con teatralidad.

—Bueno, al menos está crujiente.

Ella ríe con esa risa suya. Pablo se limita a mirarla con expresión seria. Ella lo nota.

—Venga, amor. Déjame reírme un rato de tu pan, ¿no? No es para tanto.

Pero él continúa observándola, sereno, tierno.

—Te quiero —suelta sin más.

Ella se paraliza. Inclina la cabeza, como si no hubiera entendido.

—Pablo...

Él se apresura a cogerle la mano.

—No tienes que decir nada. Lo digo porque necesitaba decirlo, no porque espere que me lo devuelvas.

Ella lo observa unos segundos más, tras los cuales se acerca, le acaricia el pelo y le da un beso. Lento. Suave. Como si con ese gesto le dijera que aún no está lista, pero está de camino.

Por la noche, Clara entra en casa, agotada. Cruza el salón con el abrigo a medio quitar. Va directa hacia su habitación, pero de pronto se detiene.

La terraza está iluminada por la luz cálida de los farolillos. An­drea y Pablo están sentados en el suelo, con una manta sobre las piernas, riéndose mientras se lanzan trozos de fruta.

Él le hace un avión de sandía. Ella se ríe, lo empuja y le besa la mejilla.

Clara los observa en silencio y, por primera vez, no siente que esté quedándose fuera.

«Está bien. Ya les tocaba», se dice.

Sonríe, se da la vuelta con cuidado de no hacer ruido y entra en su habitación, cerrando la puerta con suavidad.

Por dentro, siente paz. Porque esta vez sabe que no está tan sola como hace unos meses. Y porque ya no le cuesta admitir que ver a sus amigos compartir esa felicidad tan pura le alegra de verdad.