¿Será que esto es ser feliz?
E l domingo ha transcurrido en calma. Ha sido uno de esos días lentos que parecen no querer acabarse, en los que nadie tiene ganas de hacer nada y, a la vez, todo el mundo necesita desconectar. Para cuando quieren darse cuenta, ya está anocheciendo y es hora de ir a La Zurda.
Andrea y Pablo llegan puntuales para no perder la costumbre. Se encuentran en la puerta, justo al mismo tiempo. No se han visto desde la despedida en la cabaña, esa misma mañana, cuando cada uno se ha montado en su coche y ha puesto rumbo de vuelta a la ciudad.
—Hola —dice él, bajito.
—Hola —responde ella, aún más bajito.
Se miran. Se sonríen. Hay algo torpe en ese momento, como si fueran dos adolescentes que no saben muy bien cómo se hace esto de verse después de... bueno, eso.
Los dos miran hacia el interior del bar. Al otro lado del ventanal, Clara, Leo y Aitor ya están sentados y Marina está en videollamada desde el móvil de Leo.
Para romper el momento, Pablo comenta:
—Me estoy dando cuenta de que lo difícil no va a ser enfrentar nuestros sentimientos. Lo realmente complicado será sobrevivir a los chistes de doble sentido que nos van a soltar esos cuatro ahí dentro.
Ella deja salir una carcajada.
—Como alguien nos llame «tortolitos», me levanto y me voy.
Se miran, respiran y entran, sin ser conscientes de que sus amigos han quedado media hora antes solo para no perderse lo que está a punto de suceder. Justo cuando cruzan la puerta, ocurre:
—CHAN CHAN CHA CHAAAAAN… CHAN CHAN CHA CHAAAN…
Los tres lo hacen al unísono, Marina con retraso.
Leo se levanta como si dirigiera un coro de góspel.
Clara pone cara de emoción contenida. Aitor le da golpes al vaso como si fuera una campana nupcial.
Marina, desde la videollamada, hace una coreografía improvisada con un tenedor. Obviamente, todo el bar los mira.
La pareja camina como si estuvieran atravesando el pasillo del colegio tras hacer una trastada. Se tapan la cara. Intentan callarlos, en vano, por supuesto.
Cuando al fin se sientan, la mesa estalla en carcajadas tan sinceras que los dos no pueden evitar reírse también. Ya está. Ya pasó el momento de vergüenza… ¿o tal vez no?
Leo les lanza una mirada seria. Marina también. Clara y Aitor se muerden el labio para no reírse.
Leo toma aire, manteniendo el tono de drama misterioso que siempre lo ha dominado. Pablo abre la boca para decir algo, pero él levanta la mano sin darle tiempo a nada.
—Piensa bien la excusa que te vas a inventar para justificar el no habernos contado nada de lo que estaba pasando entre vosotros, Pablito.
—Lo señala con el dedo índice acusador—.
Voy a hablar en nombre de Marina también, porque enfadarse por videollamada con su wifi de Londres es como hacer yoga en un terremoto. Y me vais a escuchar, ¿entendido?
Andrea y Pablo asienten; no saben si es una broma o si deben rezar todo lo que sepan.
—Queremos expresar nuestra más profunda tristeza y decepción por vuestro vil engaño. —Coge una servilleta, la arruga con dramatismo y la lanza sobre la mesa como si fuera un corazón aplastado—. ¡Habéis cogido nuestro amor y lo habéis hecho papilla!
Clara y Aitor ya no pueden más y ríen con fuerza. Pablo empieza a contagiarse y Andrea intenta aguantar, pero se le escapa una sonrisa.
—¡Ah! ¡Que encima os hace gracia! —grita Leo, señalándolos—. Pues por eso mismo, ¡ahora vais a sufrir!
Se levanta, alza los brazos y empieza a gritar:
—¡BESO! ¡BESO!
Como era de esperar, todo el bar se une al coro. Aitor y Clara encabezan la ovación, mientras Marina da vueltas con el móvil en la mano.
Andrea y Pablo se miran.
—¿Qué dices? —susurra él.
—Supongo que solo hay una forma de que paren —responde ella.
Ambos sonríen y se besan.
Lo hacen tímidamente, sin hacer espectáculo, pero de forma tan sincera que incluso la gente que no los conoce aplaude como si acabaran de ver el final feliz de una película romántica.
Al separarse, Andrea se esconde tras su mano y Pablo niega con la cabeza, divertido, mirando a sus amigos.
—Sois lo peor.
Leo se sienta y le guiña un ojo.
—Pero por eso nos adoras, querido.
—Tengo que reconocer que lo teníamos merecido —reconoce, levantando las manos como quien se rinde.
Las risas se disuelven despacio, dejando una sensación suave en el ambiente.
De pronto, Marina, con la cámara enfocando desde abajo, añade:
—Y bueno, entonces… ¿sois novios? ¿Boda el mes que viene? ¡Queremos datos!
La pareja se mira, relajando la expresión que ilumina sus rostros.
