Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Silencios que agrian el café… ¿y el carácter? #2
42%

Silencios que agrian el café… ¿y el carácter? #2

—O igual es simplemente gilipollas —remata ella, con una son­risa falsa.

Ríen y el ambiente se relaja un poco.

—En fin... ya vale. Contadme qué tal vuestro día, necesito des­conectar.

—Bueno, en mi mañana también ha habido un capullo —co­mienza Leo, incorporándose—. Pero, en este caso, tenía corbata y un máster en condescendencia. Me preguntó si sabía algo de vinos afrutados o si solo bebía cosas de colores.

—No puede ser cierto —responde Andrea entre risas—. ¿Y qué hiciste?

—Me pedí un vino de colores y lo invité a probarlo. Fin de la cita.

Ríen aún más fuerte.

—Ay, Leo. Te mereces un premio solo por sobrevivir a tus pro­pias historias —dice Clara.

—Algunos lo han pasado peor. Como Pablo, que ha vuelto al instituto —añade Aitor.

—Pobrecito —comenta Clara, con tono burlón—. Rodeado de adolescentes. ¿Te han tocado muchos filósofos frustrados este año?

—Uno me ha preguntado por qué los churros son redondos si el alma es cuadrada. Así que sí, eso parece —responde Pablo con una sonrisa.

—Bueno, al menos has sobrevivido al primer día —concluye An­drea, dándole un toque cariñoso en el brazo.

Él asiente, mirándola con una sonrisa sincera.

El grupo sigue riendo, hablando de sus cosas, del calor que hace para ser septiembre y de que deberían planear otra escapada juntos. Entre una risa y otra, la tensión de Clara parece evaporarse del todo. Ya no piensa en el tío borde de la cafetería. Piensa en lo bien que se está aquí.

Y, por un momento, todo vuelve a estar en equilibrio.

Ya de noche, en el piso, Andrea y Pablo están acurrucados en el sofá, en silencio, exhaustos emocionalmente. Solo se acarician, se besan, se tienen.

Clara se une, con una copa en la mano.

—¿Sabéis que desprendéis miel? No en plan bien. En plan em­palagoso.

—Además de discusiones con desconocidos, ¿también has per­dido la capacidad de sonreír, Clarita? —bromea Pablo, con expre­sión vacilona.

La pregunta provoca que Andrea se ría a carcajadas.

—¡Eso! Encima tú síguele el rollo para que piense que es gracioso —responde Clara, lanzándole una mirada de falsa indignación.

Pablo pone cara de «no lo creo, lo soy», al tiempo que Andrea le da un beso y mira a su amiga con carita de niña buena, como si no pudiera hacer nada para remediarlo.

—Me voy a la cama —dice Andrea—. ¿Te quedas aquí un rato? Él asiente.

—Quiero ver si consigo echar al Grinch de esta casa —responde, señalando a Clara con la cabeza, mientras no deja de mirar a An­drea.

Ella se ríe, le da un beso a Pablo y otro a Clara, que finge apar­tarse, pero se deja.

Cuando se quedan solos, él rompe el silencio tras unos minutos:

—¿No crees que ese tío no merece que estés enfadada todo el día?

Clara lo mira y suspira con cara de «dime algo que no sepa», haciendo que él se ría en silencio.

De pronto, ella cambia de tema:

—¿Y tú y Andrea, bien? Porque ayer, durante los cinco segundos que estuve despierta en el coche, noté algo raro en el ambiente.

—Sí que pasó algo —se encoge de hombros—, pero ya lo hemos hablado y estamos bien ahora.

—¿Seguro? —alza una ceja—. ¿Ya no hay nada que te preocupe?

—A ver, entre haberlo hablado y que no me preocupe nada hay un trecho, ¿no crees?

—Pues eso quiero saber, coño. Que te estás haciendo de rogar de unas maneras...

Pablo sonríe, pero su expresión cambia rápido. Finalmente, confiesa:

—Si te soy sincero, a veces tengo la sensación de que yo estoy dando el cien por cien y ella solo me da el cincuenta.

Clara guarda silencio un segundo. Sabe lo que quiere decir, pero necesita encontrar las palabras adecuadas para que su amigo no se sienta herido. Cuando las tiene, responde:

—No es que quiera hundirte, tío —le coloca la mano sobre el hombro—, pero ya te confirmo que no es una sensación tuya. Es así. Desde el principio.

Él desvía la mirada, pensativo. Clara sigue:

—Pero, Pablo, a Andrea ya la compraste así.

Me refiero a que, cuando tú empezaste a sentir por ella, ahora sabemos que era recí­proco, pero en aquel momento ella aún no estaba preparada para afrontarlo.

Hoy ya no está en ese punto: lo ha asimilado y ha deci­dido jugársela por vosotros.

El problema es que tú tampoco estás en el mismo punto que antes.

Hace una pausa, bebe de su copa mientras deja que Pablo di­giera lo que le acaba de decir.

—Tú sabes mejor que yo lo que sientes por ella en este mo­mento, pero mi opinión es que, si no estás ya enamorado, te falta poco. Y la realidad es que Andrea todavía no está preparada para valorar esa posibilidad en lo referente a lo que ella siente.

Lo observa. Se da cuenta de que lo ha dejado tocado. Sigue, esta vez, suavizando el tono:

—Con esto no quiero decir que siempre vayáis a tener esta rela­ción de desigualdad, pero ella tiene que superar varias cosas antes de dejarse llevar del todo y posicionarse al mismo nivel que tú. Y de verdad creo que lo está intentando.

—Te recuerdo que la última vez que estuvimos tan desnivelados acabé declarándome a pleno grito en medio de la calle —dice Pablo.

—Vamos a suponer que aprendiste algo de eso y que, esta vez, si brotas, lo harás en la intimidad, ¿no?

Se ríen bajito mientras contemplan la ciudad dormida delante de ellos. Ninguno de los dos añade nada más, pero ambos son cons­cientes de que, a veces, unas pocas palabras son suficientes para entender muchas cosas.