Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna ¿Soy justa de verdad o solo es postureo?
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¿Soy justa de verdad o solo es postureo?

H an pasado varios días desde el encontronazo en la cafetería, pero, lejos de superarlo, el enfado de Clara ha ido en aumento.

Cada mañana, la escena se repite: ella entra a por su café y él ya está allí o llega poco después.

No hay un solo gesto amable en su comportamiento y, por si fuera poco, desde que discutieron —o, mejor dicho, desde que ella discutió con una pared—, él ha añadido una nueva rutina a sus mañanas: le dedica una sonrisa sarcástica y desafiante cada vez que recibe su pedido y sale por la puerta.

Clara siente que le está vacilando y ha decidido que hoy será la última vez.

El día transcurre con normalidad hasta que él, como si siguiera un guion milimétrico, recoge su café y se gira para marcharse. Y, como siempre, esa maldita sonrisa.

Clara lo sigue, sale tras él con determinación y le toca el hombro con firmeza.

—¡Eh, tú! —espeta.

Él se gira, frunce el ceño y se mira el hombro donde ella lo ha tocado.

—¿Acabas de ponerme la mano encima?

Ella ignora su pregunta.

—Pero ¿tú qué problema tienes?

—¿Y tú? —contraataca él, con una mezcla de burla y aburri­miento.

—Pues ahora mismo, mi problema eres tú —sigue ella, sin achan­tarse—.

Eres el típico machito que se cree especial por ser un puto borde de mierda, pero la realidad es que solo das pena.

Los cama­reros de la cafetería no tienen la culpa de que seas un inseguro que necesita menospreciar a los demás para sentirse por encima.

Él sonríe, seco y sin gracia y, como si las palabras de Clara le resbalaran, añade:

—¿Sabes qué, justiciera? No tengo tiempo para tus tonterías ahora mismo.

Se gira, dispuesto a marcharse, pero ella le lanza una última pu­lla:

—¡Cómo no! Era obvio que ibas a ser de esos que desaparecen cuando las cosas no le gustan porque le han magullado el ego. ¡Qué sorpresa!

Y ahí, sin que ella lo sepa, se rompe algo. El desconocido se de­tiene en seco, aprieta la mandíbula y los puños, se da la vuelta len­tamente y se acerca con una intensidad que no había mostrado hasta ahora. Ella no retrocede, pero se tensa.

—¿Y tú quién coño te crees que eres? ¿La defensora oficial de la buena educación?

Mírate. —Le lanza una mirada de desprecio de arriba a abajo—.

Te molesta que no dé los buenos días a un cama­rero, pero te importa una mierda cómo pisas a los demás cuando algo no encaja con tu lógica.

Vas por la vida exigiendo respeto como si fuera un premio que solo tú puedes repartir, pero no eres capaz ni de mirarte al espejo sin necesitar que alguien te aplauda.

¿Te crees brillante? Tal vez lo eres. Pero no porque digas lo que piensas, sino porque has desarrollado el superpoder de que los de­más te tengan miedo antes que cariño.

—Se acerca un poco más a ella, bajando el tono—.

Y quizá por eso estás tan sola. Porque eres una niñata malcriada que se dedica a repartir lecciones al resto mientras no es capaz de centrarse en ella porque se da demasiado asco a sí misma.

La mira un segundo más. Clara no responde, no puede. Está paralizada. Y entonces él da por concluida la conversación y se marcha, dejándola en medio de la calle, clavada en el suelo y mi­rando cómo se aleja sin apenas pestañear.

Consigue llegar al bufete, aunque no sabe ni cómo. Pasa varios minutos sentada en su despacho, sin hacer nada más que repasar la discusión en su cabeza. Tiene el ceño fruncido, los brazos cruzados y la mirada perdida.

De pronto, le vibra el móvil. Mensaje de Leo en el chat de grupo:

Todos aceptan. Todos, menos Clara, que escribe:

Ni un minuto pasa cuando Leo la llama. Ella contesta, cons­ciente de que, si no lo hace, no va a parar de insistir.

—¿Cuál es el drama? —pregunta, sin rodeos.

—¿Qué?

—Vamos a ver, Clara. Desde que tú y yo nos conocemos, jamás de los jamases has cancelado un plan porque «tuvieras que quedarte trabajando hasta tarde». Así que ahora mismo me vas a decir qué te pasa o me planto en tu curro con un megáfono para que me lo cuentes a mí y a todo el barrio.

Ella suelta una media sonrisa mientras niega con la cabeza.

