Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Silencios que agrian el café… ¿y el carácter?
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Silencios que agrian el café… ¿y el carácter?

C lara abre los ojos antes de que suene el despertador.

Es uno de esos milagros que ocurren de vez en cuando, y hoy lo agradece.

Se despereza como si llevara semanas sin dormir bien, aunque no sea verdad.

Se siente nueva. Coge su taza favorita y, mientras se sirve el café, oye el agua de la ducha en el baño, lo que significa que Andrea ya se ha levantado.

La rutina es cálida, compartida. Se maquilla sentada en el borde de la cama mientras su amiga elige qué camisa ponerse. Hablan poco, pero se sonríen mucho. La vida va volviendo a su ritmo.

En el trayecto al trabajo se permite su pequeño ritual: pasar por la cafetería de siempre antes de entrar al bufete. Ya casi podría for­mar parte de su contrato laboral.

Empuja la puerta, sonríe al camarero de la barra y pide lo de siempre, con la misma voz amable de siempre:

—Un capuchino con canela, por favor, Diego. Y que hoy sea con extra de paciencia, que tengo un juicio a primera hora.

Mientras espera, consulta el móvil. Nada urgente. Nada grave. Hasta que, de pronto, esa voz grave le llega a los oídos. Otra vez. La había borrado de su cabeza durante las vacaciones, pero ahí está. Como siempre desde hace unas semanas.

—Uno solo, para llevar.

Ni un «buenos días». Ni una mirada. Ni una sonrisa. Ese tipo no para de aparecer en su cafetería a la misma hora que ella, actuando como si el mundo le debiera algo. Y hoy ya no está dispuesta a aguantarlo más.

Cuando él se gira para salir, lo observa con los labios tensos.

—Gracias —dice, con tono afilado.

Él se detiene, la mira y arquea una ceja sin comprender. Ella sigue, sin pestañear:

—Es lo que hay que decir cuando te dan el café que has pedido. No es tan difícil, ¿no? Podrías practicarlo para la próxima vez.

El desconocido la escanea de arriba abajo, sonríe con ironía y se va. Sin decir nada, lo que hace que se quede un segundo congelada.

—Ha sido muy amable por tu parte, pero con gente así no me­rece la pena —dice el camarero mientras le entrega su café.

—Qué me vas a contar —responde ella, bajando el tono.

Finalmente, suspira y se va a trabajar.

Pablo entra al aula como si llevara semanas preparándose para este momento. En realidad, no. Pero su manera de andar siempre tiene ese toque de quien sabe lo que está haciendo.

Apoya su maletín sobre la mesa y se queda en silencio, obser­vando al grupo de alumnos que le ha tocado este año.

—Buenos días. Soy Pablo. A secas. No me gusta eso de «profe» ni «señor». Y tengo una pregunta para vosotros.

Deja que una pausa tensa y perfectamente estudiada se estire; echa un vistazo a las caras curiosas de los chicos y continúa:

—¿De qué os apetece que hablemos este año?

Hay caras de sorpresa y cuchicheos nerviosos. Hasta que, al fin, un alumno al fondo se anima:

—De por qué los churros son redondos si el alma humana es cuadrada.

Pablo nota que el resto de la clase deja de respirar por un ins­tante; la tensión se condensa en el ambiente. Pero, lejos de abron­car al alumno graciosillo, se limita a asentir y sonreír, como si lo hubiera esperado.

—Buen punto de partida.

Poco a poco, los demás se relajan y se animan. Alguien men­ciona el sentido de la vida. Otro, el miedo a decepcionar a los pa­dres. Alguien más propone hablar del final de una serie famosa.

Él escucha sin corregir a nadie. Cuando se hace el silencio, toma la palabra:

—Os propongo algo: durante este curso podremos hablar de todo lo que queráis.

Pero, a cambio, necesito que penséis, que ar­gumentéis y que razonéis.

Mi objetivo es que esta clase sea un lugar seguro para vosotros y para mí y que, al finalizar el año, salgáis de aquí queriendo cuestionarlo todo.

Si conseguimos eso, todo lo de­más no me importa. ¿Trato hecho?

Asienten. Algunos con la cabeza, otros con la mirada. Pablo ya sabe que eso es un sí.

Antes de que suene el timbre, remata:

—Pues todo el mundo fuera de aquí. Id a disfrutar de vuestras últimas horas de libertad.

Consigue arrancar una carcajada general. Le encanta ese so­nido.

Cuando sale del instituto, ve a Andrea apoyada en su coche. Se sonríen al acercarse.

—Hola.

—Hola. ¿Qué haces aquí?

—He pensado que podríamos ir al parque y hablar de lo de ayer mientras comemos algo —dice, sonriente, señalando la ventanilla trasera, donde descansa una cestita de picnic sobre el asiento.

—Me parece genial.

Pero, justo antes de entrar en el coche, una voz los interrumpe:

—¡Eh, Pablo!

Andrea y él miran al mismo tiempo. Es el alumno de antes, el de los churros. Va acompañado de otros chicos y chicas de clase y mira a Andrea fijamente, antes de soltar:

—De tu novia también voy a querer hablar este año.

—Tendrás que argumentarme muy bien ese tema para conse­guir que te cuente mis secretos.

Los chavales se ríen mientras Andrea lo mira, divertida.

—¿Qué acaba de pasar?

—Examen sorpresa de realidad. Me han pillado —dice él, enco­giéndose de hombros.

Luego, rodea el coche y entra por el lado del copiloto. Ella niega con la cabeza, sonriendo, y entra también.

