Estábamos jugando… hasta que ya no
—P odríamos volver un finde a la cabaña —dice Pablo, removiendo su café con desgana—. Ya sabes, por cerrar el círculo. Volver al origen. Es poético y todo.
Andrea alza una ceja, sonriendo mientras apoya el codo en la mesa del jardín.
—¿Y no sería ya meternos en terreno repetitivo? Igual nos salta una alerta de guion reciclado.
—Por favor. Si tú diste tu monólogo más intenso ahí, merecemos una secuela.
—¿Mi monólogo? —Andrea abre mucho los ojos, ofendida a propósito—. ¿Estás insinuando que lo mío fue postureo emocional?
—Solo digo que soltaste un discurso digno de cierre de temporada. Te faltó la banda sonora dramática y una cortinilla negra para los créditos.
Ella no puede evitar reírse, negando con la cabeza.
—Lo cierto es que solo lo hice para poder ver el atardecer desde el lago. En realidad, ni siquiera me caes bien. —Se encoge de hombros, fingiendo indiferencia.
Pablo sostiene su sonrisa, pero su tono baja una marcha, más tranquilo, más sincero.
—Pues cuando volvamos, tenemos que cruzar al otro lado del lago. Mi hermana y yo lo hacíamos siempre de pequeños, porque desde allí las vistas son todavía más bestias. Si sacaste tus armas literarias solo por aquel atardecer, no sé qué harás cuando lo veas desde la otra orilla.
Andrea entreabre la boca, fingiendo sorpresa y emoción, y alza la mano dramáticamente.
—Tú lo que quieres es terminar de engatusarme, ¿no?
Pablo sonríe, la mira y dice, cambiando de tercio sin perder la suavidad:
—Oye, me estoy dando cuenta de que no sé nada de tu familia. ¿Tenéis algún trapo sucio que deba conocer? ¿Algún oscuro secreto que pase de generación en generación?
La sonrisa de Andrea no se borra, pero sí se congela. Parpadea. Tarda un segundo más de la cuenta en responder y, cuando lo hace, su tono es casi neutro:
—Eh… no. Mi familia no es tan guay como la tuya.
En cuanto acaba la frase, suelta la mano de Pablo con suavidad, pero sin mirarlo. Baja la vista, clavándola en el café medio frío, lo que provoca que él tuerza el gesto ligeramente, sin entender lo que acaba de suceder.
Y entonces, sin previo aviso, aparecen Leo y Aitor, cruzando el jardín entre voces.
—Te digo que no puedes comparar un Mercedes 190 SL con un Mustang del 68. No es ni debatible.
—Estás fatal. ¿Sabes lo que daría la gente por tener un Mustang original? —responde Aitor mientras se sienta al lado de Andrea.
Leo se deja caer junto a Pablo, que sigue mirándola, perplejo.
—Tío, dime que no es una locura lo que le estoy intentando explicar. ¿Tú con cuál te quedarías?
Pablo parpadea. Mira a Aitor como si acabara de salir de otra dimensión.
—¿Qué?
—Entre el Mercedes y el Mustang —repite su amigo, expectante.
—Eh… el Mustang, supongo.
Aitor levanta las manos, triunfal.
—¡Gracias! Por fin alguien con criterio.
—Pff, vendidos todos —murmura Leo.
Siguen discutiendo entre ellos, y Pablo vuelve a girarse hacia Andrea, que continúa con la mirada baja.
—Voy a terminar de recoger —murmura, sin alzar la vista, al tiempo que se levanta y desaparece hacia la cocina.
Él la sigue con la mirada, con los labios entreabiertos. Sigue sin entender qué acaba de pasar.
En su habitación, Clara y Marina están terminando de hacer su equipaje.
—¿Tienes ganas de volverte a Londres? —pregunta Clara, doblando una camiseta.
—Pues la verdad es que sí —responde Marina—. O sea, estoy muy a gusto con vosotros, ya lo sabes. Pero, en parte, me apetece volver por el tema del trabajo. Me emociona mucho, en serio.
Clara sonríe, sincera.
—Se nota. Y me alegro mucho, tía.
Se queda un segundo en silencio, doblando otra prenda. Luego, con un tono más pausado, añade:
—¿Y no te da cosa estar allí sola? O sea, que ya nos has contado que has conocido a un montón de gente, pero no sé… sin amigos de siempre, sin familia cerca.
—Bueno —dice Marina, encogiéndose de hombros—, hay días más duros que otros, no te voy a mentir. No siempre se puede estar bien. Pero, si te soy sincera, nunca ha sido un problema para mí pasar tiempo conmigo misma. Estar allí, así, no me disgusta del todo.
Clara deja de doblar la ropa y la mira, mientras su amiga la observa de reojo, con una ceja alzada.
—¿En qué piensas, Clarita?
La pregunta la hace sonreír.
—En que a mí me gustaría poder llegar a ese punto algún día. Porque, hasta hace nada, siempre había pensado que necesitaba estar rodeada de gente para sentirme querida, ¿sabes?
Marina asiente, sin interrumpir.
—Pero, desde hace un tiempo, he empezado a darme cuenta de que el sentimiento de soledad no tiene tanto que ver con la gente que tienes alrededor. Que, aunque suene raro, es algo que una tiene que arreglar consigo misma.
