No sé adónde vamos, pero me da igual
L a mañana despierta despacio. No hay prisas ni ruidos molestos, solo el murmullo de los pájaros y el olor limpio de la naturaleza colándose por las rendijas de la cabaña. Es un pequeño paraíso apartado del mundo y, por ahora, también de los dramas.
Andrea abre los ojos despacio. No sabe si ha dormido mucho o poco, pero sí que ha descansado. Siente un ligero peso sobre su cintura. Tarda un segundo en reconocerlo y sonríe al tocarlo con suavidad: es el brazo de Pablo, que duerme profundamente a su espalda.
Gira apenas la cabeza, lo justo para poder verlo sin despertarlo. Duerme tranquilo, sin tensión en la cara, como si, al fin, estuviera donde siempre ha querido estar. Ella lo observa en silencio, con esa mezcla de ternura y vértigo que aparece cuando algo empieza a importar de verdad.
No se mueve. Solo desvía la mirada al techo, sin perder la sonrisa. Su mano se apoya sobre la de él mientras su mente repasa la noche anterior: las palabras que dijo, la forma en que él la escuchó, ese primer beso que pareció suspender el tiempo.
Se toca los labios, como quien vuelve a sentirlo en la distancia.
Recuerda cómo, después, se abrazaron un rato más, sus labios se encontraron de nuevo y entraron en la cabaña.
Él le prestó una camiseta ancha. Ella se la puso sin necesidad de hablar.
Se tumbaron. Ella, con la cabeza sobre su pecho.
Él, acariciándole el pelo. Besitos tiernos, sonrisas suaves y un abrazo largo que los fue envolviendo hasta quedarse dormidos. Sin urgencia. Sin sexo. Solo refugio.
Andrea respira hondo y lo que recorre su cuerpo no es miedo ni ansiedad. Es paz.
Vuelve a mirar a Pablo y, con una sonrisa traviesa, empieza a hacerle cosquillitas en el brazo.
—Mmm… —murmura él, medio dormido.
Pablo tarda en abrir los ojos, pero cuando lo hace, la encuentra mirándolo con dulzura. Se susurran un «buenos días» que apenas es aire, pero vale por todo.
Andrea se gira, dándole la espalda, y él la abraza con más fuerza, dejando un beso cálido en su hombro. Se quedan así un rato más, con los dedos entrelazados, como si el tiempo no existiera. Hasta que Andrea rompe el momento al tensarse de repente.
—Acabo de darme cuenta de que no tengo ropa.
Pablo frunce el ceño, aún en modo sueño.
—¿Qué?
Ella se gira para mirarlo, con cara de pánico exagerado.
—Que no tengo nada, Pablo. Solo lo que traía puesto anoche y mi bolso.
Él parpadea. Luego se ríe.
Andrea lo mira con cara de «¿y ahora qué hago?», pero la risa se le contagia enseguida.
—¿Puedes explicarme cuál era exactamente tu plan anoche cuando decidiste venir a buscarme?
Ella se tapa la cara entre risas, medio avergonzada.
—A ver… claramente era un plan con fisuras. Pero creo que el objetivo principal lo cumplí con creces, ¿no?
Lo mira con expresión de niña buena. Él pierde la risa, pero le queda una sonrisa blanda, que dice más que cualquier palabra.
—Hay ropa de mi hermana por ahí, puedes usarla. Y sí… —le besa la nariz—. El objetivo está cumplido y la misión ha sido un éxito.
Andrea le acaricia la mejilla y se deja besar. Sus labios se encuentran otra vez, suaves, sin prisa.
Un rato más tarde, ella está sentada en el porche, con las piernas cruzadas y la mirada fija sobre el lago. Pablo prepara el desayuno dentro. El aire huele a tostadas y calma. En la orilla, unos niños corren y juegan. Definitivamente, el ambiente es una burbuja.
Mira el móvil y descubre un mensaje de Clara, enviado a las 7:30h de la mañana:
Sonríe mientras pulsa el icono de videollamada.
Clara contesta al instante, sin saludo.
—Pero si es doña «pásame la ubicación o te rajo».
Andrea se ríe.
—Clara…
—Que sepas que Aitor va a tener que ir al psicólogo por tu llamadita de ayer —bromea.
—Espero que no tenga que medicarse por ello.
Ríen. Clara se pone un poco más seria, sin perder la sonrisa.
—Entonces… intuyo por esa cara de tonta con la que me estás mirando que habéis hablado. Pero quiero que me lo cuentes tú.
—Pues… —comienza, tapándose la cara—, le dije todo. Que no quería seguir así. Que estoy aterrada, pero que no quiero dejar que pase el tiempo para luego arrepentirme de no haberlo intentado. Que estoy harta de huir de lo que empiezo a sentir por él solo por miedo a que salga mal. Y luego…
Clara espera en silencio, con media sonrisa asomando ya por sus labios.
