Manual de instrucciones para sobrevivir a la vida moderna Lo que mal empieza… ¿Mal acaba?
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Lo que mal empieza… ¿Mal acaba?

E s viernes por la mañana. Andrea apenas ha llegado al trabajo cuando una notificación le anuncia que alguien con cargo rimbombante —y nombre que no le suena de nada— ha deci­dido echarle la bronca por una decisión que ni ha tomado ni le co­rresponde tomar.

Lee el correo tres veces, por si acaso ha entendido mal.

No. No ha entendido mal. Simplemente ha sido «elegida» como blanco porque alguien tenía que serlo.

Durante cinco segundos exactos, baraja la posibilidad de con­testar con ironía, con diplomacia punzante y lanzando datos de forma pasivo-agresiva. Pero se limita a marcar el correo con una estrella, cerrar la pestaña y susurrarse un mantra entre dientes:

—Aguanta. Acaba. Lárgate.

La rutina laboral avanza a paso de tortuga malhumorada. Los correos importantes no llegan, los eventos programados se tuercen por detalles que rozan lo absurdo y el grupo de WhatsApp del equipo no deja de vibrar para informar de chorradas que nadie quiere saber.

Andrea respira hondo cada vez con menos éxito. La paciencia se le deshilacha como calcetín viejo. A las doce y media ya ha con­tado mentalmente hasta diez más veces de las que debería ser legal. A la una, quiere renunciar a su profesión, a su ordenador y, si se pone, también a su identidad.

Cuando por fin puede cerrar sesión, guarda sus cosas como quien escapa de un incendio.

Le entregan un paquete en recepción, uno de esos que no esperaba y que, por alguna razón, ha decidido llevarse a casa en lugar de dejar en la oficina.

Tiene forma incó­moda, tamaño impráctico y un peso que no es excesivo, pero mo­lesta.

Como muchas cosas de su vida últimamente.

Sale del trabajo con la cabeza embotada y los hombros caídos. Camina por la acera con paso rápido, como si quisiera dejar atrás el día lo antes posible, aunque sepa que el verdadero peso no está en el reloj.

Lleva días arrastrando un temblor que no es capaz de controlar. No está enfadada ni triste. Es otra cosa. Una especie de saturación emocional, como si todo lo que llevaba semanas evitando se le hu­biese subido al pecho sin avisar.

Cruza una calle y, al girar la esquina, se topa con un cartel de teatro pegado en una pared.

Es de esos con letras en neón cutre, fondo morado y estética hortera a propósito.

En el centro, una ac­triz disfrazada de pitonisa sostiene una bola de cristal con cara de drama místico.

El título de la obra: «Lo vi venir (pero me hice la loca)».

Se detiene un segundo. No sonríe. Solo lo mira. Y, sin querer, se le hace un nudo en la garganta.

No es por el cartel. Ni por la bola de cristal. Ni siquiera por el título. Es lo que se le activa por dentro, lo que no quiere nombrar, pero que no se va. Esa imagen, esa voz, esa escena que se niega a repasar. Pero que, aun así, sigue ahí.

Porque hay días en los que todo pesa el doble. Días en los que una chorrada como esta vuelve a hacer que esa grieta se abra.

Cuando entra al vagón del metro, no hay asientos libres y, por supuesto, alguien ha decidido escuchar un vídeo a todo volumen sin auriculares.

Andrea intenta centrarse en su música, pero la voz chillona de un influencer que grita «¡ Top cinco errores de tu vida!

» atraviesa sus auriculares como una lanza. Qué irónico.

No grita. No se gira. No dice nada. Solo aprieta la mandíbula como si pudiera triturar la indignación en trozos pequeños y tra­gársela.

En la siguiente parada entra más gente, lo que provoca que un hombre con mochila se le plante casi encima. Ella da un paso atrás, chocando con el respaldo de un asiento vacío que no puede ocupar porque una señora ha decidido que su bolso merece más comodi­dad que una persona real.

No dice nada. Solo sube un poco el volumen de la música mien­tras aprieta más la mandíbula.

Tras bajarse del metro y verse frente a la puerta de casa, hace malabares con el paquete entre los brazos, el bolso colgado en dia­gonal y el móvil medio sujeto. Decide que es más práctico intentar sacar las llaves sin dejar nada en el suelo.

Para sorpresa de nadie, no lo es.

Se le caen las llaves. Resopla. Se agacha. Las recoge.

Se le cae el móvil. Resopla más fuerte. Vuelve a agacharse para recogerlo con movimientos torpes, casi robóticos.

Por fin consigue meter la llave en la cerradura. Gira. Empuja. La puerta se abre… y el paquete se le escurre de entre los brazos.

—Genial —murmura; ya no puede más.

Patea la caja con el empeine, sin pensar, y la lanza dentro del piso. Entra detrás, cierra la puerta de un portazo seco y apoya la espalda en la madera como si pudiera fundirse con ella.

Durante unos segundos no se mueve. Tiene los ojos cerrados. Está tan al borde que duele, porque es ese tipo de cansancio que no se quita con dormir, ni con llorar, ni con vino. Solo… está ahí. Es un peso muerto.

Y justo entonces, su cerebro se la juega.

Una voz clara, precisa, tan suya. Pablo. Sonriendo, con esa mez­cla de niño bueno y sarcasmo adorable que le susurra:

—A esto le llamo yo entrar con estilo.

Andrea se queda en silencio. Ni siquiera abre los ojos.

Y luego… ríe.

Suelta una carcajada que le trepa por la garganta sin pedir per­miso.

Después se deja caer despacio, con la espalda aún apoyada en la puerta, hasta que se queda sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho.

Suspira largo. Se tapa la cara con las manos.

Se queda así un instante, tratando de esconderse del mundo.

Después levanta la vista y mira hacia el salón. Sus ojos se detie­nen en Lito. El pequeño conejo de peluche la observa.

Andrea se muerde el labio, casi sin darse cuenta. Lo medita me­dio segundo y, sin más, se levanta con una calma nueva. No habla. No piensa. Solo toma el bolso, se alisa el pelo con una mano y se va.

Sin mirar atrás, no hace falta.

Y aunque no lo verbaliza, sabe perfectamente hacia dónde se dirige. Pero nadie, ni siquiera ella misma, está preparada para todo lo que vendrá después.