Cuando saltar da menos miedo que quedarse en el sitio
A ndrea lleva ya un buen rato llamando al timbre. Nada. Ni una sombra de movimiento al otro lado de la puerta. El rellano está en silencio, salvo por el zumbido lejano del ascensor bajando a otra planta.
Se cruza de brazos con el móvil en la mano y suspira por enésima vez. Mira la puerta, como si pudiera convencerla con la mirada. Pero no hay respuesta.
—Perfecto, Andrea… —murmura para sí misma, con tono seco—. Ahora es cuando te largas y dejas de hacer estupideces.
Y lo hace. Se da media vuelta con decisión, mientras camina hacia las escaleras. Pero justo cuando está a punto de bajar el primer escalón, una vocecita interior, esa mezcla entre intuición y tozudez que a veces le sirve más que cualquier brújula, le susurra: «Mira el móvil».
Lo hace.
Abre WhatsApp para darse cuenta de que, aunque no ha prestado atención, en el grupo han hablado durante todo el día.
Entre la bronca en el trabajo, el ruido del metro y el intento de no llorar en el suelo de su casa, los mensajes se le han desdibujado como el fondo de pantalla cuando te quedas sin batería.
Los repasa por encima. Plan para el viernes: cena en el bar de siempre. Unos confirman, otros dudan.
Busca su nombre.
Frunce el ceño. «¿Fuera? ¿Dónde es fuera?»
Se muerde el labio. No quiere llamarlo directamente. No quiere sonar desesperada. No quiere… bueno, no quiere tantas cosas que ya ni las enumera.
Busca en sus contactos. Llama. La persona al otro lado contesta al segundo tono. Hay ruido de fondo, risas, música, vasos chocando.
—¿Dónde está?
—¿Qué? —responde Aitor, confuso.
Andrea cierra los ojos un segundo para serenarse.
—Pablo. ¿Sabes a dónde ha ido?
Él duda. Ella lo nota.
—Andrea…
—Por favor, Aitor. Necesito decirle algo importante y tiene que ser en persona.
Se produce un breve silencio al otro lado.
Y entonces la voz inconfundible de Clara interrumpe con la seguridad intacta:
—Ahora te manda la ubicación. Suerte, amiga.
Cuelga.
En el bar, Clara deja el móvil sobre la mesa con una parsimonia estudiada mientras Aitor la mira, alucinando.
—¿Qué coño haces, Clara?
Ella ni se inmuta.
—Sabes dónde está, ¿no? Pues mándale la ubicación, por favor.
—No voy a hacer eso. Pablo me dijo que quería estar unos días solo y quiero respetar eso.
Ella suspira, como si tuviera que explicar por enésima vez lo evidente. Lo mira con una calma que impone más que cualquier grito.
—Vamos a ver, Aitor. Tú y yo sabemos que Andrea no va a ir allí a preguntarle si le apetece echar una partidita al mus. Así que déjate de hostias y pásale la dichosa ubicación para que pueda hablar con él, ¡por Dios!
Él se queda callado. Mira el móvil. Luego, a Clara. Luego, otra vez al móvil.
Teclea. Suspira. La mira una última vez. Envía. Deja el móvil sobre la mesa.
Y, justo entonces, Leo, que ha estado observando toda la escena con las cejas cada vez más arqueadas, se inclina hacia ellos con los ojos muy abiertos.
—Vale. Ahora mismo, vosotros dos me vais a contar qué leches está pasando aquí.
En la cabaña familiar, a orillas de un pequeño lago, Pablo está tumbado en una butaca que cruje cada vez que se mueve.
La música suena baja. Algo instrumental, melancólico, con piano.
Un libro abierto sobre su pecho, una cerveza en la mano.
La lámpara encendida a su lado crea un círculo de luz cálida sobre la madera envejecida.
Por primera vez en días, respira sin ese peso en el esternón. Lejos del ruido, del lío y de Andrea. O eso cree él.
En ese momento, alguien llama a la puerta.
Pablo ni se inmuta. Espera a que quien sea se canse. Pero insisten.
Suspira, deja el libro, se pone en pie y camina sin prisa, más curioso que molesto. Abre… y se congela.
—¿Andrea? —alcanza a decir con un hilo de voz.
La encuentra con el pelo revuelto, los ojos cansados y la mirada firme. Parece como si hubiera atravesado tres desiertos y cinco decisiones equivocadas para llegar.
—¿Qué haces tú aquí?
Ella lo mira fijamente y, sin responder a la pregunta, comienza a hablar:
—¿Sabes qué? Hoy he tenido un día de mierda. O sea, llevo varios días en los que preferiría que me hubiera tragado la tierra, pero el de hoy ha sido especialmente agotador.
Pablo la observa con la puerta aún medio abierta, sin saber si dejarla pasar o no. Pero no interrumpe.
—Y cuando he llegado a casa, justo cuando estaba a puntito de darme cabezazos contra la pared… he pensado en ti. En qué habrías dicho si hubieras visto mi entrada triunfal. Y, en ese momento, solo he podido reírme.
Hace una pausa que aprovecha para dar un pequeño paso hacia él, casi imperceptible.
—Y no lo entiendo, Pablo. No sé cómo explicar que sigo un poquito rota por dentro, pero que, al mismo tiempo, te tengo aquí metido —se señala la cabeza—.
Y no puedo disimular la sonrisa de boba que se me dibuja cada vez que cierro los ojos y pienso en cómo me miras cuando estamos juntos —baja la mirada—.
Y ya estoy harta de llorar, de dudar de todo… de ser una cobarde.
En ese momento, se produce un breve silencio entre ellos, uno que pesa por la importancia de lo que se avecina. Luego, Andrea lo mira de frente, firme, sin red y continúa hablando con un tono tan pausado que cada palabra se queda flotando en el ambiente:
—Ya no quiero seguir fingiendo que no me doy cuenta de que yo también siento algo por ti. Aún no sé qué es y eso me aterra. Pero lo que más pánico me da es no hacer nada por descubrirlo. Y vivir con la eterna duda de si tú y yo podríamos haber construido algo precioso.
Cuando Andrea termina su discurso, siente como si todo el aire alrededor de ellos se hubiera contenido.
Pablo, en cambio, parpadea. La mira. Y entonces, con una sonrisa lenta, muy suya, dice:
—¿Y cuál dices que ha sido esa entrada triunfal?
Ella suelta una pequeña carcajada y se lleva la mano a la cara, liberando tensión.
Él la mira como si acabara de encontrar un tesoro perdido. Extiende el brazo, alcanza su mano, tira de ella suavemente, invitándola a acercarse, y le aparta un mechón del rostro con esa delicadeza suya que parece no tener prisa por nada.
—En cuanto a lo de ver si puede surgir algo entre tú y yo… ¿te parece si lo descubrimos juntos?
Andrea lo mira. Asiente, pequeña, tímida, pero clara.
Él sonríe más. Ella también.
Y entonces, se besan.
Lento, sin fuegos artificiales ni música épica. Solo el roce de dos personas que han tardado demasiado en decirse lo que ya sabían.
Cuando se separan, se quedan nariz con nariz, con los ojos cerrados y una sonrisa que no necesita palabras. No hace falta más. Porque por fin han decidido entrelazar sus manos y saltar. Y esta vez ya no importa el miedo.