Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Noches como esta
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Noches como esta

«¿Y si resulta que eso de quererse no era como siempre lo han pintado?

¿Y si, en vez de una revelación mágica, era más bien una sucesión de pequeños pactos contigo misma?

Porque, claro, una espera que un día se va a levantar, mirarse al espejo y decir: “hos­tia, ahora sí”. Pero no. Al menos no en mi caso.

»Para mí, quererse se parece más a dejar de decirme cosas feas cuando me veo mal en una foto o a aceptar que, por más que me tome cuatro cafés, lo de madrugar nunca será lo mío.

A no cabrearme con mi reflejo cuando me descubro llorando por algo que ya pasó, como si no tuviera derecho a seguir doliéndome.

»Quererse, al fin y al cabo, es ir decidiendo que estás bien tal y como estás. Aunque haya días en los que no te soportas. Aunque todavía te pongas excusas para no hablar de lo que realmente te duele. Aunque a veces sigas fingiendo que no te importa nada.

»Y en eso estoy yo ahora: en aprender a dejar de ponerme la zanca­dilla cada vez que empiezo a caminar con algo de seguridad en mí misma.

»Marina dice que lo importante es estar en movimiento. Desde que está en Londres, se ha vuelto toda una gurú existencial. Pero, oye, ha encontrado trabajo en algo que huele a teatro y, por primera vez, cuando me manda audios de diez minutos, ya no suena como si qui­siera llorar cada cinco.

»Leo sigue con sus citas nefastas. El otro día se enrolló con un chico que hablaba de sí mismo en tercera persona.

En serio. Tercera persona. “A Santi no le gusta que se refieran a Santi como si Santi no estuviera presente”, dijo.

Y aun así se quedó a dormir con él porque, cito textual­mente, “era guapo y tenía cama king size ”. No le juzgo. Bastante que nos reímos.

»Pablo y Andrea van despacio. Bien. Bien de verdad.

Y eso que pa­recía que ella tenía todo el miedo del mundo a abrirse con alguien y que no podría hacerlo nunca más.

Pero con Pablo es distinto. Se en­tienden sin empujarse.

Se miran como si supieran cosas que el resto no entendemos.

Me gusta verlos juntos. Me gusta que Andrea se permita tener algo bonito sin pensar que no es digna de ello.

»Aitor… bueno. Ahora entiendo que Aitor fue una vía de escape.

Algo que creí que me hacía bien porque estaba demasiado cansada para darme cuenta de que no.

Pero ahora somos solo amigos. En serio. Sin líos, sin tensión, sin esos silencios raros que antes estaban llenos de ga­nas y reproches.

Ya no hay nada sexual. Y eso también está bien.

»Pienso en todo esto mientras estoy tumbada en la playa, con el sol dándome en la cara y la arena metiéndoseme hasta en las pestañas.

Lo que iba a ser una escapada de fin de semana con Andrea se ha conver­tido en unas vacaciones de diez días con todo el grupo en Romeral de Mar, un pueblo costero en el que todos los vecinos nos miran como si fuéramos extraterrestres con sombrilla».

—¿Te has muerto o estás en modo camuflaje para que Leo no te vuelva a echar crema?

Clara abre un ojo, volviendo a la realidad. Se encuentra a An­drea de pie junto a ella, secándose con la toalla.

—Un poco las dos. Me estoy planteando integrarme en la arena y empezar una nueva vida como alga.

—Pues hazlo en otro momento, porque Leo está intentando en­terrar vivo a Aitor y Marina no se lo impide porque está grabándolo todo.

Y así, entre risas, baños, peleas por la última patata y comenta­rios sobre lo guapo que está Pablo sin camiseta, pasan las horas. El pueblo los observa. El grupo no les devuelve la mirada. Están de­masiado ocupados siendo ellos mismos.

Por la noche, en la casa que han alquilado, cenan entre bromas, cerveza, vino y pan del día. De fondo, algo empieza a sonar. Voces, música, bullicio…

—¿Eso es una fiesta? —pregunta Marina, alzando una ceja.

—Tiene toda la pinta —responde Aitor.

—¿Vamos?

Ni siquiera necesitan votarlo. En cinco minutos están en la calle.

La plaza principal está decorada con luces, un escenario impro­visado y una orquesta local afinando instrumentos. Es la verbena, sin duda.

—Esto está un poco muerto —dice Leo.

—Dame un minuto —responde Clara, tendiéndole la mano.

Se miran, se sonríen y salen a bailar. Mal, exagerado, con poses de diva y espasmos teatrales.

Marina los sigue, arrastrando a Aitor.