Su amiga asiente por segunda vez, como si acabara de escuchar una verdad universal.
—Deberías dar clases de filosofía con Pablo. Creo que se te daría mejor que a él.
—No me veo capaz de superar sus outfits de profe moderno y molón, la verdad.
Ambas ríen y vuelven a centrarse en terminar de preparar sus mochilas.
Ya en la carretera de vuelta, Marina, Leo y Aitor van juntos en un coche.
Ella pasará la noche en casa de Leo, que vive cerca del aeropuerto.
Andrea, Clara y Pablo viajan en el otro.
Clara cae rendida en cuanto se acomoda en el asiento trasero.
Pablo conduce en silencio, lanzando miradas de reojo a Andrea, que va en el asiento del copiloto, ausente, con la vista clavada en el paisaje.
Al llegar, Clara se despide sin abrir los ojos del todo.
—Hasta mañana. Me voy a dormir, que no puedo más.
Coge su mochila del maletero y sube al piso a trompicones.
Andrea y Pablo se quedan unos segundos en el coche. Permanecen en silencio hasta que él se gira hacia ella, cogiéndole la mano.
—¿Estás bien? ¿Te has rayado por algo que dije en el desayuno?
Ella sonríe, pero sin brillo, al mismo tiempo que le acaricia la mejilla con suavidad.
—Todo bien, cariño. Solo estoy cansada. Han sido muchos días juntos y creo que se me ha agotado la batería social. Hablamos mañana, ¿vale?
Pablo la mira con el ceño fruncido. No termina de creerla, pero asiente. Andrea se gira para salir y, en ese preciso instante, su mirada se cruza un segundo con la de él. Consigue abrir la puerta, pero su cuerpo se detiene con las piernas fuera del coche y el torso aún dentro.
En su cabeza aparece la voz de Pablo, a orillas del lago, aquella primera vez en la cabaña:
«Si alguno necesita alejarse en algún momento, que lo diga. Con sinceridad. Sin miedo».
Cierra los ojos y siente que en su mente resuena una única palabra: «Mierda».
Se humedece los labios, mira al portal de su casa, como si respirara coraje, y vuelve a girarse para mirarle de frente.
—No es verdad.
Pablo parpadea, sin entender.
—¿El qué?
—Lo que he dicho.
Él la mira, atento. Ella suspira.
—Tienes razón. Estoy mal. Y sé que ahora mismo no lo entiendes, pero tu pregunta me ha sobrepasado un poco. No me apetece hablarlo hoy, ¿vale? Pero no quería irme dejándote así de confundido.
Pablo asiente lentamente, con la mirada algo perdida y mordiéndose el labio, con cara de concentración.
Andrea se da cuenta de que se está culpando y le acaricia de nuevo la mejilla para llamar su atención.
—No has dicho nada malo, Pablo. De verdad. Es solo que la pregunta me ha superado un poquito. Pero sé que no era tu intención.
Se acerca y le da un beso tierno. Luego, sin apartarse del todo, susurra:
—¿Lo hablamos mañana con más calma?
—Vale —responde él, apenas audible.
Ella le sonríe una última vez, se baja del coche y entra en el portal con su maleta.
Pablo permanece unos minutos en el coche, sin arrancar y con la única compañía de la soledad que le pesa por dentro. Se pasa una mano por la cara, como si quisiera borrar la conversación. Mira hacia el retrovisor, aunque no espera ver nada, solo oscuridad. No entiende qué ha fallado.
No está acostumbrado a este tipo de silencios. Los que no nacen del enfado ni de la distancia, sino del miedo. Pero algo dentro de él —una punzada leve, casi imperceptible— le dice que esto va a necesitar más paciencia de la que pensaba.
El piso está en silencio cuando Andrea entra. La mochila de Clara está tirada en medio del salón. Ella ya duerme.
Se detiene un momento en mitad del pasillo. Luego, como empujada por algo más fuerte que el cansancio, sale a la terraza.
Se apoya en la barandilla, respira hondo y, como si necesitara mantener una conversación con la luna, mira al cielo mientras piensa: «Me ha hecho una pregunta tonta, una pregunta normal. De esas que se hacen cuando estás conociendo a alguien. Y, aun así, he sentido vértigo.
»Porque la pregunta no iba solo de mi familia. Iba de contarle a Pablo quién he sido hasta ahora. De abrirle la puerta no solo a mi presente, sino a mi pasado. A la gente con la que podría compartir cenas de Navidad, fines de semana de verano, conversaciones incómodas en cumpleaños.
»Iba de futuro.
»No es Pablo. Él no me da miedo. Lo que me da miedo soy yo. Porque si esto va en serio, tengo que permitir que me vea. Entera. No solo a la Andrea divertida, valiente y segura. También la que duda, la que arrastra cicatrices, la que aún se está reconstruyendo.
Y no sé si estoy preparada para que alguien me mire tan de cerca sin que se me activen todas las alarmas».
Se queda ahí un rato más, en silencio, y deja que la noche la envuelva. No tiene respuestas, pero ha dado un paso. Se siente mal, pero hay una pequeña parte de ella que sabe que haberse atrevido a ser sincera con él tiene que significar algo positivo.