Unos minutos más tarde, llegan al parque donde suelen ir a to­mar el sol con el resto del grupo, cuando empieza a hacer calorcito. El trayecto en coche ha sido silencioso, aunque Pablo le ha acari­ciado la pierna a Andrea de vez en cuando, tratando de transmitirle paz.

Preparan las cosas del picnic en silencio, compartiendo miradas y roces cómplices. Ambos quieren saborear el momento, porque ninguno sabe si se avecina tormenta o no.

Ya sentados, uno al lado del otro, es Andrea quien rompe el hielo:

—¿Has podido dormir algo?

Pablo sonríe. Sabe que ella es perfectamente consciente de que se rayó, a pesar de que le dijo que no lo hiciera.

—Más o menos.

Andrea sonríe también, leve.

—Eres como un libro abierto, cariño. No puedes esconder nada porque tu cara siempre lo dice todo.

Él se queda con ese «cariño». Le suena a esperanza, y eso hace que se relaje mínimamente.

Andrea le acaricia la mejilla cuando lo nota inmerso en sus pen­samientos.

De pronto, Pablo se sienta a su espalda y la abraza, como si así pudiera hacer que todas sus dudas desaparecieran.

Ella se limita a dejarse envolver, y las primeras lágrimas se le escapan.

Más por tensión que por tristeza. Él le besa la cabeza al notarlo.

—Es que esto es muy difícil, Pablo —musita entre sollozos sua­ves, tratando de mantener la calma—.

Aunque esté genial contigo, aunque me encante lo que tenemos, hay veces que el miedo me paraliza.

Como si caminara tranquila y, de pronto, me viera atra­pada en arenas movedizas.

Y lo de ayer —traga saliva—, sé que era una pregunta sin más.

Pero sentí que, si te hablaba de mi familia, ibas a empezar a formar parte en serio. Y me asusté.

Pablo se toma un momento para pensar antes de responder.

—¿Eso significa que ya no quieres seguir, Andrea? —pregunta, directo, pero con el corazón en un puño.

Ella se gira rápido, se pone de rodillas, sujetándole la cara con las dos manos y buscando sus ojos, que la miran, brillantes.

—No —responde, entre lágrimas, pero totalmente segura de sí misma—. Yo no quiero eso, Pablo. Quiero estar contigo. Lo que in­tento decirte es que quiero hacerlo bien. Y creo que no lo estoy haciendo mal del todo, pero tengo momentos de inseguridad.

Él levanta la mirada y, cuando sus ojos se cruzan nuevamente, ya no puede aguantar más la presión que crece en su pecho. Y ex­plota. Llora en silencio, tratando de liberarse de todo lo que guarda dentro. Andrea lo abraza sin decir nada, porque lo entiende. Sabe que él también necesitaba soltar.

Cuando se calma, ella se acomoda de lado, sin darle la espalda del todo; le besa la nariz y apoya la cabeza en su pecho.

—Yo solo quiero que estés bien, Andrea. Porque sé que, si tú estás bien, yo también.

—Sabes que eso depende más de mí que de ti, ¿no? —responde suave, mientras alza la vista con media sonrisa triste en los labios.

Él se deja contagiar por el gesto, resignado.

—Pero ¿sabes por qué creo que no está todo perdido?

—continúa Andrea—. Si lo de ayer hubiera pasado cuando nos conocimos, me habría bajado del coche después de decirte que estaba perfecta­mente y me habría encerrado a llorar en mi habitación, lamentán­dome por no ser capaz de decirte la verdad. Pero ayer pude fre­narme y te lo dije.

Se miran y se les escapa una sonrisa tímida. Por primera vez desde que comenzó la conversación, descubren ternura y un poco de calma en los ojos del otro.

—Quiero creer que eso es un brote verde.

Pablo asiente. Le da un beso cortito, pero necesario. Luego la abraza fuerte.

—Gracias por decirlo ayer. Y por esto de ahora.

Se quedan sentados sobre la hierba un poco más, regalándose esa compañía mutua que hace que el silencio, que se estira poco a poco, ya no duela, sino que reconforte.

Por la tarde, en La Zurda, el resto del grupo ya está reunido cuando llega Clara. Más tarde, incluso, de lo habitual.

—¿Sabes que has llegado después de Leo? —dice Aitor, antes de que pueda sentarse siquiera—. Eso ya es récord.

—Gracias por tu observación, «Cronómetro Humano» —res­ponde, con sarcasmo afilado.

Él la mira sorprendido. El resto también nota el tono.

—Vale, veo que no has ganado muchos juicios hoy —bromea Leo.

—Perdón, chicos —suspira mientras deja su bolso sobre la silla—. No es eso. Es que esta mañana me he cruzado con un imbécil que me ha arrebatado la paciencia de golpe.

—¿Un cliente? —se interesa Andrea.

—No. Un cafre maleducado en mi cafetería de siempre. Es un tipo que lleva un tiempo apareciendo como si le hicieran un favor por servirle. Hoy se me ha cruzado el cable y le he dicho cuatro cosas.

—¿Y qué le has dicho? —pregunta Leo, con los ojos brillando de interés.

—«Gracias», con tono de amenaza. Y luego le solté que podía practicarlo para la próxima vez.

—Eso es muy tú —dice Pablo, asintiendo con la cabeza.

—Lo peor es que me ha mirado, se ha reído y se ha largado. Como si nada.

—Quizá está esperando el momento de devolvértela con otra iro­nía elegante —comenta Aitor, divertido.