—No pienso bailar —dice él, haciéndose el digno, pero sin opo­ner demasiada resistencia.

Andrea y Pablo se quedan atrás, observando la escena.

—Ala, pues ya está la fiesta montada —comenta ella.

—Yo no los conozco. Qué vergüenza —responde él, sin saber dónde meterse.

Pero ella sonríe porque tiene otros planes para ambos. Le coge la mano y empieza a moverse, a propósito, sin ritmo.

—¿Qué haces, Andrea? Nos está mirando todo el mundo.

Ella agranda la curva en sus labios, se acerca a él y, cuando sus bocas están a punto de rozarse, susurra:

—Pues que nos miren, Pablo. ¿Qué más da?

Le da un beso suave y se aleja bailando, sin soltarle la mirada.

Él niega con la cabeza, pero sabe que es demasiado tarde porque ya ha bajado la guardia. Sonríe y se une, primero a Andrea, luego al resto. Bailan. Mal. Felices. Y, poco a poco, todo el pueblo se une también.

Más tarde, vuelven a casa entre risas y bromas, comentando los momentazos de la noche. Todos menos Andrea y Pablo, que, sin darse cuenta, se van quedando atrás. No pueden caminar al ritmo de sus amigos, porque están demasiado ocupados tonteando, ro­zándose y besándose.

—¿Sabes que, si me sigues mirando así, no vamos a llegar a la casa? —pregunta él, como si ella no fuera perfectamente consciente de ello.

—Y si no llegamos, ¿qué pasa?

Pero sí que llegan, solo que, en lugar de detenerse en la cocina donde están los demás, se miran y, con una sonrisa juguetona, se escapan a su habitación.

Cierran la puerta entre besos y caricias; se tropiezan y caen so­bre la cama. Más besos. Luego, pausa. Se miran. Se ven. Se buscan nuevamente. Y esta vez ya no paran.

Él le roza el rostro con una ternura casi reverente. Ella se deja hacer, encantada, como si el mundo por fin hubiera decidido darles un respiro. Se desnudan sin prisa, entre risas y mordiscos suaves, como si cada gesto fuera un juego privado solo suyo.

Pablo recorre su espalda con la yema de los dedos. Andrea le besa el cuello despacio. No hay urgencia, solo un deseo sostenido. No necesitan hablar; todo lo dicen con el cuerpo, con la mirada, con los suspiros que se escapan cuando creen que el otro no escu­cha.

Se mueven como si llevaran años estudiando el lenguaje del otro. Como si, por fin, todo encajara. En medio del silencio, esta­llan algunas carcajadas por una tontería y luego vuelven a abra­zarse y a comerse la boca, más apretados, como si se necesitaran para seguir existiendo.

Se aman como si nada más importara. Como si este momento fuera un paréntesis entre todos sus dramas e inseguridades.

Después, bajan a la cocina, ya vacía. Él prepara algo mientras ella lo mira desde la silla, al tiempo que se muerde el labio suave­mente y piensa que ojalá pueda volver a enamorarse algún día… y que, ojalá, sea de él.

—Estás flipando con mis habilidades para dominar el microon­das, ¿no?

—Puede ser. Aunque igual es porque has puesto el pan del revés.

—Es arte moderno, querida. No lo entenderías nunca.

Ella ríe. Luego, se sientan a comer. Andrea apoya sus piernas sobre las de él porque se necesitan cerca para poder seguir besán­dose, con las manos entrelazadas y el mundo en pausa entre bocado y bocado.

Cuando terminan y se dirigen de vuelta a la habitación, Andrea ve a Clara en el porche, copa en mano.

—Ve tú. Yo ahora subo —le susurra a Pablo, que asiente y le da un beso tierno en la mejilla.

Sale y se sienta junto a su amiga, dándole un sorbito a la copa que acaba de ofrecerle.

—Creía que os habíais ido a dormir.

Andrea sonríe y responde con un suspiro. Tras un momento de silencio, Clara continúa:

—Ha estado chulo hoy, ¿no?

—La verdad es que sí. Lo de la verbena ha sido un puntazo.

Clara ladea la cabeza, pensativa.

—Creo que, si un día Pablo y tú os casáis, deberíais contratarlos para la fiesta de después.

Su amiga la mira con media sonrisa, aunque sin entender del todo. Clara le devuelve la mirada y, de pronto, ambas sueltan una carcajada al unísono. No dicen nada más. Simplemente, Andrea pasa su brazo por encima de los hombros de su mejor amiga, que se deja envolver apoyando su cabeza en ella.

Se quedan observando cómo el sol comienza a asomarse con ti­midez en el horizonte, unidas y totalmente en calma.