—A ver, novios como tal, no —responde ella—. Pero sí que hemos decidido explorar lo que sentimos, dejarnos llevar. A ver adónde nos lleva esto.
—Sin agobios, etiquetas ni malos rollos —concluye él—. Simplemente fluir. Y si vemos que queremos seguir el camino juntos, genial. Y, si no, pues tampoco pasa nada.
Todos asienten al unísono.
Y entonces Aitor suelta:
—¡Eso es! Y, si no sale bien… ¡que os quiten lo follao !
Carcajadas. Clara le da un golpe en el brazo:
—Qué básico eres, de verdad.
Andrea se esconde detrás de Pablo y le acaricia disimuladamente el costado. Nadie lo ve, solo ellos.
La conversación fluye. Marina cuenta sus aventuras londinenses mientras Aitor se plantea en serio ir a visitarla este verano. Leo comparte la historia surrealista de un nuevo ligue que decía poder leer el aura de las plantas. Clara se queja de la burocracia del trabajo.
Andrea y Pablo participan. Ríen. Pero, bajo la mesa, no dejan de tocarse. Un roce aquí, una caricia allá. Todo nuevo, todo sencillo y divertido.
En un momento dado, ella se levanta para pedir otra copa de vino y Leo aprovecha para salir a la calle y enseñarle a Marina una tontería a través de la cámara del móvil. Aitor, Clara y Pablo se quedan en la mesa; este último juega con el borde de su vaso.
Ella lo mira. Luego mira a Aitor. Sonríe. Trama algo; no hay duda.
—Entonces, ¿qué?
Pablo levanta la mirada.
—¿Cómo que qué?
—Enamorado otra vez, ¿no? —continúa Clara, con una sonrisa afilada.
Pablo esquiva la mirada.
—A ver —dice, bajando la vista—, enamorado… tampoco.
—Ya… —responde ella, sin esconder la sonrisa.
—Es solo que…
—Que te mueres por sus huesos, Pablito —interrumpe Aitor.
La afirmación de su amigo no obtiene respuesta; no hace falta. Se le nota y le da igual.
Andrea vuelve con la copa, emocionada.
—El camarero me ha contado que tienen un vino nuevo que no está ni en carta. ¡Y es buenísimo!
Se sienta, mira a los tres y tuerce el gesto, curiosa.
—¿Qué pasa aquí?
Clara, sonriendo, le da un beso en la mejilla.
—Nada, amor. La vida. Eso pasa.
Andrea la mira con el ceño fruncido y la boca entreabierta, sin entender del todo. Justo entonces vuelven Leo y Marina y cambian de tema.
Cuando la noche termina, Clara y Andrea caminan juntas. Pablo las acompaña. Al llegar al portal, Clara se adelanta:
—Hasta mañana, galán —le lanza a Pablo, sonriendo—. Te espero en la terracita, cariño.
Su amiga asiente.
Se quedan solos, mirándose a los ojos sin atreverse del todo. Pablo rompe el silencio:
—Bueno, creo que la primera toma de contacto con el mundo real no ha ido mal del todo, ¿no? ¿Has estado a gusto?
—Mucho. Creo que podría repetirlo más veces.
Él se acerca y le acaricia la mejilla.
—Me alegra mucho oírte decir eso —susurra.
Se acercan, rozándose con la puntita de la nariz, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada, y se besan.
Lento y suave.
Al separarse, no pierden la sonrisa. Se despiden con un «adiós» envuelto en un susurro, entre caricia y caricia. No se despegan todavía. Permanecen así durante unos segundos.
Luego, Pablo comienza a alejarse, cogiéndole la mano suavemente, hasta que la distancia los obliga a soltarse.
Antes de doblar la esquina, se gira hacia ella y, alzando un poco la voz, dice:
—Cuando te despiertes, escríbeme para saber si mañana aún me sigues eligiendo, ¿vale?
Ella ríe, esa risa suya. Y asiente.
Él sonríe, satisfecho, y se va.
Andrea sube a casa, cruza el salón y llega a la terraza, donde se encuentra con Clara con una copa en la mano. Le hace sitio sin decir nada y ella se sienta a su lado, aún sonriendo. Se muerde el labio suavemente sin darse cuenta.
Clara la observa. Le brilla la ternura en los ojos. Suspira.
—¿Cómo te sientes?
Andrea tarda en contestar. Después, sin dejar de mirar el cielo estrellado, responde:
—Pues, a pesar del miedo a volver a sentir de verdad, creo que bien. —Hace una pausa para masticar sus palabras—. Sí. Muy bien, de hecho. —Mira a su amiga—. ¿Y tú?
—Yo también creo que me siento bien —dice, apoyando la cabeza sobre el hombro de su amiga—. O, al menos, en paz conmigo misma, después de tanto tiempo.
Tras disfrutar del breve silencio que las envuelve, Clara añade, medio en broma, medio en serio:
—Pues, aprovechando que estamos en la cresta de la ola, podríamos irnos de vacaciones.
—Supongo que sí…