Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Dile que se calle
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Dile que se calle

E s última hora de la tarde de un día cualquiera. Pablo se encuen­tra en su piso, corrigiendo unos trabajos de clase cuando suena el timbre. Se levanta con calma, abre la puerta y se encuentra con Andrea sonriendo de oreja a oreja.

—Mira lo que he encontrado —dice ella antes de que a él le dé tiempo a reaccionar.

Levanta un libro que se coloca justo bajo los ojos, tapándose media cara.

Pablo tarda medio segundo en identificarlo: una edición limi­tada de «Meditaciones», de Marco Aurelio. Uno de sus libros favo­ritos. Ella lo sabía; por eso está tan emocionada.

Pero él no dice nada. No sonríe ni se le iluminan los ojos, y eso hace que ella baje el libro lentamente, perdiendo la emoción inicial.

—Vaya, cuánto entusiasmo, ¿no?

Pablo la mira con gesto cansado y se encoge de hombros.

—¿Qué pasa? —pregunta ella, frunciendo el ceño.

Él baja la mirada y se aparta para dejarla pasar.

Andrea entra, deja sus cosas en el recibidor y se sienta en el sofá. Pablo la acompaña y se sienta a su lado, sin llegar a mirarla.

Andrea lo observa, preocupada. Él duda. Luego dice:

—En realidad no es nada… Es una tontería.

—Ah, ¿sí? —arquea las cejas—. Viendo tu comportamiento, no me está dando esa sensación.

Pablo la mira un segundo, luego vuelve a evitar su mirada. An­drea, con suavidad, se inclina hacia él.

—Ey. Soy yo, ¿vale? Puedes contármelo.

—Es que —suspira—, lo cierto es que me da miedo contártelo y que vuelvas a bloquearte.

Ella traga saliva y se muerde el labio. Le incomoda la frase, pero entiende el porqué.

—Pablo, soy tu novia. Si queremos que esto funcione, no puedes guardarte tus problemas solo por miedo a cómo voy a reaccionar.

Necesito que me cuentes qué te pasa, porque quiero ayudarte.

Y deja de poner mis sentimientos por delante de los tuyos.

Está claro que ahora mismo tú necesitas hablar con alguien.

Y yo estoy aquí. Quiero ser esa persona para ti.

Él la mira, entre perplejo y conmovido.

—¿Acabas de decir que eres mi novia?

Ambos se sonríen, como si acabaran de romper una pequeña barrera.

—Bueno —contesta ella, encogiéndose de hombros—, supongo que, si hacemos cosas de novios, somos novios, ¿no?

Pablo asiente, bajando la mirada, luchando contra una sonrisa que no puede ocultar del todo.

—Entonces, ¿vas a contarme ya qué pasa? —insiste ella mientras le acaricia el pelo con ternura.

Él respira hondo, como si por fin se diera permiso para soltarlo.

—Lo que pasa es… mi padre. Como siempre.

Andrea no dice nada, pero algo se activa en su interior, porque él nunca le ha mencionado a su padre.

—He estado hablando con él y con mi madre hace un rato. Sin más, poniéndonos al día. Les he hablado de ti.

Ella siente un cosquilleo que no sabe si es por nervios o ilusión.

—Y mi madre, bien. Es un amor. Pero mi padre…

Hace una pausa. Se muerde el labio. Tiene los ojos ligeramente brillantes. Andrea le coge la mano.

—Mi relación con él es complicada. No por ti —frunce el ceño, como si le doliera verbalizarlo—.

Es desde que decidí no estudiar Administración de Empresas para dirigir la empresa familiar junto con mi hermana.

Preferí Filosofía. Enseñar. Hacer algo que me hi­ciera sentir útil de otra manera.

—Suspira— y, desde entonces, nunca he sido suficiente para él y aprovecha cualquier excusa para recordarme que le decepcioné.

Andrea lo mira, atenta. Está más impresionada de lo que quiere demostrar, ya que nunca habría imaginado que Pablo viniera de un entorno así.

—Y normalmente paso de él. Pero hoy —continúa, con la voz ligeramente quebrada— hoy me ha dolido.

Me ha dicho que, por mucho que tú te rías conmigo ahora, acabarás cansándote y te irás con alguien con un trabajo de verdad.

Que eso es lo que hace la gente que no vive de «contar historias bonitas con pocas soluciones prácticas».

Hace una pausa para coger aire.

—Y lo que me molesta es que a veces le creo. Pienso que tiene razón, que no soy suficiente. Ni para ti, ni para mí, ni para nadie.

Andrea frunce el ceño. Tarda un segundo en encontrar las pa­labras. Luego dice:

—Vale, pues para ser una tontería… joder.

Él suelta una risa breve y tímida. Ella se recoloca en el sofá, bus­cando serenarse y, tras tomarse el tiempo que necesita, concluye tajante:

—Pablo, mi amor, tu padre es imbécil.

Él la mira, entre sorprendido y divertido. Andrea continúa:

—O sea, ¿ahora es él quien decide qué vale y qué no? ¿Quién tiene derecho a enamorarse, según lo que gana o lo exitoso que es? Mira, a mí no es que me dé igual que seas profe de filosofía, es que me encanta.

Él la mira sin entender al tiempo que se deja acariciar la mejilla.

—Porque es lo que te hace feliz —sonríe orgullosa—. Porque veo cómo se te ilumina la cara cuando hablas de tus alumnos, o cómo disfrutas colando temas filosóficos en nuestras conversaciones, o cómo te brillan los ojos cuando lees uno de esos libros tuyos y de repente entiendes algo nuevo.

Pablo se va calmando poco a poco.

—Igual lo que debería hacer tu padre es revisarse esa masculini­dad tóxica suya. Porque ese cuento de que ser un hombre de verdad es ser un señor empresario que mantiene a su mujer y a sus hijos ya está un poco pasado de moda.

Pablo no responde; solo la mira. Más tranquilo. Más él. Y, aun­que todavía no se atreve a decirlo en voz alta, piensa:

«Te quiero».

Andrea le sonríe, como si lo hubiera oído. Se acerca y le da un beso tierno. Cuando se aleja apenas unos centímetros, él le aparta un mechón de pelo de la cara.

—Gracias. De verdad, lo necesitaba.

Ella le regala un beso más, breve, como un «de nada» silencioso.

—¿Quieres que me quede contigo esta noche?

Él asiente. Ella también, al tiempo que se acurruca sobre su pe­cho, dejándose envolver en un abrazo sincero.

Solo se escucha el latido tranquilo del otro.

Y ninguno de los dos necesita más en este momento.