—Luego nos besamos. Y fue perfecto.
Hace una pausa. Mira al lago mientras sonríe y se acaricia el brazo.
—Y ahora no sé qué va a pasar. Sé que no estoy lista para entregarme al 100 % a otra persona, pero tengo muchas ganas de intentar dejarme llevar poquito a poco.
No sé… —se encoge de hombros—. Además, este sitio es precioso.
Me siento como si estuviera en una realidad alternativa.
Como si el mundo siguiera girando, pero aquí se hubiera detenido por un momento.
Y creo que, de momento, eso me vale, ¿sabes?
Su amiga la escucha con los ojos brillantes.
—No sabes lo feliz que me hace verte así, bombón. De verdad que creo que te mereces poder disfrutar de este momento tan bonito. Y, quién sabe, tal vez enamorarte otra vez. Y que esta vez salga bien… o no. Pero solo que tengas ganas de intentarlo ya es muy bonito.
—Tía… gracias. Por todo. Te quiero, amiga.
Clara ni se inmuta, como si no fuera con ella.
—Disfrutad. Y haced el amor, no la guerra, que no sabemos cuándo se va a acabar el mundo.
Lanza un beso a la pantalla y cuelga sin despedirse.
Andrea ríe y niega con la cabeza justo cuando Pablo aparece con una bandeja.
—¿Con quién hablabas que te reías tanto?
—Con Clara. Quería saber si sigo viva.
—Ay, Clarita… ¿qué sería de nosotros sin ella?
—De ti no sé, pero yo ya me habría teñido el pelo de rosa chicle en plena crisis existencial.
Se ríen. Pablo se sienta a su lado, le pasa un brazo por los hombros y le besa la cabeza. Desayunan tranquilos, hablando de todo y de nada, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, han conseguido la paz que tanto ansiaban.
Mientras tanto, en casa de Leo, suena una videollamada. Marina contesta desde la cama, con la voz medio dormida. Él no le da ni tiempo a reaccionar:
—Tía, te tengo un chisme con el que te vas a quedar tiesa.
Marina entreabre los ojos, desconcertada.
—¿Qué?
—¿Tú sabías que entre Pablo y Andrea había algo?
—¡¿QUÉ?!
—Como lo oyes —asiente, con tono de revelación—. Pero tranquila, que te lo traigo calentito. Me lo contaron ayer Clara y Aitor, porque, por lo visto, nosotros éramos los únicos que no nos habíamos enterado de nada.
Ella se incorpora en la cama, ahora sí completamente despierta.
—Me estás vacilando.
—Ni un poquito. Prepárate, que te lo cuento todo.
En el portal de casa de Clara, Aitor la espera para ir a desayunar. Mientras tanto, coge el móvil, duda y, finalmente, escribe a Pablo:
Poco después, recibe una respuesta en forma de foto de Pablo y Andrea, juntos y sonrientes. Debajo, puede leerse:
Aitor sonríe justo en el momento en el que Clara sale del portal.
—¿Con quién estás hablando con esa sonrisa de pánfilo?
Él le enseña la foto. Clara la mira un segundo y luego sonríe, satisfecha.
—Te lo dije.
Le da un golpecito con la chaqueta que lleva en la mano y sigue caminando como quien se sabe ganadora.
Ya por la tarde, el lago brilla con tonos dorados. Pablo está sentado en la hierba, apoyado sobre las manos, echadas hacia atrás. Andrea está tumbada, con la cabeza sobre su muslo. No se miran, pero se acarician, se buscan.
—¿Has pensado en qué vamos a hacer mañana cuando volvamos a la civilización?
Él suspira.
—Si te soy sincero, he intentado evitarlo.
Ella se gira para establecer contacto visual.
—Yo también, pero creo que debemos tener esta conversación.
—¿Y tú qué tienes que decir al respecto?
—Que, por mucho que este momento me esté encantando, me da miedo retomar la rutina. ¿Y si, cuando volvamos, perdemos esto?
—No lo sé... pero supongo que solo podemos averiguarlo viviéndolo, ¿no?
Ella se queda callada. Pablo la observa y le acaricia la mejilla con suavidad.
—No tenemos que correr, ¿vale? Solo ir día a día.
Si nos apetece ir juntos, vamos juntos. Si no, por separado.
—Hace una pausa, analizando su expresión—.
Sé que no estás lista para lanzarte de cabeza a la piscina y no pasa nada.
Lo importante es que entre nosotros hay algo especial y queremos descubrir qué es. Sin comernos la cabeza, sin presión.
Andrea baja la mirada.
—Me agobia la idea de no saber procesarlo bien.
—A mí también. Pero podemos hacer un trato: si alguno necesita alejarse en algún momento, que lo diga. Con sinceridad. Sin miedo.
Ella le mira a los ojos. Piensa. Luego se incorpora, sentándose a su altura.
—Trato hecho.
Y se lo sella con un beso.