—Nada. —Suspira—. Es que he vuelto a discutir con el tío ese de la cafetería.

—¡¿Y por ese gilipollas integral vas a dejar de venir a mi cena?!

—No es eso. Es que esta vez nos hemos dicho cosas feas y me he rayado un poco.

—¿Y sabes cómo se superan las rayadas? Con buen vino, una conversación agradable con tus amigos y un desconocido bueno­rro.

—Vale. Pero ceno y me voy, ¿eh? —dice, resignada.

—Bueno, bueno... eso ya lo iremos negociando cuando empieces a beber.

Ella cuelga con una sonrisa débil al mismo tiempo que piensa:

«Tal vez no me venga mal socializar un poco».

Ya por la tarde, Clara llega al piso de Leo. Andrea, Pablo y Aitor ya están allí. Falta el invitado misterioso.

—¡Ay! ¿Al final has podido venir? —pregunta Andrea, contenta de verla.

—Sí, he sacado un ratito —responde, dejándose caer en el sofá.

La conversación fluye. Comentan una anécdota de Pablo en clase, se ríen del último drama de Leo con una actriz que solo ha­blaba en verso porque «estaba experimentando con su personaje» y Aitor habla de una cata de vinos a la que le gustaría ir.

El timbre suena justo cuando Clara está en la cocina robando algo de queso. Escucha voces en el salón, pero no ve nada. Hasta que sale y Leo se apresura a realizar las presentaciones pertinentes:

—Ah, Clara, este es Max.

Y ahí está. Él. Max.

Se miran. Se congelan.

—El que faltaba... —susurra ella.

—Mierda —dice él, igual de bajo.

Acto seguido, el silencio comienza a crecer y corta toda la tran­quilidad que había en la habitación hasta hace unos pocos segun­dos.

—¿Ya os conocéis? —pregunta Leo, descolocado.

—Por desgracia —responde Max, sin apartar la mirada.

—Es el idiota de la cafetería —explica Clara, cruzándose de bra­zos.

Nadie sabe qué decir.

Max mira a Leo.

—Tío, sé que lo has hecho con la mejor intención, pero creo que esto no es buena idea.

Pero antes de que Leo sea capaz de reaccionar, Clara recoge sus cosas mientras dice, con amabilidad irónica:

—No, por favor. Quédate, que ya me voy yo. Si, de todas formas, no quería venir.

Andrea intenta detenerla.

—Clara...

—Déjalo, bombón. Es mejor así, en serio.

Y se va.

El resto intenta salvar la velada. Leo, incómodo, se disculpa por la situación con los demás.

—No tenía ni idea de que se conocían, de verdad. Me lo presen­taron al empezar el rodaje. Yo estaba con el equipo de escenografía y él hacía las fotos del backstage . Hablamos un rato y nos caímos bien. Pensé que podía encajar con vosotros.

—Bueno, cosas que pasan —comenta Pablo, intentando quitar hierro al asunto.

Poco a poco se relajan —o fingen hacerlo—.

Hablan de los temas que Pablo ha propuesto en clase últimamente y uno, sobre si el amor romántico debería seguir siendo el ideal social, provoca cierto debate.

Leo cuenta una historia absurda de un director que quería hacer una función de Shakespeare ambientada en una carnicería, y Aitor sugiere que algún día podrían ir todos juntos a un bar que ha descubierto donde los cócteles se sirven en frascos de laborato­rio.

Esa noche, cuando Andrea vuelve al piso, Clara está en la te­rraza, acurrucada bajo una manta. Sale en silencio y se sienta a su lado.

—¿Cómo ha ido? —pregunta, sin mirarla.

Su amiga la observa, ve en sus ojos el brillo de las lágrimas.

—Ha sido... —tuerce el gesto, pensativa— surrealista, la verdad.

Clara libera una sonrisa triste.

—¿En serio me estás diciendo que ha sido incómodo después de que me haya ido? —bromea.

Andrea se encoge de hombros.

—Pero no mucho, ¿eh? Creo que podríamos repetirlo otro día.

Ambas ríen bajito.

Tras unos minutos de silencio, Andrea añade:

—Lo peor de todo es que creo que, si os conocierais de verdad, te caería bien.

—¡NI MUERTA! —grita, girándose bruscamente—. ¿Me oyes? Prefiero ser atropellada por un tren.

Su amiga sonríe. Clara vuelve a recostarse, apoyándose en su hombro mientras se deja besar la cabeza.

Y se quedan en silencio, fundidas en la noche.